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EL CHAL QUE CUBRIÓ MIS HOMBROS By Ana Centellas

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Salimos por la mañana temprano. El sol aún no había aparecido aún por el horizonte y no era más que una mínima estela de luminosidad provocativa. La luna continuaba con su altanería habitual, en lo más alto del cielo. Parecía que se iba a aproximar ese momento mágico en el que, por fin, luna y sol se funden en un beso tras sus doce horas de separación.

Tuve que ajustar bien mis gafas para poder ver en qué lugar ponía los pies. Un paso en falso y daría con mis huesos en el agua, que a aquellas horas de la mañana estaría demasiado fresca para la escasa ropa que llevaba. Mauro me tendió una mano al ver la inseguridad que había en mí, y me ayudó a cruzar sobre el puente que daba entrada a la embarcación. A pesar de que el sol ya pugnaba por salir, la oscuridad que había aquella mañana en el puerto era casi absoluta, acompañada por la sombra que las dársenas proyectaban sobre nosotros.

Jamás había subido a una embarcación de aquellas características. A decir verdad, jamás había navegado y ni siquiera las tenía todas conmigo a la hora de asegurar que mi delicado cuerpo fuese a aguantar la travesía. Pero el destino merecía la pena, el madrugón en la total penumbra también y, sobre todo, la compañía.

Conocí a Mauro hacía ya varios años en un portal de citas a través de Internet. Lo cierto es que jamás llegamos a conocernos, pero entre nosotros surgió una relación muy especial que manteníamos en privado. La distancia entre ambos fue uno de los principales inconvenientes con los que chocó nuestra relación, si es que podíamos llamarla así. Y pensándolo bien, eso es lo que era, un vínculo que manteníamos vivo a través de cruces de mensajes y horas de conversaciones interminables que la tecnología actual hacía posibles.

En realidad, durante estos largos años, jamás hemos hablado ninguno de los dos de sentimientos hacia el otro. De hecho, yo lo consideraba como una bonita amistad. Pero, cuando en una de nuestras últimas conversaciones, nos enteramos de que íbamos a compartir destino de vacaciones en las mismas fechas, entendí que el encuentro iba a ser inevitable. Lo acepté, lo asumí y lo busqué con ganas.

Tras diez días compartiendo confidencias, largos paseos por la orilla del mar, cenas románticas y bailes por las noches, Mauro me propuso hacer una pequeña ruta en su yate. Aún en la penumbra de la mañana me quedé fascinada por la magnificencia de la embarcación. Durante unos breves instantes, creí ver entre las sombras, producidas tanto por la falta de claridad solar como por mi creciente miopía aun llevando las gafas, una pequeña sonrisa de autosuficiencia en su rostro que no me gustó nada, pero preferí obviarla. Aquel iba a ser un gran día y no iba a consentir estropeármelo a mí misma haciendo elucubraciones absurdas sobre Mauro, sobre todo cuando él siempre se había mostrado como una persona humilde y llana.

Mauro puso en marcha el motor y sentí un escalofrió. La mañana había comenzado fresca, a pesar de encontrarnos en pleno verano. Mi liviano mono de lino no ayudaba a que mi cuerpo dejase de temblar por el frescor matutino. Mientras la embarcación comenzaba a virar de manera leve a estribor, para tomar el camino que daba a la salida del puerto, a la velocidad mínima, Mauro me contemplaba preocupado. Enderezó la ruta, disponiendo el barco en la dirección adecuada para abandonar el puerto y despareció durante unos minutos en el interior del barco. Regresó con un hermoso chal de lana de un suave color dorado, cálido y bello. Aquel gesto suyo me pareció más romántico que si me hubiese llevado a cenar al restaurante más acogedor de París. Fue entonces cuando tuve que reconocerme a mí misma que tenía un grave problema. Para mi desgracia, o para mi suerte, me estaba enamorando de él.

Cuando el sol quiso romper la línea imaginaria del horizonte, nosotros ya nos encontrábamos observando la costa desde la lejanía del mar. Estaba extasiada, jamás hubiese podido imaginarme contemplando semejante belleza. A un lado, el sol apareciendo refulgente sobre el horizonte. A otro lado, la costa, con sus bellas casitas de pescadores y el puerto, iluminadas con el tenue brillo de la luz del amanecer. Durante unos minutos, ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Me sumergí de pleno en la contemplación del maravilloso espectáculo de la naturaleza que se estaba desarrollando ante mí. A medida que el sol se elevaba en el cielo, todos los colores iban cambiando paulatinamente. Las aguas oscuras del mar se volvieron del azul más precioso que nunca había visto. La gama cromática se multiplicó ante mis ojos de una manera espectacular. Las blancas casitas de los pescadores reflejaban los rayos solares, creando ante mi vista una visión casi mágica del pequeño pueblo. Era la primera vez que veía un amanecer desde mar adentro, era la primera vez que veía la costa desde aquella situación, era la primera vez que viajaba en barco, era la primera vez que tenía a Mauro a tan solo unos milímetros de mí. Era la primera vez. Y ya me supe perdida.

El motor del barco sonaba en mis oídos haciendo un gran estruendo, pero no me importaba. Lo único importante de aquel momento era la gran vivencia de sensaciones que estaba experimentando, los colores, el olor a mar, tan vívido en mis fosas nasales, el lejano sonido de las gaviotas sobre el ruido producido por los motores. En aquellos momentos, hubiera deseado que en lugar de aquel lujoso yate, Mauro fuese el propietario de un lindo barquito de vela, pequeño, acogedor, silencioso. Sin apenas darme cuenta, su brazo me rodeó los hombros, intentando transmitirme el calor que producía su cercanía. Sin que ninguna palabra hubiese sido pronunciada aún en aquella mañana estival, acepté su abrazo con naturalidad y acomodé mi cabeza en su pecho.

Para mí, con la amalgama de sentimientos recién despertados en mi interior, aquel momento me pareció el culmen de la magia. Eché un vistazo hacia el agua, que salpicaba dentro de la cubierta del barco de manera juguetona y, sin saber por qué, un recuerdo vino a mi mente obnubilada.

Aquellas aguas azules, serenas, me transportaron en décimas de segundo a mi niñez, a una época de mi vida que, sin saber por qué, había quedado relegada a un segundo plano dentro de mis recuerdos. Me vi sentada en una pequeña barca de madera, rodeada de unas aguas igual de azules que las que ahora tenía ante mí, acompañada de mi abuelo. Mi abuelo Cecilio fue pescador desde su infancia, en las calmadas aguas de un Mediterráneo que se fundía con el Adriático, rodeando la cálida isla en la que vivía. Yo le visité pocas veces, quizá por eso apenas tenía recuerdos de él, pero en aquel momento le sentía tan real como si estuviera sentado frente a mí en aquella pequeña barca. Cuando yo nací, el abuelo ya era anciano, pero aún así, no había perdido su costumbre de salir cada día con su pequeña barca de madera en busca del sustento de su familia. Recuerdo aquel día, tendría yo unos cuatro o cinco años, en que le supliqué tanto para que me dejase salir de pesca con él, que no tuvo más remedio que acceder. Y fue uno de los días más bonitos de mi vida.

Sus brazos entrados en años aún eran fuertes, y se aferraban a los remos marcando poderosos músculos que nos hacían avanzar a contra corriente hacia el lugar entre dos islas donde siempre encontraba el mayor número de peces. Mis pequeñas botas de goma chapoteaban en el interior de la barquita, que se llenaba de agua con cada envite de mi abuelo con el remo al mar. Yo me entretenía en achicar el agua con un pequeño cubo de dibujos infantiles que normalmente usaba para hacer castillos de arena. Mientras remaba, el abuelo me contaba historias, con su peculiar acento griego. Me contaba mil y una historias, y recuerdo su voz como una dulce melodía. Su tono de voz era calmado, a veces incluso monocorde, pero, a la vez, hipnotizador. Para mí, pequeña niña de ciudad, escuchar todas aquellas historias de marineros era como abrir un portal hacia un universo totalmente desconocido en el que las más apasionantes aventuras esperaban al acecho tras la cresta de cualquier ola. Recuerdo su voz cantándome canciones típicas de su tierra, que quería que yo aprendiese para que tuviese un recuerdo de él.

Y menos mal que lo hizo, porque aquel verano fue el último que le vi. Falleció a los pocos meses en su barca, como le hubiese gustado, y la corriente tuvo la deferencia de acercarle hasta la orilla. Mis padres no me dejaron ir a verle y yo nunca más volví a ver a mi abuelo. Ni a recordarlo siquiera, era demasiado pequeña. Pero en aquellos momentos, volvía a revivir ese último encuentro con él con tanto lujo de detalles que no pude evitar que un reguero de lágrimas se deslizase por mi rostro.

Mauro se incorporó ligeramente, lo justo para comprobar que estaba llorando. El sol ya había alcanzado su cénit y nosotros apenas nos habíamos movido del lugar en el que habíamos fondeado para contemplar el paisaje. Me giró con ternura, sus ojos cubiertos de una emoción extraordinaria que me llegó a lo más hondo. Y, sin esperarlo, apretándome con más fuerza entre sus brazos, me besó como solo se besan los enamorados. Besó mis ojos, el torrente de lágrimas que caían silenciosas por mis mejillas, besó mis labios y finalizó besándome con pasión.

La historia de mi abuelo quedó relegada de nuevo al rincón del olvido. Las lágrimas se secaron por completo bajo el sol de la mañana. Y yo me entregué a aquel hombre que se había colado poco a poco en mi corazón durante largos años y, que en tan solo unos días, había conseguido avanzar hasta el mismo centro de él. Las ropas iban cayendo de manera lenta a nuestro lado, el sol calentaba nuestros cuerpos desnudos mientras nos fundíamos en miles de caricias, explorándonos, reconociéndonos. Nos amamos allí mismo, sobre la cubierta del barco, con el sol, las gaviotas y las olas del mar como únicos testigos de nuestro amor.

Al rato, ya equipados con nuestros trajes de baño, fuimos recorriendo la costa. Fuimos obteniendo las mejores vistas de los preciosos pueblecitos que se iban sucediendo a lo largo de la línea costera, para guardarlos en nuestra retina para siempre. Si tuviese que buscar un calificativo para aquel día solo podría utilizar uno, mágico. Era magia lo que flotaba a nuestro alrededor. Magia la que nos acompañaba en los abrazos mientras el barco continuaba con su lento avanzar paralelo a la costa. Magia la que compartimos durante la comida que Mauro había llevado preparada, regada con el más exquisito de los vinos que jamás había probado. Magia la que nos hizo amarnos una y otra vez rodeados de olas juguetonas que querían adentrarse con nosotros en el barco y acompañar a nuestros cuerpos resbaladizos.

El retorno a puerto fue tranquilo. Con la luz casi del ocaso, me pareció estar viviendo dentro de un sueño del que no quería despertar jamás. El sol se escondía tras las montañas con parsimonia, permitiéndonos una vista de los mismos pueblos que ya habíamos recorrido antes con una iluminación por completo diferente. Una iluminación que invitaba a relajarse y solo observar. Ya era noche cerrada cuando llegamos a puerto, después de haber disfrutado de otra cena en la cubierta, protegidos de la brisa marina, y después de habernos amado por última vez aquel día, aquella noche.

Mauro me acompañó a casa, al pequeño apartamento que había alquilado para mis tan ansiadas vacaciones, pero rechazó mi ofrecimiento a quedarse a pasar la noche conmigo. Aquella noche dormí sola, en un plácido sueño en el que me imaginaba rodeada de los fuertes brazos de Mauro, con el corazón latiendo con fuerza en el interior de mi pecho y miles de mariposas revoloteando alrededor de mi estómago.

Cuando, a la mañana siguiente, bajé a la playa para encontrarme con él en el sitio de costumbre, él no estaba esperándome, como cada mañana. Me extrañó tanto que me atreví a hacerle una llamada al móvil, algo que no había hecho nunca. Nunca me había hecho falta. Aún me sorprendió más aquella voz automática que me anunciaba que “el número de teléfono marcado no existe”. Emprendí un paseo hacia el puerto, bajo el sol abrasador de la mañana, y sentí una relajación total del cuerpo cuando vi allí el barco de Mauro, en el mismo lugar donde lo habíamos dejado la noche anterior. El precioso chal dorado aún colgaba de la barandilla de cubierta, después de haber quedado ahí por casualidad en una de las últimas veces que hicimos el amor.

Me acerqué, con paso ya raudo, al bonito yate. Varias personas estaban limpiándolo, aplicando productos de limpieza y frotando a fondo, mientras lo cubrían de agua para facilitar la tarea. Mi rostro debió ser todo un poema cuando les pregunté por Mauro y ninguno de ellos le conocía. Al parecer, aquel yate se alquilaba por días en la temporada de verano, y la última persona en alquilarlo no había abonado el importe solicitado. Sentí cómo mi cara iba pasando por todos los colores inimaginables, pero salvé la situación con la mayor dignidad posible. Saldé la cuenta del alquiler, lo que se tradujo en un descalabro importante en mi, ya de por sí menguada, cuenta corriente y me dirigí hacia su casa, esperando tener mejor suerte.

Me había mentido y necesitaba saber por qué. La mayor sorpresa fue cuando, conforme me iba a acercando a su casa, podía ver cómo una nueva familia la ocupaba, descargando maletas con los rostros llenos de felicidad que indican el inicio de las vacaciones.

Jamás volví a saber más de él, igual que jamás volví a ver a mi abuelo después de aquel día de pesca. Atrás quedaron los besos perdidos en el mar, los largos paseos por la arena y las interminables conversaciones por Skype que habían durado varios años. Fue como si se le hubiese tragado la tierra.

El único testimonio que tengo de mi vivencia es un chal de color dorado, el mismo que un día cubrió mis hombros, apolillado y gastado, en el fondo de mi armario.

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