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NATURALEZA by Ricardo Martí Ruiz

Un nene muy lindo y pálido pasea por sí solito en un bosque monótono, propiedad de su familia. Los pinos que le rodean se mecen muy suave y unidos con el viento fresco norteño, como si estuvieran bailando un bolero sedado; tan serenos que hacen de vivir un verbo agradable, una tranquila realidad, como se supone que sea.

De la nada, un sapo sucio, verrugoso y vulgar que nadie invitaría a ningún sitio se aparece saltando, y arruina el momento mágico con su increíble fealdad. Aunque pequeño e insignificante, aun entre sapos, riega toda su mugre con cada salto que da, y pues, claro, ¿cómo no?, el nene decide que hay que detenerlo.       

En medio de un salto largo lo atrapa con la mano derecha y lo exprime un poquito a ver. El sapo cobarde y desesperado cubre su cuerpo de asqueroso aceite grasiento y trata de escurrirse pataleteando. Pero el agarre es muy firme para escapar, y queda atrapado sin remedio en la mano lozana, a la merced de la curiosidad del nene que lo examina. Esto causa un extraño placer en el chico, quien siente una leve sensación de omnipotencia que nunca había experimentado jamás. Aunque entiende que el triste sapo no vale nada en verdad, bendito, es tan feo y apestoso; le divierte tener su destino entre sus dedos, y saber que puede hacer lo que quiera con él. 

Se pregunta qué pasaría si lo tira bien duro al suelo, y el sonido que emana el impacto le resulta muy jocoso. Por eso suelta una carcajada que nadie escucha. Su eco se esparce por el bosque, desperdiciado, mientras el sapo trata de recuperar sus sentidos. 

Tan pronto puede, el sapo pega un salto sin rumbo con el mero propósito de alejarse de donde está. No toma un instante al caer que salta de nuevo y de nuevo con toda la fuerza en sus patas; y lejos, lo más rápido y lejos que pueda de la dulce criatura sonriente que le persigue. Pero una vez más, eventualmente, el sapo queda atrapado; y esta vez no podrá escapar.  Eso le dice el nene: “Tú de ésta no sales”, mientras lo exprime aún más. 

Ahora la sensación de omnipotencia que siente el nene es distinta. Hay una intención más precisa y determinada en mente, con una meta más definida. Por eso se mete entre la maleza a buscar una rama dura, con filo, con la mano derecha exprimiendo al sapo y la otra empujando palitos contra el suelo para ver cuál funcionaría mejor. Luego de encontrar un buen palo, acuesta al anfibio en el suelo y se lo espeta en el pecho, muy torpemente, para tratar de hacer lo que en ciertos círculos llaman una incisión. Lo que logra, en vez, es una herida de muerte. El sapo convulsiona descoordinado hasta soltarse del nene. 

Saltando espasmos violentos alcanza una charca en donde halla refugio, pero la herida es tan severa que no puede hacer más que flotar boqui abajo hasta morir, con nada en su pequeña conciencia salvo el recuerdo de la hermosa criatura que le desgarró la vida.  El nene, parado mirándolo desde la orilla, se saca los mocos. 

Un poco más tarde, al regresar a la casa, su madre le regañará por haberse ensuciado las manos jugando con Dios sabe qué.

–Ten cuidado en el bosque, mi amor –dirá ella. –Ahí hay todo tipo de animales. Algunos bien peligrosos. ¿Lo sabes?       

–Sí, mami.

–Muy bien –y le dará una paleta de fresa.

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