Hace poco Manuel Vicent dedicaba su columna de opinión en El País a la añoranza por las cerraduras de antes, con ese hueco perfecto para aplicar el ojo y atisbar lo que hay al otro lado de la puerta, sobre todo la habitación de los padres. El artículo me recordó otras emociones infantiles extintas, como esconderse bajo los faldones de la mesa camilla, la cuenta atrás para que empezara el único programa infantil de la tele o el capítulo semanal de una serie, leer tebeos sentada en la acera de la calle… No pretendo en absoluto reivindicar un pasado que incluía la posibilidad legal de maltratar a los niños por parte de padres y profesores, la de romperse la crisma (no se usaban cascos) o la de convertirse tempranamente en un consumidor de alcohol y/o tabaco. No me cabe duda de que la educación, el trato y el respeto a los niños han dado un paso adelante propio del gigante con las botas de siete leguas, como tampoco de que los niños de hoy siguen teniendo a su disposición multitud de pequeños placeres: volar cometas, pisar charcos, perseguir mariposas, saltar sobre las hojas secas, leer o escuchar un cuento… Tampoco, como adulta, echo de menos una sociedad descarnadamente machista, controladora y fundamentalista, pero sí algunas cosas que han perecido por el uso frenético de los móviles.
Si –como las magdalenas de Proust- muchas personas se retrotraen a lo mejor de su infancia a través de los olores, yo lo hago a través de los sonidos. Echo de menos, por ejemplo, oír cantar a las mujeres mientras hacían las tareas domésticas –yo aún lo hago-, a los jóvenes en los bares, a paseantes sin auriculares que tararean una canción… y, sobre todo, a la gente –entre la que también me incluyo- que silbaba por la calle. No, claro, no me refiero a los machos alfa que silbaban a las chicas para llamar su atención y colocarles algún comentario sobre su aspecto, sino a quienes, consciente o inconscientemente, manifestábamos el placer de vivir ese momento preciso silbando una melodía. “¿No te daba vergüenza?”, me pregunta quien no tiene ningún reparo en mantener en voz alta una conversación telefónica personal cuando camina por la calle, como hace la mayoría de las personas con las que me cruzo.

Recuerdo una de las noches de insomnio más tristes de mi vida observando la luna desde mi balcón, en la que, de pronto, un barrendero pasó silbando una canción y su despreocupada alegría me conmovió y consoló mejor que un psicólogo. También recuerdo la risa que me provocó mi pareja, a quien había conocido recientemente, cuando me dijo que el primer concierto al que había ido era de Kurt Savoy, “El rey del silbido”. Como entonces no existía Internet para hacer las comprobaciones precisas, me pareció improbable que existiera tal personaje, pero sí, aunque en realidad se llame Francisco Rodríguez Muñoz. Mi pareja era muy de silbar –sobre todo las interpretaciones estelares del supradicho Rey del Silbido, que eran las melodías de Ennio Morricone para las películas del Oeste-, e hizo grandes e infructuosos esfuerzos por enseñarme a emitir esos potentes silbidos de cabrero que se hacen poniendo dos dedos en la boca o doblando el labio inferior. De hecho, recuerdo que cuando aprendí a silbar de pequeña ya supuso un desafío comparable a saltar a la comba o montar en bici, por más que a Lauren Bacall le pareciera tan fácil; ya saben: “Sólo junta tus labios y sopla”.
Después, descubrí que, además de poder silbar cualquier canción, algunas de mis favoritas incluían esa forma elemental de música –como “Don’t worry, be happy” de Bobby McFerrin, “Golden years” de David Bowie, “Winds of change” de Scorpions, “The dock of the bay” de Otis Redding, “The stranger” de Billy Joel, “Jealous guy” de Lennon…- y más tarde solía acompañar el camino al cole de mis niñas cantando el “Silvando a trabajar” de Blancanieves; y he de decir que esa cancioncilla quizá contenía en su letra la clave del gozo que produce silbar: “Cualquier quehacer es un placer si se hace sin pensar”. De hecho, silbar por la calle creo que, en el fondo, es la celebración de un acto tan automático como caminar. Pensándolo bien, quizá fue la forma con la que los primeros homínidos mostraron su alegría y orgullo por ser capaces de desplazarse con sólo dos patas. Al fin y al cabo, aunque se desconoce –lógicamente- cuando empezamos a silbar, se conserva un silbato egipcio de hace más de tres mil años y perviven algunas lenguas, también antiquísimas, a base de silbidos: en La Gomera, en el Himalaya y casi un centenar más de grupos humanos.

Pero yo reivindico silbar, sobre todo, porque es algo que nos une a los pájaros y al viento, es decir, a la naturaleza. Y voy más allá: gracias a la antena de Jansky, sabemos que el cosmos suena como un débil silbido, el que nos envía el agujero negro supermasivo que habita el centro de nuestra galaxia, de modo que también nos une al universo.
Esther Bajo
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