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Admirador secreto by Paulina Barbosa

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Miró las flores, gardenias, sus favoritas. Alguien las había dejado fuera de su departamento, aún dudaba que fueran para ella, levantó el arreglo y el inconfundible aroma la invadió, miró el sobre rosado entre las ramas.

Entró en el recibidor, las colocó sobre la mesa de entrada y procedió a dejar su abrigo en el perchero, luego volvió a tomar el sobre. ¿Un pretendiente quizás? No recordaba la última vez que alguien le había enviado flores, de hecho la mayoría de sus pretendientes le entregaba rosas rojas, con lo que las odiaba, se le hacían burdas y algo impersonal. Suspiró. No había pretendientes en el horizonte.

Abrió el sobre. Un naipe, no, una tarjeta personalizada con el nombre de la florería enmarcada como un dos de corazones, salvo que tenía un arreglo floral añadido al otro diseño, no la conocía. Leyó el texto impreso en voz alta: “Mira por la ventana, yo te guardo el sueño”. Un escalofrío le recorrió la espalda, si era broma, era una de mal gusto pero ¿si no?

Puso el seguro a la puerta y se encamino a la ventana. En total oscuridad recorrió un poco la cortina, había una luz encendida en una de las ventanas del edificio de enfrente, un hombre estaba observando directamente su ventana, pero al no verla asomarse su tétrica sonrisa pasó a ser una mueca. ¿Quién era?, ¿Por qué ella?

Nunca habían hablado, nunca lo había visto. ¿Cómo podía saber que le gustaban las gardenias? ¿Desde cuándo la espiaba? Todas esas preguntas las dijo en voz alta cuando llamó a la policía, pero fue inútil, no podían hacer nada, no había delito que perseguir, aunque le hicieron saber que por la mañana buscarían al hombre y le interrogarían.

Esa noche no durmió, no sólo cerró la puerta con doble seguro, también las ventanas y no corrió las cortinas, ni siquiera tuvo el valor de encender la luz.

Fin de semana, sábado, medio día. El teléfono sonó, la policía.

—¿Están seguros que nadie vive ahí? – Ella suspiró.

No, aquel departamento en el segundo piso estaba vacío hace dos años, en remodelación según dijeron, aunque encontraron colillas de cigarro junto a la ventana, iban a continuar investigando. Finalmente se animó a abrir las cortinas, miró a través de la ventana el edificio cruzando la calle, escuchó pasos que se acercaban hacia la puerta de su departamento. Eran pisadas pesadas, aunque no era un sonido parejo, luego el sonido de un sobre deslizándose por debajo de la puerta y nuevamente pasos alejándose.

Miró el sobre que se hallaba en el piso, “Igual que el anterior” —susurró. Lo tomó en sus manos, olía a flores, dudo unos segundos antes de abrirlo. “Igual”, otro naipe con otro mensaje impreso. “Nunca haría algo para lastimarte… pero hasta las flores más bellas se marchitan”, había algo más, miró dentro, un alacrán, gritó al tiempo que soltó el sobre y la tarjeta.

La policía llegó poco después.

—¿Quién es? – un detective estaba de pie frente a ella, sólo quería saber quién le hacia todo aquello

—Estamos investigando, debe saber que no es la primera. —Le miró fijamente antes de responder

—¿Por qué no me dijeron eso? — Aquel hombre la miró con cierta compasión y ella no tardó en entender – Porque estoy viva

—Dejaré un policía vigilando el edificio y otro en su puerta – salió sin decirle otra palabra, luego escuchó murmullos y la puerta cerrarse

Se dejó caer en el sofá, de nuevo había corrido las cortinas, conforme el día llegaba a su fin, la estancia comenzaba a oscurecerse. Se quedó dormida. Un golpe seco, luego otro, despertó inquieta ante el sonido. Se encaminó a la ventana, miró la patrulla estacionada en la esquina. Pensó en que quizá el sonido era producto de sus vecinos… salvo que ese era un edificio de tres departamentos, el primer piso no estaba ocupado y los inquilinos del tercero estaban de viaje. Camino despacio hacia la puerta sin encender la luz, un paso tras otro, luego ¿agua? No, algo más. Volvió en dirección al teléfono, línea muerta. Giró y ahí estaba él. No tuvo tiempo de reaccionar sólo de gritar.

El patrullero corrió hacia el edificio con la pistola en mano, llegó demasiado tarde.

Una hora después el forense, y un grupo de policías. El mismo detective reprendía ahora al patrullero que se había quedado dormido, mientras la ambulancia se llevaba a su compañero inconsciente. El cuerpo de ella yacía junto al teléfono, entre sus manos un naipe.

Mientras tanto, el asesino observaba la escena desde el tercer piso del edificio de enfrente.

 

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