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La muerta Viva By Conchi Ruiz Mínguez

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Aunque Juan era arquitecto y sus obligaciones eran múltiples, nunca había vuelto al lugar donde nació,  lejos de Madrid y Barcelona donde habitualmente residía. Debía encontrarse en el Canal de la Mancha y solo pensarlo se estremecía, aquel lugar de un gran poder hasta la decadencia económica y que aún conservaba algo de ese período. Corría el año 1989 y se anunciaba la caída del muro de Berlín y la reunificación de Alemania, en esos momentos el tema de más importancia. Allí junto al río y viendo correr la nieve con la corriente, casi helado, verde y lleno de reflejos. Allí habían jugado juntos desde muy niños. Clara y él y había tirado piedras al río. Se pasaron la vida corriendo por el canal sintiendo una tierna inclinación; el tiempo los convertiría en dos extraños. ¿Volvían los sueños? Clara decía siempre que los hombres y mujeres debían tener un lugar y ellos habían elegido aquella parte. Ese era su lugar, decía que si no fijaban un sitio es porque no se conformaban con lo que tenían y eran; y que eran sus marras que los ataban al mundo.

El pueblo al que Juan regresaba estaba junto al río Sequillo, no entendía el nombre pues siempre llevaba agua y él se lo recorría como el agua, a los pies de Valladolid. Ahora volvía para visitar la tumba de su amiga.

El cementerio estaba cerrado y el empleado se ofreció para acompañarlo. Subieron al coche y recorrieron el camino de cipreses que sin viento, se mantenían erguidos e inmóviles como estacas. Los restos de Clara estaban en uno de los nichos junto a un alto muro, allí subían sin ser vistos para correr entre las tumbas, a los dos les gustaba la quietud de la muerte.

—He venido a verte—le dijo— Y, lamento no haberte traído flores para ponerlas en tu tumba, al lado de tu nombre. Le parecía extraño que su amiga estuviera allí en un espacio tan pequeño, ella nunca paraba quieta en ningún sitio, era nerviosa como los pájaros y los ratones. El frío era intenso pero Juan no lo sentía. Una racha de viento hizo volar las hojas de los árboles dispersas por el suelo. Clara se abrió paso entre ellas, arrastraba los pies como si nunca hubiera sabido andar.

—Has venido a verme. Estoy tan emocionada. ¿Sabes lo que hacía cuando estaba triste? Vertía harina sobre la mesa y pasaba la yema de los dedos. Me pasaba horas haciéndolo y a veces me la echaba por la garganta y el pelo, como hacíamos antes ¿Te acuerdas?

—Sí, tuvimos que ir a robarla, decías que no se podía comprar, que traía mala suerte. Corríamos y nos escondíamos en un portal y nos abrazábamos riendo como dos niños. ¡Éramos tan felices! He venido a pedirte perdón.

—No tengo nada que perdonarte.

—No debí dejarte que vinieras aquí, este pueblo te destruyó.

—No, en todos los sitios es igual, son los hombres los que se destruyen entre sí. Además, no se está tan mal aquí, no es tan distinto a como donde se reúnen los vivos.

—Aquí no cuentan los años, ni los días, ni las horas y voy conociendo muchas historias, hay muchos que tú conociste pero que no recuerdas, yo sí, están todos aquí.

—  Una racha de viento más fuerte hizo volar las hojas de los viejos árboles y envolvieron a Clara. Ya no estaba, se acercó al nicho y estaba intacto.

—………….

Juan estaba acodado en el mostrador de un bar después de bajar del cementerio. Santiago, su amigo de siempre le hablaba del pueblo y de la vida difícil. Juan apenas lo escuchaba.

— He venido a ver a Clara, a su tumba, aunque me diste la noticia hace tres años no he podido hacerlo antes, estoy muy ocupado.

— ¡Y qué más da!, no hubiera servido de nada, no se puede dar vida a los muertos.

— No, no se puede.

Y el silencio cayó sobre ellos como la sombra de un árbol. Al despedirse dio un abrazo a Santiago y al hacerlo le pareció escuchar un llanto que venía de otro tiempo, de un lugar desconocido donde alguien estaba sollozando. Al subir al coche perdió por un momento la conciencia, estaba ardiendo y la cara y las manos empapadas de sudor.

— ¿Estás bien?

Asintió y puso el motor en marcha. Lo último que vio fue un grupo de urracas posadas en una valla y avanzó hacia ella y empezó a contarlas tranquilamente. Después, nada.

 

……

 

Era extraño, pero una de las urracas estaba ahora encima de un armario y movía su pico como diciéndole: “No te va a ser fácil salir de aquí. Estás bien jodido, chaval”.

—Mira—oyó. Era Clara

— Son tres—le dijo con una sonrisa encantadora y habrá boda, lo dice la leyenda de las urracas.

Sabía que deliraba, que ardía en fiebre y ahora estaba en un pasillo muy largo y no quería seguir pero Clara tiraba de él. “Venga, no seas tonto”. Entraban en un cuarto y le mordía en los labios ardientes. “Estás loca”, pero ella seguía sin hacer caso.

Se acordó del congreso al que iba a asistir. Trató de incorporarse, pero no podía mantenerse en pie.

— No, no te puedes marchar. Lo he prohibido yo

Era Clara que volvía a estar junto a él. Alguien lo llamaba, Santiago.

—Juan ¿me oyes? Vaya susto, te fuiste contra la tapia y el coche quedó destrozado, no entiendo cómo estás vivo— y salió de la habitación.

— Clara— murmuró —no te vayas. Estaba llorando

Pero también ella tenía los ojos cuajados de lágrimas y no era la niña con la que había corrido en el canal, era la espigada y bella mujer que fue a buscarlo a Madrid a la Universidad

— ¿Se puede?, eran el médico y Santiago

— Calla, calla… —oyó susurrar a Clara— no les digas que estoy aquí.

Dijo el médico que se olvidara de la conferencia, tenía neumonía y por lo menos para más de una semana como mínimo. Las urracas estaban allí, eran tres, pero nadie las veía, solo él y Clara

— ¿Sigues ahí?

— Sí, claro, dónde iba a estar. Sólo hago que mirarte. Es una costumbre de los muertos. Espiar a los vivos. Os seguimos a todos lados y no nos cansamos de miraros. Es una pena hacer este descubrimiento cuando ya no hay remedio.

— Me dice Santiago que el coche ya está arreglado.

— ¿Te vas a ir?

— No, quiero quedarme. Me equivoqué en todo, al marcharme, al creer que te podría olvidar.

— Tienes que irte, es obligatorio.

— No podré vivir sin ti.

— Sí que podrás. Además no es bueno dormir con una muerta, muy pronto me daría por hacer cosas atroces. Sólo recuérdame como cuando éramos niños, te voy a dar un beso, sentirás frío, sólo un poco y márchate. Deja tus zapatos siempre a los pies de la cama, como esperando el regreso de alguien.

 

Las cortinas de la ventana hicieron un baile extraño y el silencio se hizo en la habitación.

 

Conchi Ruiz Mínguez

 

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