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#Diario de Buenos Aires By Fabiana Laffitte

Trazar líneas en el agua.

Ante la pandemia, muchos artistas nos comparten generosamente sus creaciones y así, manteniendo el distanciamiento social prescripto, la belleza del arte nos acompaña, nos estimula, nos hace sentir mejor.

Ayer, un joven músico me envió su versión de un tema de Serú Girán, icónica banda de rock argentino, cuya letra, en este contexto particular, adquirió una nueva dimensión que no había imaginado pese a todas las veces que la he escuchado y hasta cantado a voz en cuello en recitales y karaokes con amigos.

La canción se llama “A cada hombre, a cada mujer”; aunque perdón que diga que hubiera preferido el orden inverso de los términos de este enunciado, las líneas particulares de la referida composición sobre las que deseo detenerme dicen:

“Yo canto para librarme/ de las cadenas negras de ideas y palabras/ que trazan una línea en el agua/ dividiendo lo indivisible/ vos y yo”.

Antes tal vez pude haberle realizado lecturas románticas, luego nacionales, dadas las continuas fracturas que abroquelan a mi país de un lado o del opuesto. Sin embargo, ahora pensaba ¿hasta qué punto el Covid-19 que nos tiene en vilo, no nos demuestra la literalidad, no la metáfora, de que las divisiones son ciertamente líneas en el agua?

Por un lado, ¿cuántos abrazos digitales hemos recibido? ¿Cuánto soporte y contención nos ha llegado de diferentes formas, de conocidos y desconocidos en este aislamiento social?

Lamentablemente, también hemos comprobado que no solo un microorganismo nos amenaza, sino que el individualismo extremo, los empoderamientos personales que ven en el otro a alguien a quien temer o excluir, generan un estado de solidaridad negativa que podría continuar multiplicando el número de vidas expuestas y/o perdidas, incluyendo la nuestra en la nómina.

Sin la división entre tú y yo, en la que el otro me preste el rol de enemigo, puedo dejar de comprender la realidad a partir del miedo y todos sus efectos negativos que, tal vez evidencien “la vileza de nuestros propios corazones”, como decía Baudelaire.

— ¡Oh, ingenuo y pueril! – escucho por ahí. Es probable, pero las autoridades de las distintas organizaciones nos advierten que podemos

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