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Aurore -01: by Jgxs (link al blog)

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Agradezco la confianza de Jgxs al compartir este texto en MasticadoresdeLetras –j re

La Catedral de la Asunción de Nuestra Señora de Chartres.

Las calles de Chartres siempre empinadas me recuerdan de niña como disfrutaba que mi madre me dejara rodar cuesta abajo unos cuantos metros en mi triciclo rojo, que habilidosa amarró del tubo de la silla a una cuerda que sujetaba con fuerza. El vértigo recorría mi cuerpo de pies a cabeza. Nunca tuve temor de llegar al final de la acera, sabía que mi madre estaría allí para detenerme de improviso como siempre lo hizo, soltando y deteniendo el triciclo sin avisarme, para ver mi cara de sobresalto.

Así pasó mi infancia, siempre viendo el rostro de mi madre sonreír camino al trabajo, eran los únicos instantes, en la mañana, que siempre la veía sonreír. En el transcurso del día eran esporádicos los momentos en que me sonreía y saludaba, empinándose y asomando la cabeza desde la esquina de la Pastelería Tessier donde trabajaba hasta las cinco de la tarde, lo sé porque aprendí la posición de las manecillas cuando mamá golpeaba la puerta y me sorprendía con un postre. Yo pasaba los días enteros en el balcón del tercer piso de la casa de Doña Antoinette, sobre la Calle Bourg donde me despedí muchas veces con lágrimas y con el tiempo llena de esperanza por verla regresar. La veía alejarse hacia la pastelería, cuadra y media más abajo, donde creía en el alma que siempre estaba, con la fe ciega de saberlo.

Mi vida giraba en torno de la Catedral y sus leyendas. Todos los domingos asistíamos a la misa. Vivíamos cerca, arriba del callejón de la Calle San Eman, y la caminata por el jardín contiguo a la Catedral se convertía en tardes de historias y juegos que mamá solía contarme mientras, en un mantel de cuadros rojos y blancos, simulábamos cada aventura acompañadas de un emparedado y jugó natural.

Hablábamos de todo, menos de papá. Sus historias siempre tenían un mensaje que nunca me revelaba y era la primera pregunta en las tardes después del trabajo. Muchas veces, creo que no di la respuesta correcta, a pesar de juegos inventados, mi mamá llegaba a la conclusión que aún no era tiempo de saber la respuesta. Siempre que la escuchaba decir eso, entristecía su rostro.

En casa de Doña Antoinette, donde pasaban mis días en el balcón, compartía mis aventuras con su hija Paulette, un año menor que yo. No jugábamos mucho porque yo preferiría estar pendiente de la calle con el fin de ver a mi mamá. Doña Antoinette era una mujer un poco tosca y refunfuñaba mucho, sólo se le veía más amable algunas tardes en las cuales hablaba con mi mamá y uno que otro domingo que nos veíamos, después de la misa, en el jardín de la Catedral para recorrer el laberinto de flores al abrigo de árbol más frondoso que haya visto en mi vida. Estar junto a ellas siempre fue mi mejor referencia de hogar.

Mi triciclo de aventuras se convirtió en una veloz bicicleta con canastilla plateada. La mañana en que la encontré estaba muy triste porque no hallaba mi triciclo. Mi mamá me consoló con una historia acerca de los ciclos de la vida y la necesidad de crecer y adaptarse. Un discurso poco inteligible para una niña que sólo quería su triciclo. En punto de las doce del mediodía de ese 21 de Junio, día de mi cumpleaños número seis, mi mamá señaló el lugar donde se encontraba mi bicicleta.

Mi vida había cambiado un poco ese año. Ingresé a la escuela de Gerard Philipe en la Calle Bethléem diagonal a la Catedral. Y aunque seguía bajo el cuidado de Doña Antoinette, las tardes eran eternas esperando a mi mamá que por costear la pensión de la escuela había conseguido un trabajo, en la noche, en el Bar Tabac cerca del Río Eure.

Aurore Relato completo

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