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SENDEROS DE PLATA, AROMAS DE ABRÓTANO by Mercedes González Rojo

–          Por fin llueve. Pensé que no iba a poder salir nunca de esta cárcel en la que el largo y seco invierno me tenían secuestrado. Estoy deseando que este encierro acabe, estirar mis cuernos al sol y dejar que mi concha luzca por fin brillante y tersa, y para eso primero necesito la lluvia, vivificante, serena…  Espero que luego el tiempo no me falle y que también escampe y que, de nuevo el sol en el cielo,  pueda recrearme entre las hojas verdes y las flores. 

–          Qué ganas tenía de que por fin este invierno tan largo y seco se derramase en lluvia sobre la tierra agostada y sedienta. Qué placer sentir resbalar este agua mansa sobre mi pelo, sobre mi cara, sentir como empapa mi piel, como la tierra se vuelve blanda bajo mis pies  y mi olfato se llena del aroma a tierra húmeda, del olor de las primeras rosas y de las plantas que pueblan el jardín, aromas de mi infancia que esta lluvia tan esperada hace revivir en mí. Qué placer poder pasear otra vez bajo ella.

Llueve.  Llueve  y llueve, tras la ventana, como en el poema de Antonio Machado. Llueve de forma continuada y mansa durante varios días seguidos, dando de beber a la tierra que permanecía seca y agrietada, casi sin vida; a las plantas que sufrían un retrasado crecimiento, de hojas mustias, de flores aún dormidas,… El paisaje parece recobrar poco a poco su verde y colorida lozanía. 


Llueve, y parece más limpia la atmósfera que se lleva arrastrada por el agua las tensiones acumuladas durante muchos meses. Es vida el sol, pero cuando el agua no detiene de vez en cuando su camino, también lo malo se acumula en torno. Y ahora se respira, por fin, olor a limpio. En todos los sentidos. Naturaleza renovada, humanidad en calma. 


Los pasos de la mujer se encaminan nuevamente hacia el viejo jardín que preside la ciudad y que ha visto pasar juegos, risas, llantos, desengaños…, de tantas generaciones. También la suya. Enreda sus pasos por la zona de la antigua rosaleda y descubre, sorprendida, que aún hay setos de abrótano dibujando los parterres entre los que jugaba cuando era una niña todavía. Es intenso su olor bajo los cálidos rayos del sol que secan sus hojas de la lluvia caía en estos días. Es intenso el olor con reminiscencias a infancias felices. Enlentece sus pasos, cierra los ojos y aspira profundamente ese aroma a abrótano, abrótano hembra que muy pronto verá salpicado su verde claro y ceniciento de pequeñas flores amarillas. Los recuerdos se abren paso en su cerebro y respondiendo a un antiguo impulso se agacha de repente y sus manos hurgan entre aquellas plantas cuya existencia parecía tener olvidadas. Y los encuentra. 


Surgen entre los parterres buscando los rayos de sol bajo los que estirar sus dúctiles y gelatinosos cuernecillos, se arrastran entre las plantas paseando sus frágiles conchas que sin embargo les sirven para protegerse de lo que hay a su alrededor. Menos de las pisadas. Las pisadas crueles de algún desalmado que los estruja bajos sus pies regodeándose en el leve crujido de algo que se rompe sin remedio. Los recuerdos estallan en su mente a la vista de apenas unos pocos caracoles que han logrado salir adelante tras la pertinente sequía de tantos meses sin lluvia. Los hay de varios tamaños. Se inclina y con cuidado coge entre sus dedos el más gordo, la concha algo más dura que la del resto, más marcadas sus estrías, más potentes los distintos tonos marrones de la misma. Sonríe imperceptiblemente y con un gesto inverso y cuidadoso devuelve el ejemplar a la olorosa protección del abrótano que aún ni siquiera apunta el menor rastro de los botones de sus flores y observa como tras un rato – seguramente tras sentirse seguro – el molusco sale de nuevo de su refugio, estirando los cuernos y dejando un rastro de plata transparente en el lento avance de su paso. Como un relámpago le viene el recuerdo de las bolsas llenas de caracoles recogidas para su abuelo en las tardes soleadas de primavera, cuando el astro brillaba fuerte  tras la lluvia. En primavera. 

En días como éste. Caracoles que el mismo se encargaba de preparar con mimo antes de degustarlos. Ella nunca pudo.

–          Buff, menos mal. Pensé que no volvería nunca a arrastrarme entre esta acogedora mata que me proporciona su cobijo. Creí que hoy, aquí,  había acabado para siempre mi camino. 

–          Por fin lo entiendo todo. Ahora sé porqué nunca fui capaz de llevarme a la boca un solo caracol a lo largo de mi vida. Ni cuando era chica de la mano de mi abuelo, ni ya de adulta en aquellas tierras andaluzas donde era plato estrella. 

La tarde avanza. El sol brilla en un cielo límpido recién lavado por la lluvia que se ha llevado con las nubes todas las impurezas. En el suelo, entre el verde ceniciento y el aroma profundo del abrótano, senderos de plata guían pisadas invisibles al pasado.

http://entrepalerasyencinas-mercedesgrojo.blogspot.com

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