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De viaje: Piso 64 by Awilda Castillo

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Un día más que comienza, sus puertas se abren y entro. Cada día lo mismo, subir y bajar acompañada, la rutina carcome mis huesos y el hastío se ha subido a la azotea de mis pensamientos, condenándome a esta silla en la que viajo. Sigo en el mismo lugar y a veces me pregunto: ¿hasta cuándo?

Recuerdo cuando cumplí 18 años, esto me parecía que era la aventura laboral del siglo y con gusto me aliste para este trabajo.

—Cely -dijo mi mamá.  Si comienzas a trabajar, dejarás el estudio y eso no será bueno para ti. Le agarrarás gusto al dinero, y  luego no habrá nada que hacer.

Yo no la escuché, y ahora, 10 años después me encuentro en este mismo lugar, donde mi vida se ha convertido en la rutina de llegar,  comenzar a subir y bajar, buscando obtener algún placer, pero… ¡qué va! Ya eso también se me fue. Trabajo en el ascensor del edificio más alto de la ciudad “El 64”. Su nombre lo lleva por la cantidad de pisos que posee.

Esos 64  me permiten llevar a más de uno casi a tocar el cielo y  otros quedan  como enterrados en el más oscuro sótano.

He vivido muchas cosas por aquí, desde amores furtivos en que las manos resbalan por botones no precisamente del tablero, hasta lágrimas reprimidas al comprobar las mentiras crueles de alguno de sus ocupantes. Por todos esos amores fallidos,  me hice la promesa de no dejarme   llevar más por los sentimientos, porque eso de tener ganas de llorar y no poder hacerlo por  estar rodeada de personas en un espacio tan pequeño,  es  de las torturas propias que este trabajo me ha hecho pasar.

-¡Estoy harta de esto! ¡Quiero otra cosa!, quiero conocer el mundo y todo eso que a veces oigo decir mientras abro y cierro las piernas, o mejor dicho las puertas (del ascensor).

Es muy temprano hoy, más de lo acostumbrado, miro mi asiento, tomó mi libreta de notas, arreglo el busto bajo mi blusa, con la intención de brindar un panorama más explícito, a quien esté de pie a mi lado y tenga la osadía de poner su mirada por mi brassier, lo que es imposible de frente, envuelta en este tonto uniforme.

—¿Qué es esto? Hay una carta de naipe entre mis cosas. Alguien tuvo que dejarla allí, lo que no es de extrañar; ya que hay cada personaje que sube o baja en este ascensor, que si me quedara con todo lo que me  encuentro, tendría un museo en casa. ¿Es un naipe antiguo? Es extraño, si lo veo por la cara de afuera es una carta convencional, con las que se pueden dar las mejores apuestas y jugadas, pero al voltearla me encuentro con dibujos que me recuerdan otro tipo de naipes. ¡Ya se! Esos que usan en cosas del tarot y las adivinas. Viéndolo bien, es más grande de lo normal.

No creo que sea de los de la suerte, sino más bien puede ser naipes de juegos infantiles. Puede que sea de un pequeño que jugueteaba mientras subía y se le escapó este naipe de su mazo. En algún momento,  alguien vendrá por él, al darse cuenta que falta uno para el juego. O quizás es un naipe de casino, puede que estén haciendo apuestas en el bar de arriba. Mientras pienso todo esto, simplemente lo observo.  Me atrapan sus dibujos, son distintos: una pila de maletas, un mapa y una esfera en su base, como la que usaba mi maestra del cole, ya muchos años de eso. Guardo el naipe en mi bolsillo, pero me quedo con su imagen en la mente. Tanto querer viajar y conocer el mundo y a cambio estoy enclaustrada en esta celda metálica, que si bien abre a mundos distintos en cada piso, a ellos no estoy invitada…

Se abre la función y el primer pasajero sube.

—Al 18 por favor. Es un hombre bastante mayor, de bigotines blancos pronunciados y un abrigo negro tapando un maletín. Mis ojos se abren como plateros, descubriendo un tesoro.  ¡Lleva una maleta!, —le miro de reojo, el naipe en mi mano y me digo mentalmente: Uno (contando con respecto a las maletas del dibujo en él).

Por la maleta empecé a construir el viaje y destino de este señor en mi cabeza, y llegué al 18 con una sonrisa, producto de lo que mi imaginación desplegaba.

Así fue pasando el día. No había detallado la cantidad de equipajes que a diario, iban con sus dueños por este ascensor, en el cual entran 20 personas y mi silla alta al lado izquierdo donde se ubican los controles.

Cada maleta acompaña a alguien distinto, y hasta hoy lo comprobé. Ha pasado algo grandioso, y es que por cada maleta que  descubrí, el color de los dibujos del naipe se ha hecho más intenso. Al final del día, tengo cinco historias realmente vividas en mi cabeza, junto a una brújula en forma de globo que me indica donde está cada uno.

Me queda el mapa, y estoy empezando a entender que ese, si tiene que ver conmigo. Lo que yo decida que quiero hacer, y hasta dónde quiero ir. Llego  al piso 64 y me hago consciente que con tanto tiempo en este edificio, nunca he andado por este piso, fuera del ascensor.

Cualquier cantidad de empresas funcionan en este sitio, a veces no alcanzo a repetir las mismas caras en un día, pero las más increíbles son las que suben o bajan al piso más alto. Allí sé que funciona el bar “Night 64”. Los turnos de la madrugada, son de cuento, por eso este día que mi guardia se extiende por 24 horas (mi compañera ha faltado por estar enferma) llevo los ojos bien abiertos. Voy tocando el naipe colorido mientras las personas suben y bajan.

Me atreví a salir del interior de esta caja de metal, no hay nadie son las 2:00 de la madrugada ¿quién llamaría a este ascensor? Detengo con mi mano las puertas para  que no cierren y mientras  echo una mirada desde aquí  afuera al pasillo oscuro que ilumina la luz en colores del “Nigth 64”. Quiero acercarme más, pero no puedo; abandonar el ascensor sin avisar puede ser causa de una sanción. Y en estos 10 años no tengo ninguna por ese concepto. Me deshago del temor y salgo con la mano metida en el bolsillo de mi chaqueta frotando mi naipe como quien tiene un genio escondido en su lámpara maravillosa. Empiezo a caminar fuera del ascensor. Tan solo un poco, voy repitiendo como para darme ánimo de seguir.

El sonido de las puertas del ascensor para cerrarse, me hacen volver a la realidad, al trabajo. Una vez más en mis paredes de acero, la frustración quiere volver, pero acaricio el naipe en mi bolsillo y oigo una voz que viene desde afuera.

—¿Bajando?

—Si, buenas noches.

—Gracias ¿Qué noche, no?

—Ni me diga.

—Por favor, no me trates de usted, tenemos 63 pisos por bajar, cuando lleguemos allá seremos casi familia al final del viaje.

—¿Viaje?

—Si, al parecer cómo todo lo de hoy.

—¿Por qué lo dices?

—Era mi primer día de trabajo en el “Night 64”, pero ha sido un solo viaje…

—¿Y tus maletas? Lo digo por lo del viaje (recordando el dibujo del naipe)

—Realmente no tengo ninguna y  tampoco empleo. Su cara muestra preocupación.

—¿Puedo preguntar qué pasó?

—Claro. A propósito, mi nombre es Jordy.

—Soy Celestina. “Celys” para los amigos.

—Vine por un trabajo en la administración del bar y al pasar las horas tuve que atender la barra, cosa que me pareció rara, pero como experiencia lo hice. Pero ya lo demás… si que no era para mí.

—¿A qué te refieres?

—¿No has entrado en ese lugar?

—Realmente nunca lo he hecho, hoy estuve a punto, pero no pude.

—Menos mal que no entraste. Quizás si lo haces, no tendríamos esta conversación.

—Luego que ya no tuve que atender la barra me hicieron pasar a uno de tantos cubículos que contenían números fluorescentes arriba y que en su interior recreaban el de un avión. Hasta ahí, me parecía interesante el ser partícipe de una fiesta temática, sin embargo cuando me di cuenta que era un lugar para recibir “clientes”, de verdad que no aguanté y salí, luego de reclamarle a la persona que me había contratado.

—¿Todo dentro era similar a un avión, como en un aeropuerto?

—Sí, había maletas por todos lados, hasta el bolso que yo llevé se me confundió entre tanta cosa, pero aun así, preferí salir.

—Has hecho bien, Jordy. Y yo pensando en los viajes…

—¿Tú querías ir de “viaje” y ser atendida por uno de los especialistas del lugar?

–No entiendo lo que dices. Viajar es una experiencia única.

—Ya veo que no lo entiendes, bella.  El viaje que daban los muchachos que recibían a los clientes, era un viaje al placer sexual.

—¿Qué es lo que estás diciendo? Si ese es el piso más exclusivo de esta gran torre. ¿Es eso lo que ocurre ahí?

—Por lo que yo puede ver ¡sí!

El ascensor sigue bajando, ya vamos por el piso 44. Miro mejor a Jordy y realmente compruebo que es un hombre joven muy atractivo. Le sonrío

—Sabes algo, todo el día he pensado en viajar, en maletas, mapas y lugares fantásticos que tiene el planeta. Pensando que esta era mi hora.

–Y quizás no te equivocas “Celys” siempre es buen día para viajar. En este momento lo estamos haciendo. Te pudo hacer el recorrido. ¿Aceptas?

Los próximos 10 pisos fueron de una exposición magistral, entretenida y hasta cómica por parte de Jordy quien me hizo reír y estar a gusto, como nunca lo había sido dentro de aquel cajón metálico. Llegué a sentirme volando, en una nave, en el avión más especial que jamás haya montado.

Los próximos veinte pisos restantes, intercambiamos teléfonos, gustos por pasatiempos, intereses literarios y música. Teníamos mucho en común. Hicimos el viaje, y como dijo al principio, casi nos hicimos familia, aunque había un brillo en nuestros ojos, que indicaba algo más.

Fue entonces que caí en cuenta, que quizás el mensaje del naipe era que puedo disfrutar el viaje y conocer otros mundos, a través de las personas, porque cada una tiene un equipaje perfecto.

—Listo ya estamos aterrizando. Dijo Jordy.

—Sano y salvo, —respondí.

—Gracias Celys, por ser la vía de escape perfecta.

—Gracias a ti, por “viajar” conmigo.

—Mañana volveré, si me invitas a viajar hasta el piso 64 nuevamente.

—Entro al turno de la tarde, y sería un placer conducir el viaje.

Un beso en la mejilla, una larga mirada construida en 64 pisos en bajada, me hacen creer que después de todo, la vida es una sorpresa. Sonrío al recordar lo que pensaba, antes de tener ese naipe entre mis manos, antes de que el viaje comenzara. Estoy emocionada porque el día de trabajo comience nuevamente.

 

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