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Historias para leer en un hospital by j re crivello

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1_ Asesinato en La Moncloa –y uno-

Le encontraron en su despacho. “La segunda planta de la Moncloa tiene un   nuevo  cadáver” -fue el comentario de uno de los ayudantes. A 200 metros -en la Comisaría de La Moncloa, en esa madrugada de las dos y pico, una llamada fue atendida por un inspector. Estaba allí de casualidad, la discusión con su mujer, le había decidido a quedarse para hacer faena. En los últimos meses por su pequeña caja de madera de aquel vetusto edificio, se apilaban diferentes casos. Pero este era diferente, debía presentarse en La Moncloa, un funcionario le había informado que el presidente de gobierno se había suicidado. En su coche ya camino del lugar, no dejaba de pensar en la imposibilidad de dar el parte. Que iba a poner: “siendo las 2:30 me presente en casa del gobierno para certificar que el orificio de entrada estaba en”. Bastante ridículo. Aquella especie de políticos estaba en extinción. No le conocía a J. L. más que por la tele y aunque pasaba una mala racha, no se le hubiera ocurrido que fuese capaz de pegarse un tiro. Además al llegar ya estarían hasta los del CNI. Aquellos pringaos que habían estado detrás de todas las tramas del Estado. Ellos, le apartarían a un rincón y hasta le dictarían lo que tendría que escribir.

Pero al llegar, pudo comprobar, que aquello estaba muy oscuro. Le dejo pasar un tipo que estaba en la entrada y de allí hasta el despachito llego muy rápido. Un funcionario de marrón y oliva y dos ayudantes le mostraron el cadáver. Le explicaron que le habían avisado porque su mujer estaba fuera y querían saber la opinión de un poli antes de dar la noticia. Carlos Frutos rodeo el cadáver. Una pistola en la mesa. Y un orificio lateral que había dejado salir un litro de sangre. ¿Nada más? Se giró y agacho, todo era de una pulcritud extrema. Les miro y dio la orden de informar a la sociedad lo que ni siquiera era capaz de imaginar. Mientras los tipos iban y venían, él tomo notas de lo que le parecía podía ser incorrecto o extraño. Pero el Presidente era más pulcro de lo que mostraba la tele. Detrás del escritorio, la ventana estaba abierta un poco, pero no existían señales de haberla forzado.

El primero en llegar fue el número Dos del gobierno. Este si mandaba. Dio órdenes de recoger todo y presentar al presidente en la sala contigua. Luego dirigiendo su mirada hacia el preguntó: “¿Ud. cuando tendrá listo el informe?”. Si me permite –dijo Frutos, y me deja una sala con ordenador se lo puedo hacer enseguida, en el fondo deseaba quitarse el marrón de un presi que se quita la vida y no deja pistas de su angustia. “Vale. Sígame” –dijo el número Dos. Antes de salir Frutos pudo observar como retiraban el cadáver, a su lado casi cerca de una lámpara, un chicle estaba pegado en el lateral. Frutos se volvió hasta él y lo recogió, metiéndole en una bolsa de aquellas de plástico que solía llevar en su chaqueta. A quien se le podía ocurrir pegar su chicle en un sitio tan, pero tan. En su larga experiencia siempre miraba debajo de las mesas, allí le ponían a decenas. Al salir, en una sala contigua le dejaron un ordenador y escribió un informe de tres líneas:

“Siendo las 2:30 Horas, fui llamado a La Moncloa y en el despacho verde me dejaron atender un cadáver recostado en la derecha con un agujero de bala de pistola térmica marca Beretta. El presidente se había suicidado de un tiro en la sien. A su costado, cerca de la lámpara, aún se hallaba pegado su chicle”.

Acto seguido lo imprimió en tres ejemplares y lo firmo. Al ponerse de pie, el número Dos del gobierno le preguntaría: “¿lo tiene ya?”. “Si”, dijo Frutos. Aquel lo leyó, al ver tan poca cosa hasta insinuó que agregara algunos folios, pero su negativa derivo en una mirada entre ambos que duraría un largo rato. En aquella espera el Vice dijo: “si quiere puede marcharse”.

_¿Me deja ver al presidente por última vez? –pregunto el inspector. “Bueno, Usted mismo”. Frutos pasaría a una sala donde estaba el cadáver abandonado. Le habían colocado encima de una camilla y una sábana blanca le tapaba hasta el cuello. En la semi-penumbra fue hasta su boca, la abrió y metió un palito con gasa. Luego guardo aquello en una bolsa de plástico y se marchó.

Continua Tomorrow…

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