by Ulises Fuente Publicado en La razón
La escritora narra en primera persona la enfermedad y muerte de Paul Auster, su marido, y los recuerdos de una vida juntos
Jerga médica, balbuceos infantiles, escenas de sufrimiento doméstico, recuerdos familiares, textos de ficción y episodios históricos se revuelven, como ensoñaciones, en el testimonio de los últimos años de la vida de la escritora Siri Hustvedt (Minnesota, 1955). Hace poco más de dos años que falleció, tras 15 meses de tratamiento contra el cáncer de pulmón, su marido, el escritor y Premio Príncipe de Asturias Paul Auster. Sus últimos tiempos y especialmente su enorme ausencia forman parte de la materia prima literaria de «Historias de fantasmas» (Seix Barral), un libro en el que lidia con el abismo y con el que, sobre todo, continúa la conversación con su marido –o con su espíritu– y lo que vivieron juntos. «Nos sucedieron cosas horribles, pero nunca nos destruyeron», relata en un encuentro con la Prensa en Madrid la escritora estadounidense.
Los recuerdos de Hustvedt comienzan presos de la «fragmentación cognitiva», una especie de pensamientos secos, dolorosos y afilados marcados por el imparable desenlace del cáncer. Incorpora sus mensajes desde «Cancerlandia», el lugar imaginario en el que habita la pareja desde la llegada de la enfermedad y con los que informa a los amigos más cercanos de los avances en el tratamiento. Correos electrónicos que se alternan con balbuceos que se enfrentan a lo inasible: una vida que se desvanece. Hustvedt incorpora material íntimo y familiar, como las cartas que Auster escribió –solo pudo culminar siete breves misivas– a su nieto recién nacido, Miles. Cartas en las que le explica, con ternura, quiénes eran sus antepasados. «De alguna manera, creo que con el libro sí se completa el proyecto de Paul. También me permitía incluir su voz en libro, darle una estructura corpórea», dice la escritora, que llegó a convivir con el fantasma de su marido, a oler el humo del cigarro que hacía años que no fumaba, en su propia casa. «La gente me mira con cara rara y me pregunta: ‘‘¿Pero crees en fantasmas?’’. Y lo que yo digo es que sobre estas experiencias alucinatorias existe literatura científica y fenomenológica muy bien documentada. Cuando no hay estímulos que entren desde el exterior, como Freud decía, producimos sueños. Porque los sueños nos protegen. Y si pones a alguien perfectamente normal en una situación de privación sensorial –se han hecho muchos experimentos al respecto–, después de unos minutos empezará a soñar. En mi percepción del mundo, durante 43 años, estaba Paul. Y de la noche a la mañana se fue. Mi pensamiento sabía que estaba muerto, pero había una parte

inconsciente, de mi sistema nervioso, muy sensible a que se le prive de algo y que se inclina a crear, a inventar, lo que falta», explica como parte de un sistema teórico más grande. «Esta es una posición filosófica en la que he estado trabajando: en la zona intermedia, eso que hay entre dos personas, la ‘‘y’’ entre Siri y Paul. Qué sucede cuando lo que estaba entre nosotros, de repente, ha desaparecido».
En el libro no se evitan los sucesos terribles, como el asesinato del abuelo de Auster a manos de su abuela en 1919. O el trágico final de Daniel, el primer hijo del escritor, de una relación anterior a la de Hustvedt, que se suicidó después de que su bebé de 10 meses falleciera al consumir las drogas a las que era adicto. «Hablar de Paul sin hacerlo de mi hijastro es imposible. Sería un fraude. Además, aquellos hechos se publicaron en todo el mundo. Pero hay partes de esa historia que no me pertenecen, que afectan a terceras personas. La muerte de Ruby y la negligencia de Daniel nunca la superamos, pero aprendimos a mirar a aquellos hechos a los ojos, a no intentar suavizarlo, sino entender que esa realidad tan truculenta es parte de la vida y que convive con una ternura y un amor inmensos que Paul y yo teníamos y a lo que nos aferramos hasta el día de su muerte», dice Hustvedt.
El terrible trance de la muerte de Auster ha cambiado en parte la relación de la escritora con su propia mortalidad. «Diría que sí. Creo que ver a Paul morir en mis brazos fue algo muy profundo. Más que perder a mis padres, claro, que al fin y al cabo eran parte de una generación anterior. No estoy segura de qué ha cambiado en mí, en qué soy distinta, pero me siento más cerca de la muerte. No me quiero morir –levanta las palmas de las manos–, pero puede ser que tenga menos miedo. Tampoco creo que vaya a saberlo hasta que la tenga enfrente. Si la muerte llega sabiendo que viene me gustaría creer que tendré la valentía que él tuvo».
Un gobierno protofascista
Hay fantasmas personales, íntimos, y hay fantasmas que nos acechan como colectivo, como el auge de la intolerancia y las ideas antidemocráticas. ¿Por qué la gente vota a favor de esos fantasmas que sabemos a dónde nos conducen? “Parte de ello es una amnesia histórica e ignorancia. Yo he identificado que el gobierno de mi país es protofascista. Resulta que una república democrática no tiene protección para no convertirse en un gobierno antidemocrático y eso es lo que sucedió en las últimas elecciones. Muy pocas personas desde la izquierda dijeron que fueron ilegítimas. 77 millones de personas votaron por un fascismo retórico muy poco disfrazado. Estos ecos históricos son tan evidentes que no importa lo ignorante que pueda ser el presidente actual. El lenguaje, los discursos, hablan mucho de su admiración por los generales nazis”. La dinámica es vieja: “Eres un blanco que se siente muy mal y alguien te dice: »ellos tienen la culpa». Y todo lo vuelcas en ellos, haces el exorcismo de la negatividad en ellos, y en la historia el mecanismo ha sido siempre el mismo. Se repite. Los judíos causan la plaga, vamos a quemar a las brujas, los musulmanes son lols culpables, o… ellos son los malos, nosotros somos personas maravillosas, puras, de dios”.
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