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CRONICA DE HORROR by Sergio Nuñez

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Su rostro no reflejaba su estado de ánimo. En sus ojos, como ocurría a veces en algunas personas, no se leía emoción alguna. Permanecía siempre sentado en el último asiento del colectivo que recorría la ciudad, desde la periferia, hacia el centro. Juntaba las manos en su regazo y entrelazaba los dedos —como en actitud de rezo— pero apretándolos fuertemente, hasta dejarlos casi morados. Parecía tener frío o al menos, era la actitud que un observador podía advertir si lo miraba con atención. Apoyaba su hombro derecho y parte de su cara en la ventanilla del coche, mirando a través de ella, la ciudad que despertaba. De a ratos, levantaba apenas la vista para observar disimuladamente al resto del pasaje, especialmente a las mujeres. Cuando estas cruzaban su mirada con la de él, apartaba la vista. Era un hombre grande: medía casi dos metros y poseía una musculatura muy desarrollada. Quizás por el tipo de trabajo que realizaba. Era un trabajador de la construcción. Su ropa además lo denotaba. Vestía siempre un gastado overol gris, manchado en partes por cal, tierra, cemento; sus zapatones negros estaban gastados en partes, descascarados. Portaba una vieja mochila de tela, deshilachada y con una extraña esfinge dibujada en el centro, parecía un signo egipcio.

Durante el transcurso del viaje diario, algunos no reparaban demasiado en él. A otros, como a mí, les llamaba la atención. Su rostro de mandíbula cuadrada se reflejaba en el vidrio, frente pronunciada, cabello renegrido y cortado casi al ras. Ojos grandes y grises, la boca que semejaba un tajo rosado bajo la nariz tipo boxeador. Emanaba de aquel ser, algo así como una soledad tremenda. Una tristeza profunda. Tenía cierto halo de oscuridad rodeándole. No invitaba a entablar conversación con alguien semejante, pero yo quería hacerlo. Sentía que aquella persona podía encarnar perfectamente mi próximo personaje.

Nunca imaginé lo que ocurriría al intentarlo. Nadie lo imaginó. Hasta que se enteraron por las crónicas publicadas un año después, fruto de aquellas conversaciones. Crónicas que, releyéndolas hoy, develadas por un maldito siquiatra, todavía me dan miedo…

 

Febrero-Día 6.

«Han pasado cuatro días desde mi última víctima. Su cadáver, como pasó casi con los anteriores, abona los helechos del parque y engorda a los gusanos. Debo decir que no me costó mucho matarla, es más, su resistencia fue mínima. Empleé la sorpresa de una sonrisa y palabras galantes, comenzamos hablando de música y libros. ¿Quién no ha leído algo interesante o escuchado música una vez en su vida al menos? Esta siempre fue mi mejor fórmula. No soy un seductor, sé que solo inspiro lástima, pero esa es mi mejor arma. Pero si se rebelan o parecen darse cuenta de lo que sucederá, no tengo más remedio que golpearlas. Una, dos…tres veces. Las que sean necesarias y con lo que tenga a mano. Tras dos horas de tortura y llantos, alguna vez, una de mis víctimas me procuró mucho placer, pero al mismo tiempo, me hizo reflexionar acerca de esta obsesión. Había conseguido desmayarla y la traje hasta aquí. Atada y ahora extendida sobre mi mesa de trabajo, por así decirlo, no parecía un ser humano. Era sólo un cuerpo estremeciéndose, inundado de espanto. Alguien a quien toda su vida le quedaba detrás. Alguien que comenzaba a sentir que nunca más volvería a tener sueños o esperanzas. Parecía una víbora retorciéndose. Quejándose y llorando. Empapada en sudor. Y sangre. Sus ojos, espantados, luego de haber muerto, a veces me buscan en la noche.

            Sonrío. Mientras me miro al espejo manchado de la estación de servicio, con esta mueca que, según quienes me miran, es el vivo retrato del dolor o la tristeza. Puesto que las facciones en la parte izquierda de mi cara, parecen desencajarse al intentarlo. Llevo las señales eternas de un feo accidente cuando niño, esas cosas horribles que uno preferiría no recordar. Jamás. Pero las llevamos en el cuerpo, dentro y fuera, casi como la maldad. Una máscara nos puede ocultar a los ojos de quienes desfilan junto a nosotros por el carnaval mundano, pero también nos definen».

 

Febrero-Día 18.

            «Detrás de los árboles que parecen cantar, sacudidos por la brisa y la lluvia, la policía rebusca y seguramente van encontrar lo que buscan. Sus ojos nunca volverán a mirar lo prohibido y sus labios jamás volverán a pronunciar palabras de pecado. Porque lo que contamina al hombre no es lo que entra por su boca, sino lo que de ella sale. Padre lo decía siempre y ahora puedo comprobar que es cierto, totalmente cierto. Ya lo perdoné…Con el transcurso de los años, comprendí que el miedo y el respeto, son necesarios para la disciplina. El castigo físico también. ¿No es así, acaso, como los antiguos monjes se flagelaban para mantenerse enhiestos ante la oscuridad del mal? El dolor de la cruz y los clavos fue necesario para limpiar las almas».

 

Capítulo II

Anamarie llegó hasta el pequeño descampado cercano a la garita donde el colectivo paraba. Eran las veintidós horas aproximadamente, repasó mentalmente los próximos momentos que llevaría a cabo junto a Daniel —su pareja— y sonrió. Miraba alternativamente hacia el fondo de la calle por donde debería venir el último coche. Y ese sería su último gesto distraído antes de morir. La mole llegó caminando desde el otro extremo de la oscuridad y a medida que avanzaba, su figura se hacía nítida. Anamarie al principio sintió cierto resquemor y no quiso mirarlo, luego al ver que se acercaba, se dio cuenta que parecía un oso tímido e indefenso. Algo torpe al caminar. Cruzaron un par de preguntas acerca del horario de los colectivos y en solo dos segundos, él hizo una broma y ella río. Agachó su cabeza para reír y levantó su largo cabello coquetamente, cuando la mano callosa, dura como una tenaza, la agarró del cuello y levantándola en vilo, la llevó tras los arbustos a cinco metros detrás de la garita. Se oyó el sonido del follaje y un quejido. Luego algo así como una rama quebrándose. La mole salió de entre los arbustos, acomodó su ropa y su mochila en el hombro. Miró hacia todos lados y no percibió más que oscuridad cerrada. La leve llovizna ayudó a borrar las huellas del cuerpo arrastrado sobre la hierba, mientras la luna se escondía para siempre entre los densos nubarrones, como escapando del miedo. Estaban, a veinte metros de un viejo obrador de herramientas y maquinarias abandonado. Desde la garita, se encontraba oculto a los ojos de la gente, de los curiosos, inclusive de día no se lo divisaba bien y quienes conocían su existencia porque eran de la zona, nunca imaginaron para qué le servía a su ocasional morador.

 

Marzo Dia 13

            «Luego de leer algo en los matutinos, me siento más angustiado. No quiero fama, no busco notoriedad. ¿Es que no comprenden que no soy alguien en quien puedan confiar? Como decirles que detrás de esta cicatriz que me dio la vida, hay un monstro, ¿un ser despreciable que intenta llegar rápido al Infierno? Pueden preguntar por qué hago lo que hago, incluso pueden imaginar las más fantasiosas conjeturas, pero, aun así, no estarán ni cerca de saber la verdad. Mi verdad».

 

Puedo recordar ahora, la primera vez que entablamos conversación. Fingí estar desorientado, preguntándole una dirección inexistente. Estábamos camino a su refugio. Una barraca sucia y maloliente, escondida en los suburbios de la ciudad. Conocida y a la vez evitada por todos los que pasaban cerca del lugar. Fue parco en sus respuestas, sin embargo, a mí me parecía, insisto, un ser desesperadamente solitario, falto de afecto, necesitado de comprensión. Claro que luego se descubriría la dimensión de su locura, pero con el tiempo llegué a sentir cierta afinidad. Entendí esa locura. Hasta creo que llegué a recostar mi cabeza en la ventanilla del colectivo, como una burda imitación, mirando la ciudad como él lo hacía. Pareciendo distraído, pero atento a aquellas zorras que subían y me observaban a su vez. Yo sabía que mi cara era repugnante, que mis ojos parecían mansos y diabólicos al mismo tiempo. Padre me lo había advertido: «Los ojos de las mujeres son lascivos y tienen el sello del Demonio, su sexo te llevará a las infestadas aguas del pecado».

            Motivo suficiente para planear como convertirlas en mis próximas víctimas. Y dejar constancia de ello…

 

 

 

 

 

 

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