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UNA LARGA NOCHE by Estrella Rodríguez

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Hace unos meses estuve unos días de vacaciones en el Maestrazgo turolense. Un viaje que no voy a olvidar en mi vida. Últimos de septiembre, el otoño empezaba a pintar un cuadro en tonos ocres mezclándose con los verdes y dorados del verano.

Me levanté temprano, había llovido toda la noche pero un tímido sol se asomaba entre las nubes. Antes de salir, desplegué el mapa que llevaba para ver qué pueblos había por los alrededores, me habían dicho que tenían mucho encanto, así que marqué una ruta turística que me ocuparía todo ese día.

Me albergaba en un pequeño hotel rural en Cinctorres. Ese día mi idea era visitar La  Iglesuela del Cid, Cantavieja y Mirambel, pasear con calma por sus calles, hacer fotografías, sentir la calma de esos preciosos pueblos y relajarme. En mis viajes en solitario advertía, sobre todo en poblaciones pequeñas de zonas del interior, que una mujer viajando sola, despertaba curiosidad, pareciera que estuviéramos todavía enclavados en el siglo pasado.

A mediodía, cansada de tanto caminar y con hambre, busqué un restaurante donde comer, ese es el momento que menos me gusta cuando viajo sola. Me senté en una mesa un poco retirada, para huir un poco de las miradas de los demás comensales. Entró una pareja con dos niños, después otra pareja y por fin un hombre solo, a todos les preguntaron qué iban a comer, todo normal, pero a mí no me atendían, prudentemente había esperado pero ya tuve que hacerme notar. Se acercó un muchacho:

-Por favor ¿me trae la carta? Veo que están entrando otras personas a las que han atendido y a mí nadie me ha preguntado.

-Perdón, señora, creí que estaba esperando a alguien.

-Pues no, vengo sola.

No terminaba de acostumbrarme a que me dijeran siempre lo mismo. Parece que, con frecuencia, todavía no se ve normal ver a una mujer sola. Hasta mis amigas me llaman aventurera ¡por ir a los mismos sitios que van ellas con sus parejas! solo porque no voy acompañada.

 

Seguí mi recorrido por la tarde hasta que empezó a caer la noche, era ya tiempo de volver al hotel. Pensé, “no voy a volver por el mismo sitio que fui, tiene que haber alguna carretera que me lleve más rápido”. Había hecho un recorrido que era casi una circunferencia, así que buscaba un camino alternativo que fuera más corto para evitar tanta curva, tanta carretera estrecha sin pintar y tanto puertecito. Pues nada, me dije, “le preguntaré al Tomtom…” Y el buen Tomtom, como siempre tiene respuesta para todo, me indicó una carretera por la que solo tenía que hacer veintitantos kilómetros. Más contenta que un ocho me puse en camino.

A los dos kilómetros, la carretera, ya de por sí estrecha, se estrechó mucho más, luego se acabó el asfalto, luego empezó a subir, luego los baches parecían hoyos para plantar pinos… Me encontraba en pleno monte, de noche, sola, sin cobertura en el móvil y sin decir a nadie por dónde andaba. Los únicos seres vivos que encontré fueron un grupo de vacas que se quedaban mirando los faros del coche y estoy segura que, si  pensaran, su pensamiento sería “a dónde irá está loca…”

El camino estaba impracticable, muy embarrado por la lluvia de la noche anterior, lleno de baches que eran cada vez más profundos. Era noche cerrada ya y no sabía si seguir o volver atrás. Dar la vuelta era complicado, el camino era muy estrecho y la noche estaba bastante oscura, era una zona de monte totalmente desconocida para mí, así que me parecía una maniobra un poco peligrosa. De pronto sentí como las ruedas se hundían en un agujero embarrado y el coche empezó a patinar. No había forma de salir de allí, ni hacia adelante ni marcha atrás, me había atascado en medio del monte, de noche y con la única compañía de las vacas. Reconozco que hubo un instante que tuve miedo, pero no me quedó más remedio que resignarm e intentar encontrar una solución, no pensaba yo que hubiera llegado ya mi última hora. Como un amigo muy querido dice, “siempre acabamos llegando a donde nos esperan”.

¿Qué hacer? ¿Caminar hasta el pueblo más cercano? ¿Esperar en el coche hasta la mañana? Sopesé los pros y los contras. No voy a negar que cuanto más pensaba más me preocupaba. No podía ir caminando en una noche oscura, por el monte, por un camino que parecía un patatal, sin teléfono y arriesgándome a alguna caída.

Miré a ambos lados del camino, las vacas estaban muy tranquilas, algunas se habían tumbado, lo que me hizo pensar que no habría lobos u otros animales depredadores cerca. Suponía que nadie iba a venir a atender a las vacas, se quedarían allí durante días, como recordaba que hacían en mi pueblo. Tenían comida suficiente y el tiempo no estaba excesivamente frío, además imaginé que tendrían alguna tenada por si querían refugiarse.

Decidí quedarme en el coche y por la mañana, con la luz del día, estudiar mejor la situación. Sabía que iba a ser una noche eterna, pero hubiera sido peor una avería en el coche y que se hubiera quedado muerto, al menos tendría la radio para hacerme compañía. Bloqueé las puertas, me tapé con una manta que siempre llevo en el maletero y me dispuse a esperar e intentar dormir un poco. El cielo estaba cubierto, aunque confiaba en que no lloviera. Quizá por la mañana estuviera el terreno un poco más seco y con ramas o piedras debajo de las ruedas, pudiera mover el coche…

La noche fue larga, muy larga, me dio tiempo a pensar mucho, a recordar a todas esas personas que habían pasado por mi vida. Ahora sí que me iban a llamar loca, sería mejor no decir nada de esta aventura. Había momentos que me quedaba dormida, pero los ruidos del monte me despertaban y, no lo niego, me asustaban un poco. Supongo que miré mil veces el reloj hasta que empezó a amanecer.

Cuando salí del coche reconocí que estaba en un lugar precioso, con más montañas al fondo y un cielo de un tono entre anaranjado y rojo que anunciaba un buen día. Respiré hondo y miré el camino, lo examiné a fondo, me pareció difícil que yo sola pudiera sacar el coche de allí, a la luz del día, me di cuenta que me había salido un poco del camino y sería difícil sacarlo sin una grúa. Así que no me iba a quedar más remedio que caminar con la esperanza de encontrar pronto a alguien o algún lugar con cobertura para el móvil.

Emprendí la marcha, por suerte ya era cuesta abajo, si no encontraba a nadie antes tendría que andar más de diez kilómetros hasta encontrar un pueblo. Llevaba ya andados algunos kilómetros cuando, a lo lejos, en el llano, vi a dos ciclistas. Grité con todas mis fuerzas, pero estaban demasiado lejos y no me escucharon. No quería salirme del camino por si me despistaba y luego no recordaba donde había dejado el coche. Según me iba acercando al llano por donde habían pasado los ciclistas, vi que había una estrecha carretera así que confié que pasara algún coche.

Todavía pasó más de una hora hasta que, para mi júbilo, apareció un coche a lo lejos. Me puse en mitad de la carretera con los brazos en alto, no estaba dispuesta a que pasara de largo. Paró. El conductor era un hombre de unos cuarenta años que viajaba solo, imagino su extrañeza al verme allí, embarrada, despeinada, con el rimmel corrido y con cara de susto.

-¿Qué le ha pasado?- me preguntó.

-Me he quedado atascada en el barro, arriba, en el monte. He pasado la noche en el coche y he empezado a caminar para intentar encontrar a alguien.

-¿Y cómo ha ido a parar al monte?

-Imprudencias, me dejé llevar por el Tomtom… ¿Es usted de por aquí?

-Sí, de Cinctorres.

-¡Qué suerte dentro de la mala suerte! Me alojo en el hotel El Faixero. ¿Me podría llevar hasta el pueblo para contratar una grúa que rescate mi coche?

-Por supuesto, vamos.

Una vez en el pueblo, mi rescatador me acompañó a un taller donde disponían de una grúa y, como le había explicado más o menos donde estaba el coche atascado, se ofreció a acompañarnos para indicar al mecánico el lugar. Y así se acaba la historia, me rescataron el coche, dije adiós a mis compañeras nocturnas, las vacas y ese día me lo tomé de descanso, invité a comer a mi salvador que, al ser del pueblo, era conocido de todos y mi aventura fue la comidilla de ese día y quizá de unos cuantos más.

Al día siguiente emprendí viaje hacia Morella, un pueblo precioso del Maestrazgo castellonés, pero ahora, más prudente, procurando no salirme de la ruta establecida…

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