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ALMAS by Pedro Mtz. de Lahidalga

 Link al blog el Mono calvo

Si no tuviéramos alma, la música nos la hubiera creado” (Emil Cioran)

 En un relato de Italo Calvino uno de sus personajes, en su habitual paseo por el acantilado, observa cómo una mano asoma por cierta ventana de la vieja cárcel, hacia el mar. Ese hecho banal lo llega a interpretar, no como una llamada del preso hacia su persona sino como una señal que venía de la piedra, como si la mano hubiese salido de la fortaleza para advertirle de que la sustancia de la roca era común a la suya propia y que por ello algo de lo que constituye su persona perduraría, no se perdería con el fin del mundo. Inferido el hecho como un presagio, el personaje conjetura con que todavía sería posible una comunicación en el desierto carente de vida, carente de mi vida y de todo recuerdo mío.

 Partiendo de esa imagen tan sugerente me ha parecido de interés proponer una reflexión de lo que hoy se entiende por alma (como principio abstracto de la vida) una vez excedido su sentido o significado espiritual e inmortal. Ese constructo del cerebro que algunos llaman alma, no existe (sería la materia última e inmutable del cosmos, la misma en las piedras como en los berberechos, esas partículas elementales en las que muchos humanos han querido ver alguna forma de eternidad) o bien solo existe como hipotética entidad establecida en su propio vacío. La RAE, en una de sus acepciones, la describe lúcidamente como hueco o parte vana de algunas cosas, quedando para mí como la más atinada de sus definiciones. Dicho poéticamente: el alma es el hueco del cuerpo, el cuerpo es la repleción (el colmo) del alma.

 Soy consciente de que si eliminamos la palabra alma del diccionario (aún en su connotación poética, como entidad inmaterial) nos cargamos casi todas las culturas, media historia de la literatura y otro tanto de la filosofía, así como prácticamente toda la teología, por lo que voy a ser especialmente cuidadoso a la hora de destripar el concepto para intentar salvar, al menos, la literatura. En este sentido, pensemos lo que pensemos, el vocablo alma continuará proyectándose durante mucho tiempo como voz de referencia de todo lo que somos y hacemos: sentir, pensar, querer, recordar, olvidar, crear, amar…

 La gran ventaja de la filosofía, no digamos ya la teología, es que no necesitan demostrar sus postulados para incorporar en ellos cualquier ensoñación, siempre que estén debidamente aderezados retóricamente, ya que el ser humano consciente de su insoportable levedad ha mantenido secularmente su disposición a aceptar cualquier quimera siempre que cumpla con una condición: que contenga alguna idea de eternidad. En la historia de la filosofía la inmortalidad del alma, dentro de la dualidad cuerpo-alma, no pasó ningún apuro hasta la llegada del empirismo en el siglo XVIII, en el que Hume dejó vinculado indisolublemente el destino del alma con el del cuerpo, concluyendo que cuando muere el cuerpo muere también el alma. Nietzsche a finales del XIX, siguiendo su conspicua exposición de antonimias, va más allá en relación con ese dualismo platónico y desbarata esta concepción, no es ya que invierta sus posiciones, sino que establece una ruptura radical cuando manifiesta que el “alma es solo una palabra para designar algo en el cuerpo”. El ser se correspondería con el cuerpo, ya que el alma deviene como una partícula del mismo, nombrada arbitrariamente como tal pero sin responder al esquema metafísico. Luego vendrían los existencialistas, fenomenológicos, post-estructuralistas, posmodernos… y por ahí todo seguido, hasta hoy.

 Si atendemos a la teología, podemos advertir que las religiones monoteístas, en la tradición judeo-cristiana tardía (luego llegaría el islam, innovando) dan por sentada la existencia de un alma infundida por un Creador que en la muerte es devuelta al cielo a través de dos ángeles. Esta imagen me confirma en lo que le oí decir en numerosas ocasiones a mi madre (q.e.p.d.) de que aquí el que no se consuela es porque no quiere. Otras concepciones orientales como el budismo manejan claves de una mayor sutileza y niegan su existencia, definiéndose doctrinalmente como anätman (no alma o no Yo) dejando incluso sin explicación la sustancia en tanto que noumeno (absoluto).

 Como teníamos poco con lo del alma individual, como principio o sustancia del ser, para terminar de arreglarlo aparece una nueva locución en el lenguaje literario (ver el Diccionario Histórico de la Lengua Española editado por la RAE) que se extiende desde finales del siglo XIX (males del Romanticismo, cuna de todos los sentimentalismos violentos) hablando del alma de pueblos, naciones, regiones, razas y épocas añadiéndole el sintagma alma colectiva (!). Era lo que faltaba, un modismo que llegaría a encerrar perversos significantes y que terminaría generando efectos demoledores en nuestra reciente historia, muchos de los cuales se mantendrán (periódicamente revitalizados) hasta nuestros días.

 Un ejemplo paradigmático de pseudociencia poética lo encontramos en la figura del doctor Duncan MacDougall, quien en 1901 realizó el experimento de pesar con una báscula a seis pacientes inmediatamente antes y después de morir. Como los cadáveres pesaban un promedio de 21 gramos menos llegó a la conclusión que esa diferencia era el peso del alma humana, que acababa de abandonar el cuerpo. Hablando ya en serio, desde el punto de vista científico vivimos en la era de la neurociencia donde cerebro y mente son dos conceptos inseparables, los procesos físico-químicos que se dan en el cerebro precipitan las ideas y una idea recurrente entre los seres humanos es preguntarse si se mantiene algo después de la muerte. Aún dispuestos a admitir su carácter inevitable y la irreversible desconexión de nuestros átomos, nos cuesta entender que todo concluya ahí y nos preguntamos ¿la idea del yo es también material químico, puede así mismo desaparecer del cerebro?. Los neurólogos admiten que cuando observan a alguien que padece la enfermedad de Alzheimer u otro tipo de daño cerebral, el yo de esa persona desaparece, se destruye paulatinamente. No cabe pensar que el alma o el yo se vaya a otro lugar, como a través de una puerta, el yo simplemente se desintegra.

 Por mi parte, antes de que acabe esta primavera, en mi próximo paseo por la playa de Berria (Cantabria) voy a poner la máxima atención por si desde el penal de El Dueso la roca me envía una señal, en cuanto la reciba me acercaré a la Taberna Berto en Santoña para saborear una octavilla de anchoas masticándolas muy lentamente, como un acto místico, de forma que la memoria me permita interiorizar que las rocas, las anchoas y yo mismo compartimos idéntica sustancia. Ya por la tarde, de vuelta al apartamento, le haré el amor a mi mujer con toda la dulzura y después dormiré con la tranquilidad del que no requiere de alma (no digamos ya un alma colectiva) para soñar que ese día ha experimentado la inmortalidad

https://elmonocalvo.wordpress.com/

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