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#Narrativa Erótica: FATALIDAD – DITA FERNÁNDEZ

(Te invitamos a leer MasticadoresEros)

La primera vez que me enamoré fue de un hombre mayor, en ese entonces tenía casi 17 años y él 35. Fue de mis primeras ilusiones, una quimera cargada de inexplicable pasión, pero al mismo tiempo era como la pureza de las flores de un maravilloso herbazal. Esos amores marcaron mi vida para siempre, espcialmente este…

Clay on face in crack, by Dmitri Shishkin – Tomada de Pinterest.

Desde que lo vi me atrapó su presencia, sentí un flechazo en el corazón que bajó hasta mi estomago provocando un delicioso vacío. Esas cuencas azules, su cabellera larga dorada y algunas canas incipientes que desde siempre me fascinaron, además de la diferencia de edad entre nosotros. Juan Manuel, así se llamaba el hombre en cuestión. era el mejor amigo de mi padre, por esa época empezó a visitarnos con más frecuencia, papá y él intentaban estar juntos el mayor tiempo posible, acompañando sus infaustas soledades. Ambos se estaban separado de sus esposas y era lógico que se dieran consuelo, eso pensé yo. Así transcurrieron los meses, y al poco tiempo de dar fin a la relación, mamá se fue a vivir al extranjero. Nunca mencionaron el motivo de su ruptura ni tampoco el por qué, Nico y yo nos quedamos viviendo con papá. A pesar de todo la vida transcurría con relativa normalidad.

Recuerdo tanto cuando Juan Manuel solía decirme sobrina, pensaba que era el “tío” al que quería acariciar recorriéndolo de pies a cabeza sin dejar ningún lugar vacío. Imaginaba como sus manos transitaban suavemente mi cara, el roce de la punta de sus dedos en mis labios mientras mi lengua  se complacía lentamente con el sabor de cada uno de ellos; lamiendo la sal de su sudor, desnudando mis pechos pálidos, firmes y pequeños para dejar danzar sus hábiles manos sobre mi cuerpo tembloroso e inexplorado, inundándolo de fluidos que brotaban de cada uno de mis poros excitados. Siempre he pensado que es doloroso ser la persona invisible ante los ojos del hombre al que se desea, y sentir la manera en la que sus ojos me desnudaban el alma cuando estaba cerca. Por aquellos días ante la necesidad que me habitaba, mi cuerpo era un pordiosero de caricias suplicantes, deseando entrañablemente la fusión de nuestras carnes y sentir el roce de su piel, mientras nuestras fluidos sumaban, convirtiéndose en una poderosa aleación de energía fogosa.

Pero el universo conspira a favor de obra en muchas ocasiones, y un día todo cambio. Papá recibió una llamada, debía viajar con urgencia al extranjero para resolver unos asuntos judiciales que tenía pendientes. Desde el inicio entre sus planes contempló la idea de dejarnos a mi hermano y a mí al cuidado del “tío” Juan Manuel; en ese instante comprendí que algo interesante estaba por pasar en mi vida. No habría más suspiros tristes, ni lágrimas cansadas, esta era la única oportunidad que tenía para dejar de ser invisible ante sus ojos, tenía que intentarlo. Estaba decidida a todo, incluso a deshojar la margarita…

Era la primera noche a solas con él y el deseo de seducirlo cada vez era mayor; busqué entre las cosas viejas de mamá encontrando un pijama semi- trasparente; me lo puse mientras me miraba al espejo, mis pezones se dejaban ver a través la tela que los marcaba erectos, deseosos y amenazantes. Mue fui despacio hacia el estudio donde estaba leyendo y sigilosamente lo interrumpí. Comencé a preguntarle por su día, sus respuestas fueron  monosilábicas, algo cortantes, precisando silencios que narraban su incomodidad. Salí de ahí triste, mi súbita ocurrencia  no había sido un buen comienzo  para el romance; por un momento llegué a pensar que caería derretido como un trozo de mantequilla al sol al verme de tal manera. Las esperanzas se disipaban, pero mis sueños no se dieron por vencidos, las ansias permanecieron intactas mientras mi fantasía húmeda avivó los deseos insatisfechos y compulsivos de mi cuerpo. Continué con el plan durante varios días y varias noches, él solo me contemplaba como la hija de su mejor amigo… hasta aquella noche fatal en la que todo dio un giro inesperado.

Al día siguiente improvisé una pasta con ensalada para la cena, y antes de que Juan llegara decidí ducharme para estar fresca, pretendiendo sorprenderlo con mi casi desnudez mojada por las gotas que caían de mi pelo, deslizándose delicadamente por mi espalda hasta empapar el top que llevaba puesto, y esa tanga negra que se perdía entre mis pequeñas caderas. Escuché abrir la puerta principal, sabía que era él porque mi hermano pasaría la noche en casa de una amiga. Estaba hecha un manojo de nervios, temblorosa y abarrotada de emociones que me daban el coraje para afrontar la situación. Di media vuelta y mientras me debatía entre la cordura y la locura, ese hombre estaba ahí, de frente, impasible, mirándome. Pude leer sus pensamientos crudos y fugaces. Me había visto por primera vez. Agarró mi cara entre sus grandes manos inclinándose para besar mis labios, desapareciendo los temblores de mi cuerpo. Correspondí a cada uno de ellos con mis impulsos mojados, sumidos en un ritmo inverosímil y en un palpito lingual distendido. Me enraíce en aquel momento como si el mundo de repente se fuera a acabar.

—Erica, no, no debemos hacerlo —susurro él.

Shhh… Mejor vámonos para mi habitación —contesté.

Los dos estábamos ardiendo de pasión mientras nos empapábamos con saliva. Nuestra respiración era cada vez mas presurosa y quejumbrosa. Su lengua comenzó a marcar el camino hasta mi hendidura explotando toda la pasión contenida. La estrechez de mis muslos estimulaban rítmicamente la rigidez de su pene, entre tanto, mi cabeza bajaba a su entrepierna y toda su longitud se deslizaba profundamente dentro de mi boca; moviéndonos al vaivén de su necesidad más intima. Su virilidad anidaba entre mis pliegues acuosos, mientras yo sentía una mezcla entre placer y miedo; sí, miedo, porque era mi primera vez, sin embargo, no musité palabra, entregándome a la experiencia. El dolor de ese primer instante se había convertido en uno de los momentos más intensos de mi vida, mis gemidos terminaron siendo chirridos de gata y estallidos de humedad. Sábanas mojadas y sexo recién parido concluyeron con el encuentro, pero… Ahí estaba papá, un espectador silencioso de mirada irascible que empuñaba un arma, apuntándole a Juan Manuel.

—Papá, ¿qué vas hacer? ¡No le hagas daño por favor, todo ha sido mi culpa!
—Le dije mientras intentaba quitarle la pistola. Me empujo pidiéndome que no me entrometiera, mientras tanto, Juan Manuel, estaba conmocionado, incapaz de muscitar palabra.

—Eres un hijo de puta y te voy a matar. ¿No vas a decir nada? —le gritó enfurecido apretando el gatillo.

Juan Manuel se tocaba la cabeza repitiendo lo mucho que lo lamentaba. Papá se acercó mirándolo fijamente, y con tono sollozante le dijo que lo amaba, pero que jamás le perdonaría el haberse acostado con su niña. Quedé en shock, sentí que las fuerzas me abandonaban lentamente, algo dentro de mí empezó a morir, cuando a causa de un disparo veía como el cuerpo del hombre al que amaba se desplomaba frente a mis ojos.

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