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Cóctel de jengibre, ginebra y champagne by Diana González

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Ella recién había llegado de la calle, dejó sus botas y su impermeable en el armario de la entrada, se puso sobre los hombros el abrigo de entrecasa y se acercó a la ventana, que daba a una ruta, una ruta flanqueada por un bosque entre rojo-amarillo que comenzaba a desnudarse.

Porque la vida se desnuda cuando recrudece.

Lo encontró particularmente bello, como si nunca antes lo hubiera visto. Pensó en todas esas cosas  a las que no había prestado atención antes de este día. Pensó en qué haría a partir de ahora, seguramente prestaría más atención se dijo, y suavemente se secó las mejillas con el dorso de la mano.

Lo escuchó entrar, le conocía los pasos, el ahora pausado caminar. Dejaría sus abrigos y sus botas en el armario de la entrada, como lo hacía ella y entraría a la casa con las pantuflas que allí guardaban. La vería mirando hacia afuera e iría directo hacia ella.

Cuando llegó a su lado la abrazó por la espalda, le besó el cabello y hundió su cara en su cuello.

Su mujer olía a incienso y especias, a campo de trigo. Su mujer olía a ella, y a veces a él.

Ella se acomodó en el abrazo conocido. Una especie de calma y desesperación le abatió su centro. Debía contarle.

Se quedaron así durante varios minutos, era su costumbre, prolongar los abrazos reparadores, hablar el lenguaje de los silencios compartidos.

Luego, como despertándose ella dio dos palmaditas sobre su mano y le dijo:

— Hora de la receta.

— Si mi señora, la voy a servir y preparar más. Fueron los dos hacia la cocina. Se entretuvieron exprimiendo limones, preparando la ponchera, metiendo todo en la nevera y sirviendo dos copas con la base  macerada en una botella, para luego cubrirla hasta el borde de rubio champagne. Hacían todo juntos y sincronizados, sin ponerse de acuerdo. Era una especie de danza natural, como el vuelo de las bandadas, uniforme, impensado, repentino e imantado.

Anochecía. Un cielo gris anunciaba una noche de tormenta y lluvia.

Le preocupaba él, le importaba él y seguir a su lado. Siempre el mismo sentimiento. Cualquier cosa, pero con él. Quizá el destino de alguna manera buscaba venganza. Quizá, por ser egoístamente felices.

El amor no se elige, nos elige. No se puede renunciar a él, y ser  el heroico y estoico ser que arremete hacia adelante, hacia el mañana preñado de nuestra  propia desventura. Cuando alguien se transforma en una razón de ser, no hay renuncia posible.

Cuando se conocieron se odiaron, o eso creyeron, recordaba ella en el preciso momento en que él giraba  hacia ella con las dos copas de champagne de su acostumbrada receta. Brindaron como de costumbre, por la vida sin remordimientos.

Ahora era fácil decirlo, pero ciertamente antes no lo había sido. Tuvieron que superar mil obstáculos, cambiaron de rumbo, nombres, país. Buscaron ser anónimos y lo consiguieron, el precio que pagaron fue estar distantes de todo, de todos. Sin familia, sin padres, hermanos, amigos, tíos o cuñados que los pudieran censurar,  acompañar, criticar, o asistir.

Habían pasado ya veinticinco años de aquel comienzo.

Comienzo de un amor amoral, reñido, culpable, contra el que lucharon hasta que no  pudieron luchar más y cayeron rendidos ante lo que no podían dejar de sentir.

Se miraron a los ojos y sin dudarlo él le dijo comprensivo

— Hay algo que no me cuentas. Y no entiendo por qué.

Ella le hizo un mohín.

— Me estoy poniendo vieja.

—  Oh, tienes ganas de decir tonterías. — Le dijo arreglando el cabello que se caía sobre su frente.

Recordó aquella otra vez, hacía ya mucho tiempo. Ella había huído de casa, era apenas una adolescente y su madre estaba desesperada.

Él, más desesperado aún, había salido a buscarla. La encontró bajo la lluvia a dos pueblos de distancia de donde estaba su casa, la casa de ambos, en un camino suplementario. Había bajado del auto, y se había aproximado a ella despacio, lo vió cuando estuvieron frente a frente, se miraron y él también le arregló el cabello que se caía sobre su frente.

— Y, ¿no me lo vas a contar?

La voz de él la trajo al presente.

Sonrió y se hundió en su pecho. Si fuera al revés no sabría qué hacer.

Después de aquel beso bajo la lluvia supieron que ya nada sería igual. Se culparon una y mil veces, pero sabían que ambos iban ineludiblemente uno hacia el otro, sin que nada ni nadie pudiera detener sus rutas. Y eso había pasado hacía ya, más de veinticinco años.

No se lo diría aquella noche.

No, esa noche harían el amor y dormirian abrazados, mirando como, por la ventana de su balcón se asomaba lentamente el invierno.

Ella lo fue dejando de hoy para mañana, de mañana para pasado. Y entre evasiones, comidas, paseos, charlas, películas, ya se le había pasado una semana.  No tenía el valor de contarle, no quería perder esa relajación y esa calidez en la que convivian a diario.

Lo supieron no bien subieron al avión para huir como fugitivos, prófugos, desertores, esa aventura los uniría, o los separaría para siempre de ellos mismos y de todos.

Fue duro empezar de cero, sin saber el idioma, sin trabajo. Pero estaban juntos.

Luego de una semana y media, haciéndose la distraída, mientras bebían su receta y leían, finalmente, ella preguntó

— ¿Tienes alumnos el jueves?

— Sabes que no.

— A veces le cambias los horarios.

— Es verdad, pero solo a Bryan y esta semana no me lo ha pedido.

— ¿Puedes venir conmigo al médico?

— Por supuesto señora mía. ¿Vamos en la camioneta?

— Por supuesto señor mío. Y a la vuelta comemos en aquel restaurante de la otra vez.

Y siguieron hablando de revisiones, horarios, comidas, mientras bebían su champagne de domingo.

Le fue dando la información con cuentagotas.

El lunes le contó que no se había sentido  muy bien cuando él había viajado a Glasgow con el colegio.

— ¿Y ahora me lo dices?

— Llegué a pensar que no te lo diría nunca.

— ¿Te has sentido mal?

— Si, creí que sería algo pasajero. Por eso he ido sola.

— ¿Tan mal te has sentido como para ir al médico sin avisarme?

— Por eso te aviso ahora, porque el jueves  me dan los resultados.

Él se alteró visiblemente, estaba molesto y se lo hizo saber.

— Si yo hubiera actuado así, ¿qué hubieras hecho?

Ella abrazándolo le contestó sincera.

— Te hubiera atravesado  el corazón con una espada.

Él la abrazó con más fuerza, la besó y hundió su cabeza en el cuello de ella. La luz del flexo repetía en la pared la sombra de ambos en el abrazo, eran una columna sólida y apretada.

Siempre se abrazaron así, igual que hacía más de veinticinco años en aquel hotel al que fueron con deseo, temor, urgencia, a cumplir con lo inevitable, la perfidia, lo sagrado.

Luego la vorágine de los días, los meses. Las abstenciones,   planear la huida, fingir la indiferencia, las discusiones, los enojos poco convencidos, contenerse, mentir.

Hasta después de irse nadie debía saber lo que en realidad ocurría. No lo tolerarían, los separarían, los dos quedarían marcados por la vergüenza,  para siempre.

 

Y llegó el jueves y fueron al médico, los análisis salieron mal. Comenzaron a sufrir entre la decisión de vivir paliando el infortunio hasta el último día,  o someterse a intervenciones que no auguraban ningún positivo resultado, o métodos poco experimentados para pacientes terminales.

Se amaron de todas las maneras posibles, hasta se odiaron de todas las maneras posibles.

Por ley natural el primero debía ser él, —pensaba mientras por las noches la abrazaba sin poder dormir. Ella fingía hacerlo y pensaba que haría lo que fuera, no estaba dispuesta  a dejarlo tan solo. Los dos lloraban en silencio.

Silencio de noche de nieve, de aislamiento gris. Silencio de abrazo apretado, de amor ávido, de distancia, silencio de champagne y jengibre.

Después del amor, la piel, el sexo,  los besos prolongados, sin saberlo, sin hablarlo, sin ponerse de acuerdo, los dos recuerdan el mismo día, el día que comenzó lo inevitable, lo que dio sentido a todo, lo que debía suceder.

Porque la verdad sucede, sin acuerdo ni premisas. La verdad sucede sin pedir permiso. Y ellos eran su propia verdad.

Como desde siempre, y de verdad,  estaban dispuestos a seguirse hasta el fin de los tiempos.

 

Aquel día, ella con dieciséis años, el uniforme y los libros abultando su espalda, volvió del colegio.

Él abrazado a  su madre esperando en la casa para hacer las presentaciones.

— ¿Crees que reaccionara bien?

— Es una adolescente, tiene la lengua y las ideas filosas, déjamelo a mí.

Entró a la casa por la puerta de atrás, dejó la mochila sobre la mesa de la cocina, estaba abriendo la heladera cuando su madre entró radiante, seguida de un hombre alto, atlético y con los ojos más expresivos y bellos que ella había visto nunca. Su madre sonriente, mientras ellos se miraban  como en un combate a muerte, y soltando aquella presentación larga y sentida, que ninguno de los dos escuchó.

— Esta es Marian. Hija, este es Emilio. Para que luego no digas que te has enterado por otros, él también es mi felicidad y  ocho años menor que yo. Es importante para mí que se conozcan,— y mirando a uno y a otro prosiguió. —Ella es mi única hija y él es el hombre con quien voy a empezar una nueva vida y a quien de ahora en más espero, trates como a tu verdadero padre. Quiero que ustedes se lleven bien, que seamos una familia, los dos son para mí…

 

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