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Adolescencia by Celia Pérez León

Un pequeño despertar, escondido en los ríos de los ojos, en volcanes que se encuentran en erupción por primera vez. Un pequeño despertar. Y de repente, temer. Todo lo desconocido se aparece, y lo conocido muestra su cara oculta, siempre escondida, traicionera. Y de repente, desconfianza. Desconfianza desde el tronco hasta las hojas más externas. Miedo al derrumbe por esa que es solo una brisa de verano. Y de repente, amor, luciendo como sol y siendo tempestad. Haciendo a base de tirones, fuerte el tronco. Y de repente, diversión. Como nunca se conoció, como nunca se volverá a conocer. Y de repente, explosión. En todas las partes del cuerpo, en todas las partes de uno. Novedad, misterio, sed, hambre, y luego, la creencia de saber, y el alivio momentáneo. Y de repente, perdida, de inocencia, que se evapora poco a poco entre los poros, como vapor de una locomotora que ya partió. Pérdida del pasado. De lo que era conocido, y ya no. Pérdida, de uno mismo, para encontrarse a la vuelta de la esquina, en mil espejos. Y de repente, la solemne idea de la calma, esa de marineros hechizados. Esa que viene antes de la siguiente tormenta. Pero el tronco se hizo fuerte, y nada cae. Solo el fruto rojo, mezcla de lo cedido y lo ganado. Madurez.

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