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El accidente by Mel Gómez

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Este texto de Mel Gómez forma parte del libro Habitación 64 que escriben 15 escritores y será publicado por Editorial Fleming en enero de 2020

 

El último recuerdo que tengo es haberme subido con Aníbal en su moto. Él traía mucha rabia. Estaba celoso porque me había visto hablar con un ex novio en el pub. Me tomó del brazo para sacarme de allí, casi a rastras. Me gritó en el aparcadero cosas muy feas, como un energúmeno. Nunca le había dado razones para que se encelara. Solo hablaba con mi ex porque lo encontré allí por casualidad. ¿Qué se suponía que hiciera? Ignorarlo, —eso dijo. Preferí quedarme callada, no argumentar, era lo mejor. Si le contestaba las cosas se ponían peor. Ya lo había aprendido hace mucho, así es que preferí callar y subir a la moto cuando me lo ordenó. Iba tan acelerado que me daba miedo. No le dije, pero no sé si sentía cuando apretaba las piernas contra sus caderas y lo rodeaba con firmeza con mi cabeza recostada en su espalda. Llevaba los ojos cerrados y los cabellos revueltos. El viento recio, la velocidad y unos tragos no eran buena combinación. Pensaba en lo que pasaría si nos caíamos, pero no dije nada. Estaba tan molesto. Me acordé de mi madre.

 

—Alisa —escuché su voz—, hija por favor, vuelve —Su llanto ahogado me desesperaba. Claro que quería responderle, pero no podía.

—¿Esta es la habitación 64? —preguntó una voz desconocida.

—Sí, esta es —respondió mi madre.

—Vengo a traer estas flores para la señorita —dijo el desconocido—. ¿Dónde las coloco?

—Ahí sobre la mesa están bien. Deja ver quién las envía. ¡Ah! Son del exnovio de Alisa. Ese muchacho siempre se quedó pendiente de ella… El pobre.

—No me digas que hasta aquí sigue persiguiéndote —escuché la voz autoritaria de Aníbal—. Nadie se ha dado cuenta de que esto ya está terminado.

Decidí no contestar, no discutir como siempre. Era inútil. Nunca entendía. A veces me preguntaba por qué me hice su novia. No teníamos nada en común. Solo sexo, éramos muy compatibles en ello, pero amor, al menos de su parte no había. Me sometía a su control absoluto, a sus antojos. Hice tantas cosas por mantenerlo contento, porque yo sí lo amaba.  Hasta acepté compartir la cama con otra mujer solo porque él tenía esa fantasía. Me sentí asqueada, violada, no  respetada, pero aún así, seguí con él. Había tomado videos de nosotros y me aterraba que en uno de sus arranques los subiera a la red.

Para él las cosas eran distintas. Era como si no tuviera ningún compromiso. Podía subir a cualquier chica a la moto, llegar a la hora que quisiera y muchas veces me dejó plantada. Decía que me portaba como una celosa histérica, una niña consentida a quien le habían dado todo en bandeja de plata. Pero yo sufría y no me atrevía a contarle a nadie. Sabía que me iban a salir con el ciclo del maltrato y ya estaba apestada de esa propaganda. Yo pienso que la mujer debe complacer a su hombre, para eso es el amor.

—Hola amor —saludaba mi padre a mamá con un beso—, ¿cómo sigue la niña? —lo escuché preguntar.

—Igual…

—¿Ya pasó el doctor?

—Esta mañana, pero no ha venido más.

—¿Y esas flores?

—Las envió el exnovio de Alisa. ¿Te acuerdas?

—Sí, buen muchacho. Que pena que no se quedara con él.

—Otra vez con el tema del exnovio —gritó Aníbal—. ¿Ustedes no se cansan de hablar de ese bueno para nada?

—No le hables así a mis padres.

—¡Ah! Por fin se te escucha.

—No me gusta que hables mal de mis padres.

—No te das cuenta de que son ellos los que hablan mal de mí, o qué crees que quieren decir con «tan buen muchacho», «que pena que no se quedara con él» y demás. Que no piensan que soy lo suficientemente bueno para ti.

—Ellos solo se preocupan por mí, Aníbal.

—Ellos solo se preocupan por mí, Aníbal —se mofó.

—Quiero descansar, ¿por qué entra y sale tanta gente? Los escucho hablando de mi todo el tiempo.

—Y de lo mal que te ves también…

—¿Me veo mal?

—Ni te digo.

—¿Qué pasó? ¿Cuándo podré salir de aquí?

—Tuvimos un accidente en la 410. Nos subieron a la ambulancia y nos trajeron a este hospital. Desde entonces estamos en esta habitación. ¿No sientes frío?

—Sí, un poco. Quiero salir de aquí.

—Hmmm… No creo que lo hagas en mucho tiempo. Pareces una liana con muchas agujas enterradas en tus brazos y cables por la cabeza y el pecho. Tienes el hueso de la nariz roto, el cráneo de tu lado izquierdo hundido, estás llena de abrasiones y cardenales. Te raparon la cabeza. Allá va tu padre a encender la tele. No puede vivir sin el fútbol. Ni siquiera aquí.

—No enciendas la tele, por favor —dijo mamá.

—Al menos tu madre tiene tacto.

—Que mucho criticas a mis padres.

—Es que a quién se le ocurre encender un juego de fútbol en el cuarto del hospital. ¡Esto es cuidados intensivos, señor! —gritó de nuevo.

—Pero tú, ¿por qué gritas?

—Porque no aguanto a tu padre… me recuerda al mío.

—¿Cómo que te recuerda al tuyo? Me has dicho que tu padre abusa de tu madre, tu hermana y hasta de ti.

—Por eso mismo, porque me recuerda que el mío me hacía todas esas cosas.

—¿Te da envidia que el mío sea diferente?

—En cierto modo, sí. ¿Tienes frío?

—Ya me lo preguntaste.

—Te pregunto de nuevo…

—Sí, tengo y quiero irme.

—Dame un lado, me acuesto contigo y lo sientes menos. Luego nos iremos.

—Te van a regañar.

—No te preocupes, están todos entretenidos hablando entre sí.

—Cuando salgamos del hospital, ¿puedes prometerme que vamos a tratar de ser diferentes?

 

Mis padres se pusieron de pie para ir a la cafetería.

—Ya venimos, hija —se despidió mi madre.

La pobre había estado todo el día acompañándome. Estaba cansada y creo que hambrienta. Salieron de la habitación 64, con el corazón apretado. Caminaron lentamente hasta llegar a su destino, ella pidió una ensalada ligera, él un emparedado. Se sentaron en silencio, cabizbajos. Temerosos de pronunciar la palabra que daba vueltas en sus pensamientos. La muerte. Enigmático suceso, sobre todo para los padres que no deben enterrar a los hijos. Por un momento se miraron a los ojos, como la primera vez. Se conocían tan bien que no hacía falta decir nada.

—¿Saldremos de esta? —al fin se atrevió a decir mamá.

—Ni lo pienses, claro que sí. Como hemos salido de tantas otras —respondió mi padre no muy convencido.

Siguieron comiendo despacio dejando casi la totalidad de los alimentos en el plato, apenas podían tragar. Decidieron regresar por el mismo camino, aquel pasillo blanco y lúgubre que parecía no acabar. Llevaban meses recorriéndolo sin que le dieran esperanzas, ninguna señal de mejoría. —Todo igual— según la eterna respuesta del médico quien jamás los miraba a los ojos.

 

—Aquí estamos, hija —anunció mamá como si no los sintiera llegar—. No hemos tardado mucho, ¿verdad?

—No madre, preferiría que no volvieran.

—¿De verdad quieres que no vuelvan más?

—Esto es una tortura para ellos, ¿no crees?

—A mí ni me visitan… ¿Qué me van a visitar? Mamá y mi hermana deben estar soportando las borracheras de mi padre. Tampoco tendrán dinero para la transportación. ¿Qué habrá pasado con la moto? ¿Quién la habrá recogido? Seguro mi maldito padre para hacer dinero con ella y comprar licor.

Me senté en la cama. Miré las flores que me había enviado mi exnovio. Estaban muy bonitas, pero no quise acercármeles para que a Aníbal no le fuera a molestar. Era lo último que quería. Vi a mis padres sentados en sendas butacas, se me antojó darles un beso. Intenté levantarme, pero me sentía muy pesada. Como si algo tirara de mí me halara.

 

—Buenas noches —dijo una voz de niño desconocido.

—¿Te conozco? —respondí.

—Pues no, pero llevo varios años aquí, tuve un accidente, un coche me arrolló. ¿Qué año es?

—Es el dos mil diecinueve, tonto —dijo Aníbal.

—Oye, no le hables así, es solo un niño.

—Lo mío fue en el mil novecientos cincuenta y cuatro. Estoy esperando que me vengan a buscar, pero parece que se olvidaron de mí. Al menos tienes a tu novio contigo.

—¿Y por qué no te han venido a buscar?

—No lo sé. Pero es mejor así. A veces viene una mujer vestida de negro en un carruaje y no sé, da miedo porque cuando se van las personas con ella ríe a carcajadas. Así es que prefiero quedarme en la 64, por lo menos entran y salen personas como tú, digo, que tienen familia y es bueno recibir visitas.

—Pero lloran mucho, ¿no te parece? —intervino Aníbal.

—Es cierto, pero se nota que la aman y no me molesta escucharlos llorar. Ya me acostumbré. Vienen muchos aquí y siempre es lo mismo. Lloran mucho, los visitan, luego se quedan para siempre.

 

Se escuchó la puerta de la habitación abrirse. El médico se asomó tímidamente.

—¡Ah! Vino a verte el doctor. Raro a estas horas —dijo Aníbal.

—¿Tu crees? —pregunté esperanzada.

—Siempre viene por la mañana. Y cuando viene es para decidir cuándo va desconectar a los pacientes. ¿Sabes? Sale muy caro tenerte aquí.

—Entonces saldré pronto. Quiero volver a pasear en la moto.

—¿No que te daba miedo?

—Pues sí, cuando te da coraje y aceleras como loco.

—Entonces estás decidida a quedarte conmigo. ¿No vas a volver con tu ex?

—¿De dónde sacas eso? No me interesa él hace tiempo.

—Pues esto se está poniendo bueno…—Aníbal hizo silencio para escuchar lo que habla el doctor con mis padres.

 

—Pero doctor, si la desconecta, ¿sobrevivirá?

—No sabemos, señora. Tal vez si respira por sí misma.

—Y eso, ¿qué es? ¿Qué no hay esperanzas?

—No, señora. Lo que digo es que si respira por sí misma podría sobrevivir, aunque no sabemos en qué estado quedará. Hemos tratado todo lo posible, pero no hay nada más que podamos hacer mientras esté en coma.  En la mañana vendrán a desconectarla.

—Ay, pobre mi niña —lloró mi madre.

Hice un esfuerzo y me levanté de la cama. Me acerqué a mi madre. Respiré profundo. Qué agradable era su olor.

—Siento a Alisa muy cerca —le dijo a papá.

—Claro. Está ahí, al lado tuyo en la cama.

—No, es como si me estuviera abrazando.

—Te estás imaginando cosas, amor. Estás muy cansada. ¿No crees que debemos ir a la casa y descansar para llegar temprano antes de que la desconecten?

—No, yo quiero irme de aquí contigo, mamita —grité.

—¿Por qué, amor? ¿No quieres quedarte conmigo? —me reclamó Aníbal.

—Ya no sé si quiero estar contigo, no aquí.

—No es tan malo —dijo el niño.

—Es tal vez la última noche que pase con mi hija —contestó mi madre—. No me iré.

—No me dejes sola —repetí.

—Pero por qué no quieres quedarte conmigo en la 64, no estás sola. Además, es divertida.

—Quiero estar con mis padres, siento miedo.

—¿Sientes frío?

—¡No me preguntes más! ¡Vete! ¡Aléjate de mí!

 

En la mañana mi padre llegó muy temprano. Todavía era de noche en el aparcadero. Caminó por el frío, blanco y lúgubre pasillo que lo llevaba a aquel mundo entre la vida y la muerte en el que estuve suspendida todos estos meses. Entró sin hacer ruido en la habitación 64. Se había repetido ese número no sé cuántas veces, hasta lo había jugado en la lotería a ver si su suerte cambiaba. Lo único que sabía era que ya no quería estar más allí, fuera cual fuera el resultado. Miró a mamá dormida, su belleza había desaparecido como si hubiese envejecido mil años desde el maldito accidente. Pasó suavemente su mano por su cabello y ella abrió los ojos negros, inmensos, profundos, apagados de tanto llorar.

—Buenos días, cariño. Gracias por llegar temprano.

—Te traje café y unas galletas.

—Gracias. Me vendrán bien —la escuché decirle.

—Buenos días, papá. ¿Verdad que no me dejarás aquí? —saludé.

—¿Sigues con la idea de irte? —me preguntó Aníbal—. No te dejaré ir tan fácil.

—Pero, ¿por qué? Quiero irme con mis padres.

—Ya viene el médico y las enfermeras y te van a desconectar. No te dejaré ir. No te dejaré respirar.

—¿Qué ganas con eso? Quiero irme… Papá, mamá, no me dejen aquí. Tengo frío…

 

Tocaron a la puerta. Efectivamente era el personal médico que por instrucciones del doctor comenzaron a desconectarme del respirador. El tiempo se detuvo. Todos miraban los monitores, unos esperanzados; otros esperando que todo terminara para seguir con sus tareas del día.

—No te dejaré ir, ¿ves? No puedes respirar —gritó Aníbal alegre de que no ocurriese nada.

—Quédate con nosotros, por favor —decía el niño suplicante.

—Dije que no quiero estar aquí, ¡volveré con mis padres!

Hice un esfuerzo e inhalé profundamente por la boca, me estremecí arqueando mi espalda, abrí los ojos y los monitores comenzaron a funcionar marcando signos vitales normales. Parecía que había vencido la muerte. Llamaron al médico quien se quedó maravillado, me examinó determinando que no necesitaba estar más tiempo allí. Mis padres no dejaban de dar gracias a Dios por el milagro de mi regreso.

Ese mismo día salí de la habitación 64 con la sensación de que había pasado un siglo allí adentro. Mientras mi padre empujaba el sillón de ruedas, miré hacia atrás y el niño me decía adiós con una expresión muy triste. A lo lejos vi una mujer vestida de negro en un carruaje en el que llevaba a Aníbal. Tan pronto echó andar empezó a reír a carcajadas.

14 replies »

  1. ¡ Que buen final para una historia en la que parecía que el buen final era imposible!
    Me quedé pegada leyendo, en suspense, ¡ que bien que por una vez los buenos ganen, los malos tengan lo que se merecen!, aunque solo sea por una vez.
    Eres maravillosa con tus letras. Ya lo sabes, ¿verdad?
    Un placer leerte, mi corazón lejano.
    Besos.

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