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Historias para leer en un Hospital by j re crivello

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02- asesinato en la Moncloa

Los próximos días fueron de entierro y una madeja de suposiciones que se apagaron lentamente ante la crisis que vivía el país y la fiabilidad del número Dos –quien se hizo con el poder. J L había sufrido el viejo estigma de La Moncloa, resistir cuatro años entre el aplauso y luego comenzar una decadencia que dicen aparece –a partir del segundo año- en todos los presidentes españoles. Un poco después, dice la teoría, extrañas razones les apartan prematuramente del poder. De aquella manera se fue Adolfo Suarez y, luego Felipe González, aunque este resistió hasta la tercera reelección. Con Aznar su renuncia -a presentarse- estuvo a un tris del bombazo del 11M, pero ello no invalida la especulación del retiro accidentado.

Frutos estuvo unos días en la sierra madrileña y al regresar, encima de su caja de madera, encontraría un papel del informe del chicle y la saliva del muerto, le acompañaban dos sobres referidos al ex-presidente. Abrió aquello y leyó: “los dos ADN no pertenecen a la misma persona”. El chicle se había vuelto amarillento, y no respondía al asesinado. ¿Quién podría haber dejado aquello pegado tan cerca del presi? Desde un empleado de la limpieza, hasta un familiar  –pensó Frutos, o alguien que estuvieron allí las horas anteriores. Intento cotejar aquel ADN con su base de datos ya metido en el desánimo. Y el aparato le devolvió la fotografía de un pistolero. ¡Era un error! ¿Cómo podía una rata de la mafia estar asociado al Presi? Pero al repetir su consulta, el fichero le devolvía siempre la misma cara. Se puso de pie y fue en busca de un sitio donde quizás se dejaba caer aquel tipo.

En el bar, el camarero señalo en dirección al lavabo. Al entrar, el ruido del mingitorio de la derecha, daba salida a un rio extremo. ¿Sería a quien buscaba? Al acercarse hasta el individual que deja caer los orines masculinos, le mostro la placa y pregunto:

¿Dónde estabas el día 5? ¿Porque los polis preguntan en plural cuando el sospechoso es uno solo? –una terca pregunta que paso por su cabeza-, cuando el tipo recogió su verga lisa y melosa pude verle dispuesto a responder: “En mi casa. A las 2:30. Con una buena señora”. Frutos insistió., para decir: “pues si te parece vamos a verla”.

—Ahora no puedo –respondió mientras cerraba su bragueta. Frutos le cogió del brazo para ayudarle. En unos minutos llegaron al departamento de la fémina, no había nadie. Decidieron bajar al bar para esperar. El pidió una tónica y el tipo con cara de fastidio, una cerveza. Pasaron dos largas horas y por fin vieron llegar a quien esperaban. Sin pensarlo, Frutos le empujo del brazo y fueron detrás de ella. Al entrar el inspector hizo las mismas preguntas, pero ella desviaba la mirada sin seguir el juego, hasta dejar escapar un: “no estuvimos juntos”. Su acompañante se había quedado sin blanca. Se lo llevo a comisaría y le aguanto un día más. En aquel cuchitril tenían un cuarto sencillo y extremo que servía para algún tropiezo de la fauna. A la mañana siguiente el tipo dio un nombre. Según agregó, le habían encargado limpiar la Moncloa, aunque insistió: “yo no fui quien le mate”.

— ¿A quién? –pregunto Frutos. “Al presi, ¡joder! —respondió el tipo. Aquella madrugada dentro de La Moncloa, me acompañaría uno, de una extraña pronunciación. Él fue quien me contrato para introducirle sin ser visto”.

—Al lado del Presi, en la base de la lámpara, encontramos un chicle -dijo Frutos.

— ¡Fue una estupidez! –Dijo el tipo-, esa era la firma del trabajo. Yo la puse en la lámpara del lado para decir que había estado allí, me parecía un gesto de nostalgia ante un político al que había votado.

— ¿Dónde encuentro a tu colega? –pregunto Frutos.

—Solo tengo un teléfono, miro en su bolsillo y le entrego un papel. Frutos marco aquellos números. Alguien respondió: “hola”.

—Quiero que me haga un trabajo –dijo el inspector. Una voz gangosa, de resina seca, respondió: “estoy retirado”.

—Le pagaré  muy bien –volvió a insistir el inspector.

—No puedo, estoy desactivado. Su voz se pegaba a su oreja como si del otro lado estuviera alguien hablando y a la vez sentado en el inodoro haciendo fuerza. Y dio una cifra. Entendía que era una manera de activarse.

—Es mucho dinero –insistió Frutos.

—Le espero en el bar la ciénaga -a las 10.

Continuará Tuesday
 

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