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POR TODA LA ETERNIDAd by Conchi Ruiz

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En la pequeña estación de Berdía, a unos pocos kilómetros de Santiago de Compostela había unas cuantas personas paseando o pacientemente sentadas en los bancos, sólo tres, de madera. Al final y donde la pared de piedra iniciaba un recodo, se apoyaba una joven de unos 30 años. Su rostro reflejaba una disimulada ansiedad con la vista fija en la curva por donde había de aparecer el tren. Con movimientos inquietos jugueteaba con un pequeño bolso de mano. Miró su reloj y en ese mismo instante apareció el tren anunciándose con estruendo de máquina antigua. Todos los allí presentes se acercaron a las vías, la joven se quedó quieta en el quicio de una pequeña puerta que nunca se abría, desgastada de abandono ¿lo reconocería?

Besos, abrazos, gritos de niños alborotando todos los espacios de la estación, sus ojos fijos en la puerta de descenso de los viajeros, apenas unos diez o doce.

Suspiró profundamente e inició la vuelta a los tres escalones de madera que la separaban del camino.

  • Lucía.

La voz era suave, cálida, con un deje de ternura.

  • Miguel ¿eres tú? ¿has vuelto?

Alto y fuerte, con ojos de un color indefinido y el pelo negro peinado hacia atrás. Su altura la sobrepasaba en mucho. Lucía sintió sus manos en las suyas.

  • ¡Has vuelto! ¿te quedarás esta vez?

No hubo respuesta, Miguel dio la vuelta a las manos de Lucía y las acarició con sus labios ardientes y sintió que su cuerpo respondía una vez más a las caricias y al abrazo.

  • ¿Y tu equipaje?
  • Sabes que no lo necesito.
  • Lo había olvidado.
  • ¿Cómo están tus padres? creo que tu madre tiene algún problema serio ¿es cierto?
  • Desgraciadamente sí, le han detectado un cáncer de ovario. Haremos una pequeña fiesta antes de la intervención.
  • En septiembre, ¿no?
  • Al final del verano ¿cómo lo sabes?

Miguel sonrió abiertamente y tomando la cara de Lucía entre sus manos, la miró fijamente a los ojos, los suyos eran impenetrables, serios y sonrientes a la vez. Al acercar su cara a la de Lucía cambiaron de color. La besó en la frente y la tomó de la mano.

  • ¿Nos vamos?, nos hemos quedado solos.
  • ¡Oh, sí, es cierto!

El coche de Lucía estaba unos metros más allá y Miguel comprobó que no había sido pintado ni reparado desde hacía años. Desde la última vez que lo vio y él mismo lo dejó arreglado.

  • ¿Vamos a casa?, preguntó Lucía.
  • Más tarde, quisiera dar vueltas por la ciudad para reencontrarme con los recuerdos, ¿me dejas conducir?
  • Si claro, conoces este cacharro mejor que yo y me lo dejaste cuando…

Miguel puso dos dedos sobre sus labios y Lucía guardó silencio.

Una hora después, tomó un camino que ponía fin al bullicio de la ciudad y se abría un sendero de árboles majestuosos que acariciaban las luces y las sombras de un sol que lucía fuerte, pero, entre las hojas perdía fuerza, cohibido ante tanta inmensidad.

La carretera desapareció en un recodo y el camino de tierra crujía bajo las ruedas del coche. Miguel recordaba muy bien desde tantos años atrás ese traqueteo y pensó que posiblemente ésta sería la última oportunidad de sentir esa sensación. Observó a Lucía que miraba por la abierta ventanilla apoyando su brazo y la mano en la barbilla. Fue hermosa de niña, de adolescente y ahora en el pasar de los años, su belleza era serena y dulce, su mirada triste y alguna lágrima.

  • Lucía…
  • ¡Oh Miguel, no puedo evitarlo! ¿Qué tiempo estarás conmigo ahora?
  • No depende de mí cariño, pero no pensemos en eso. Estamos juntos de nuevo, no pensemos en el después. Sabes que te quiero igual o más y desde donde estoy puedo cuidarte.

Se hizo un silencio intenso y Miguel acarició suavemente la rodilla de Lucía que sintió que un estremecimiento recorría su cuerpo y una gran paz.

A lo lejos se perfilaba una casa en pleno campo, rodeada de árboles frutales, flores y plantas y pájaros en libertad. Él conocía muy bien esa casa desde años atrás, allí el amor de Lucía y Miguel aumentaba con los años, y de sus charlas en el columpio con sus confidencias y propósitos. Eran aún muy jóvenes, ella con dieciocho años y él con veintitrés y su carrera terminada, la arquitectura que fue su pasión desde pequeño.

 

La puerta de la casa se abrió y Julia, la madre de Lucía con su eterno delantal, estaba ante él.

  • Buenas tardes, ¿qué desea?
  • Buenas tardes. En la estación he visto un cartel indicando que alquilaban una habitación. Julia lo miró con sorpresa
  • ¿En la estación?, pero si todavía no lo hemos colocado en ninguna parte.
  • Pues creo que éste – Miguel sacó un cartón doblado de su bolsillo y lo desplegó.
  • ¡Si, si, es éste, pero no entiendo quien lo ha puesto con tanta rapidez! preguntaré a la familia.
  • No se preocupe, sólo quería saber si era aquí, Vengo por unos días de descanso y si es posible me quedaría, es un lugar ideal.
  • Bueno, entre en casa y hablamos, mi marido está viendo la TV y le atenderá.
  • Gracias señora.
  • Por cierto ¿para dormir o pensión completa?
  • Pensión completa.
  • ¿Y su equipaje?
  • Lo iré a recoger más tarde o mañana.
  • La habitación no es muy grande, espero que quepa todo en ella.
  • No se preocupe, seguro que será suficiente.
  • Suba conmigo, la verá y podrá descansar. En una hora estará preparada la comida y si le parece bien, se sienta a la mesa con nosotros.
  • Estaré encantado, gracias.

Sentado en la cama recorrió con la mirada la habitación, una mesita, una butaca y un armario empotrado, la ventana daba a la parte trasera a un jardín con una parra cargada de racimos de uvas de un intenso color morado tirando a negro, una caseta para los dos perros que correteaban entre los matorrales y que al verle no ladraron, sólo el movimiento de sus colas y sus miradas inquietas y alegres.

De cachorritos, Lucía y él jugaban con ellos y se revolcaban por el césped. Emocionado cerró la ventana y se recostó en la cama.

Desde abajo la voz de Julia, había envejecido mucho y el cáncer iba avanzando, aunque tozuda como lo fue siempre, no hablaba ni dejaba hablar de su enfermedad.

Beltrán también acusaba el paso de los años y sus canas cubrían su cabeza por completo. Su corazón dejaría pronto de latir. Sus miradas se cruzaron y con la bendición de los alimentos llegaron las preguntas de Julia, de donde venía, si conocía aquel lugar, cuándo llegaría el equipaje, que en el piso superior había un servicio completo que podía utilizar durante su estancia.

  • Mamá, por favor.
  • ¡Oh, disculpe señor…!
  • Llámeme por mi nombre, se lo agradecería y me puede tutear, me sentiría más cómodo.

Julia se fijó en que se había quitado el traje y llevaba unos vaqueros y camisa de manga corta. Un poco extrañada guardó silencio. Después de los postres, entre todos recogieron la mesa, Julia seguía en silencio.

  • ¿Damos un paseo Miguel? la tarde está tranquila y el sol no es muy fuerte y así vas conociendo los alrededores de la casa.
  • Perfecto Lucía, lo estaba deseando, gracias.

Ya en las escaleritas que llevaban al césped, fueron directamente al viejo roble donde estaba el rústico columpio que muchos años atrás él mismo había colocado y donde hablaban y reían desde niños. Sus manos se entrelazaron y Miguel le dio un beso en la frente.

  • ¿Te acuerdas cuando me empujabas fuerte y yo me asustaba? -comentó Lucía.
  • ¡No me voy a acordar! Lucía, no he olvidado ni un sólo segundo los momentos de nuestras vidas, todos.
  • ¿Por qué has tardado tantos años en volver?
  • Y no tenía que volver más. Mis misiones ya habían llegado a su fin, pero conseguí volver con condiciones un determinado tiempo o para siempre, pero tengo ya una cumplida. Tu madre nos traerá cuando regrese de la consulta una gran sorpresa y alegría.
  • Miguel, ¿qué has hecho?
  • Era mi deber Lucía.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Lucía “te necesito a mi lado” fue un murmullo.

  • Y yo a ti, te he querido siempre y te querré toda la eternidad.

La atrajo sobre su pecho y acarició sus cabellos suaves y lisos, también en sus ojos una luz de lágrimas era contenida.

Julia, después de comer, subió a la habitación de Miguel. Ya hacía más de un mes que estaba en la casa y el equipaje no llegaba. Abrió el armario y estaba vacío, todo como si nadie durmiera allí, la cama recogida y ni un solo objeto que pudiera pertenecerle. Le había pagado puntualmente dos meses. ¿Qué era aquello? ¿y la ropa para cambiarse? Sintió de pronto un escalofrío y cerrando la puerta salió de la casa para ir al médico y hablar de su operación. Los vio de lejos en el columpio. Él la tenía abrazada por los hombros y ella acurrucada en su pecho.

La noticia de la desaparición del cáncer de ovarios de Julia corrió como la pólvora por la pequeña ciudad. Nadie encontraba la explicación y el sacerdote de la pequeña iglesia dio su versión: ¡un milagro de Dios!

Esa tarde todos fueron a la ciudad a pasear y pasar un rato agradable, bien podría ser la celebración de la curación de Julia. Al volver a la casa ya de noche, Miguel se asomó a la ventana a esperar al amanecer. Lucía estaría dormida. sus almas seguirían comunicándose durante el tiempo que ella necesitara para tener una nueva vida, un nuevo amor y una familia, tener hijos porque él ya no volvería, sus oportunidades se habían cumplido y vendrían otros a cumplir las suyas incompletas. Amanecía ¿cuántos amaneceres había visto a lo largo de sus vidas? ¿cuántas veces había muerto? Ésta era la última porque la muerte no existe, sólo el tránsito a esa otra donde se puede ayudar a los que nos necesitan.

En su habitación Lucía dormía plácidamente y de pronto sintió un intenso calor en sus labios, estaba amaneciendo. Sus lágrimas eran dulces y tras la ventana creyó ver unas nubes ligeras y pálidas cruzar el cielo. Cerró los ojos y se refugió en el sueño. Sólo y en un murmullo apenas escapado de sus labios “¡adiós, espérame siempre!”

 

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