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El barrio Chino de Barcelona by j re crivello

Escribir sobre el pasado es tan sutil y subjetivo como una fotografía que capta un momento. El franquismo se desmorona hacia 1975, y el Chino es un río cosmopolita. Su principal arteria es la calle Escudillers y su restaurante más famoso –los Caracoles- que ofrece todas las noches una demostración de poderío con sus pollos asados en la misma esquina de su establecimiento. Recuerdo que me gustaba caminar por allí desde la Rambla hasta la calle Aviño y vuelta. Aquello era la escenografía de lo feo, lo decadente. Cuando la noche apretaba el Drugstore de las Ramblas, al lado del teatro Liceo y empotrado en él con –permiso de Dios Franco mediante- era el único abierto hasta altas horas. La chusma y el personal más variado libaban el último líquido.

Pero este recorrido no puede dejar de lado otros dos establecimientos de la época: El bar del Liceo, frente al palacio de la opera, decorado con arte burgués y rococó. Entrar en él, era ver una pequeña Rambla donde la gente se dejaba estar y se entusiasmaba ante la variedad de mentiras y sexo. Su dueño –ahora ya muerto-, de estatura baja, de gran cabeza y moral seria, navegaba entre los sótanos de la sociedad. El palo de bajar la persiana entre sus manos y dos camareros hoscos ponían en la calle a los molestos. Al atravesar Ramblas y bajando dos calles, se giraba por la derecha hasta llegar al London. Bar, nocturno y cannabis. La movida más tirada se mezclaba con los freakis. Aquí la música y el humo pestilente y espeso hacían su última apuesta a la Barcelona con intención de entrar a la modernidad cosmopolita de las Olimpiadas que aún estaba por llegar.

¿Me olvido algo?. Sin duda. Si caminábamos por la calle del Carmen, a 500 metros hacia el corazón del Raval y muy cerca de la calle de las Tapias –ruta de putas baratas- para el obrero del extrarradio. ¿Quién no recuerda el dicho de los obreros de esos años?: “sabado, sabadete, camisa blanca y polvete”. Decia… en esos últimos metros existía un establecimiento en una esquina, de nombre Restaurante El Peret. Allí comíamos un menú que mezclaba el autoservicio con el camarero. La cocina estaba al lado de los lavabos y el turbio aroma del aceite quemado competía con el acre sabor del orín. Era crucial la foto de Frank Zappa en la parte alta casi tocando el techo. El publico que asistía, era una ensalada de modernos, hipies y progres, amen de los despistados del barrio.

Tal vez se escapan cosas de esta Barcelona mestiza, turbia, pero muy tolerante. Citar quizás… a Zeleste, al bar Muy Buenas –en mi casa tengo la radio eléctrica que presidía la tertulia-, o al bar de la Absenta.

Vital es el ciclo de la vida.

Austera y corta la juventud.

El purgatorio se mofa,

de la sal que confita el pollo frió. (1)

(1) Poesía maldita, j re crivello

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