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Alice by Pedro García

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¡Oh sí!… ser policía te hace ver lo peor del ser humano. ¡Créeme! No tardé mucho en acostumbrarme al olor a vísceras o a la putrefacción de un cadáver. Esa es la parte más fácil, apenas distinguible de lo que puedes ver en una carnicería de barrio. Lo que te revuelve las tripas es la psicología del asesino, el hecho de imaginarte de cómo un trastornado ha degollado a su víctima y le ha arrancado la piel para hacerse una bonita lámpara, es el monstruo quien te provoca pesadillas.

Bueno, no seré más pesado, no soy tan viejo como para hacer el papel del abuelo batallitas. Me has preguntado por el caso Maravillas, aquel que terminó apareciendo en toda la prensa y que provocó que acabara en este pueblo dejado de la mano de Dios. Como toda buena historia, necesita estar bien acompañada, ¿qué tal de una botella de Jack Daniel’s? Sí, una nueva, entera. Deja la que tienes cogiendo polvo en la estantería para tus compadres endogámicos.

Era noviembre y llovía como si el propio Dios se hubiera bebido un camión entero de cerveza, cuando acudimos ante la llamada de un burdel de mala muerte en el que se creó toda la sífilis de los marineros de varios océanos. Como suele suceder, por allí de vez en cuando había un homicidio, pero no cualquiera. Aparcamos enfrente, junto a un cine cochambroso, entramos y subimos hasta una habitación donde trabajaban las putas y allí encontramos a la víctima. Al desgraciado le habían arrancado el corazón y le habían cortado la cabeza, que estaba en la mesita de noche con varios relojes de bolsillo asomando de su boca.

El resto te lo puedes imaginar, una maldita orgía de sangre de no ser por un detalle, y aquí está la clave de todo, una página arrancada de un libro, un papel que no era la primera vez que me encontraba en un escenario similar. Había una ilustración de un conejo y varios relojes, pertenecía a “Alicia en el país de las Maravillas”. Sí, la misma que la película para niños que estrenaron el año pasado.

No era la primera vez que se cometía un crimen así, alguien la había tomado con la condenada película y coincidiendo con su estreno en julio había empezado a matar y a decorar sus crímenes con referencias de mal gusto. Como siempre, todo estaba limpio de huellas, parecía que todo hubiera sido puesto allí por los jodidos ángeles del cielo.

Guardé la prueba, ya sé que es poco profesional, pero intuí que me tocaría resolver aquel crimen solo. Ya, tendría que haberla llevado a comisaría para investigar más sobre el tema, no me lo repitas más. Pero mis compañeros son unos blandengues que prefieren remojar donuts en el café mientras meten sus ojos vacunos dentro del escote de una camarera cuarentona en vez de trabajar. Con semejantes tipos el asesino se podría cargar media ciudad antes de que le encontraran.

Tal y como había previsto, el comisario, más preocupado por la política que por las víctimas me “apremió” a resolver el crimen, como siempre, me tocó apechugar. El muy cabrón sabía que era el único con más de medio cerebro e interesado en atrapar al responsable, y se aprovechaba todo lo que podía. Me dijo textualmente que no volviera por allí sin el responsable de todo aquello o con su cadáver. Por lo visto los periodistas del Financial estaban poniendo la reputación del Departamento de Homicidios por los suelos, es decir, la suya.

Como podrás adivinar no aguantaba demasiado el clima de la comisaría, así que me encerré en casa acompañado por una botella de bourbon y dos cajas de tabaco e investigué durante una semana. Necesitaba concentrarme y no lo iba a hacer rodeado de ineptos, conmigo tenía más que suficiente.

Hasta aquel momento había cinco víctimas, dos chicas adolescentes de trece años y tres hombres de treinta y tres. Un patrón extraño, como si quisiera decir algo ¿verdad? Eso mismo pensé yo, pero en el puñetero libro no hay ninguna referencia a esos números ni a ninguno, solo una historia que parece contada por un adicto al opio.

Después de siete días empecé a desesperarme y los cielos, en su infinito sarcasmo y misericordia, me enviaron a Zoe. Supongo que no te he hablado de ella, pero con que sepas que entre nosotros había algo más que amistad debe bastarte. La recibí en el porche de mi casa, casi en pijama, aunque era media tarde. Debí asustarla un poco, pues apenas me había duchado en todo ese tiempo y ya no digamos sobre afeitarme. Venía de trabajar de la Biblioteca Municipal, cargada de formularios que tenía que terminar el fin de semana.

—John, ¿qué te ha pasado, por qué no respondes a mis llamadas? Por favor, aquí huele fatal, ¿escondes algún muerto ahí dentro?

—Ojalá —le respondí mientras apuraba la colilla de mi último cigarrillo—, todo sería más fácil si me encerraran una temporada, pero no. Tengo un caso que resolver y ni puñetera idea de qué hacer.

Zoe ya estaba acostumbrada a ver fotografías de algunos casos en los que había trabajado y pasó hasta el despacho que había empapelado hasta casi el techo de todo lo que tenía sobre los asesinatos.

—Vaya, parece que a alguien le gusta los libros de Lewis Carroll más de la cuenta.

—Sí, ¿alguna sugerencia? —Le pregunté, pues ella era una de las personas más inteligentes que jamás he conocido.

—Debe conocer bastante bien la novela y a su autor. Las víctimas coinciden con la edad que él y la niña tenían cuando la escribió. Además, parece que los asesinatos se hicieron cerca de algunos cines. ¿Crees que tendrá relación con la película?

En ese momento no respondí, sino que cogí varias carpetas y vi algo en lo que no había reparado. El cartel de la maldita película aparecía, aunque desenfocado, en distintas fotografías de cada uno de los crímenes. Ahí estaba el patrón, ya sabía el protocolo, solo me faltaba capturar al asesino. Me puse de pie y cogí nervioso el periódico en busca de algún cine en la ciudad que todavía proyectara aquella película. Habían pasado casi cuatro meses de su estreno, pero todavía quedaba uno, el Luxor, que la tenía en cartelera. Ese día sería la última vez que la echaban, tras la sesión de las ocho la retirarían.

Di un beso fugaz a Zoe, cogí mi S&W y mi gabardina y salí hacia allí a toda la velocidad que me permitía mi viejo Morris. El cine estaba en un barrio a las afueras, habitado principalmente por negros, chicanos y gente así. Aparqué a cierta distancia y esperé a que terminara la película.

Tras veinte minutos de espera, casi de noche, la gente empezó a salir del local sin que nada llamara mi atención, hasta que vi un grupo de niñas negras acompañada de una un poco más mayor, blanca. Negras con una blanca, comprenderás que es extraño, pero más lo era su ropa, un vestido azul con un delantal blanco, como en la película. En un primer momento creí que no sería nada, pues esperaba algún degenerado pedófilo, pero algo en mi interior me advirtió que sí podría serlo.

Las seguí, casa por casa mientras el grupo se reducía hasta que solo quedó una niña con la adolescente. Se adentraron en un parque lleno de árboles y arbustos frondosos, mal lugar para seguir a alguien en la oscuridad, y las perdí de vista. Estuve buscándolas durante un buen rato y ya cuando estaba a punto de desistir escuché un grito. Corrí en la dirección de donde venía la voz con el arma desenfundada, hasta que apartando los arbustos, la vi. La Alicia impostora estaba abriendo el pecho de aquella negrita desgraciada con un cuchillo de cocina, mientras intentaba arrancarle el corazón al grito de ¡Viva la reina de corazones, le llevaré este regalo hasta el País de las Maravillas!

Disparé, sí, vacié el puto tambor en la cabeza de aquel monstruo de quince años y seguí apretando el gatillo, hasta que un compañero me quitó el arma de las manos, casi un cuarto de hora después.

De nuevo, la prensa más carroñera se echó encima del departamento. ¿Qué esperaban que hiciera, que abrazara a aquel demonio? ¡No!, hice lo que había que hacer, pero el comisario movió hilos para limpiarse el nombre, y aquí estoy, en este pueblo de mierda. Esa es la verdad sobre el caso Maravillas, el resto es solo papel mojado.

 

Actividad 6 Taller de Escritura FlemingLAB “Escribir a partir de una imágen o carta”

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