UNA FUSIÓN INESPERADA by María José Neira

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Veía a Vera ensimismada todas las mañanas contemplarse en el espejo y sumirse en la angustia más profunda por el paso de los años, que llenó su rostro de arrugas como surcos en un terreno después de la lluvia. Por eso decidió regalarle una nueva piel.

Trabajó en el laboratorio sin descanso, noche tras noche, a escondidas, hasta que consiguió el prototipo adecuado: una tenue máscara que Vera se pondría durante tres noches para que sus células se regenerasen y su rostro recuperara el frescor de la juventud. Cuando la obra estuvo lista corrió a colocarla con sumo cuidado en el rostro de su mujer mientras estaba dormida.

A la mañana siguiente, Vera se despertó muy temprano. Entró en el cuarto de baño y conectó el difusor de ozono para lavarse la cara. La luz del espejo se encendió de forma automática y buscó su cara, pero no la encontró. No había ni rastro de sus antiguas arrugas, pero tampoco de su nariz, párpados, o labios, tan sólo unos orificios recordaban dónde habían estado los órganos que le permitían ver, respirar y hablar; la piel postiza se había fundido con la suya haciendo desaparecer todos sus rasgos, los que la identificaban como Vera, ante el mundo y ante ella misma.

Desde la cama, Paul oyó un gemido ahogado, como si procediera del infinito y percibió los pasos de Vera regresando al cuarto. Encendió la luz y se sentó en la cama al tiempo que Vera entraba y se apoyaba en la pared, cabizbaja. Ella lo miró y él vio con estupor cómo una lágrima rodaba por el antiguo rostro de su esposa, en un camino frenético hasta la barbilla, y caía al suelo, a la espera de otras lágrimas que ya seguían el mismo camino.


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