joyas para leer

El juego ha terminado (Ward’s island) by Juan Carlos Vásquez

Hoy comienza a colaborar Juan Carlos Vásquez, le damos una gran bienvenida.

Nos agrupamos y nos desagrupamos mientras los habitantes de Ward’s Island se ponían de acuerdo para protestar, pero la respuesta siempre era la misma; arrestos, traslados. Perder la cama sabiendo perfectamente que podrían pasar días durmiendo en un sucio salón de espera.

Alexandre intensificó su rabia. Se justificaba al recordarnos su diagnóstico.       

Esa noche habían visto bajar del tren a Rafael con su guitarra, sucio, con barba, pero como siempre con un dinero que no dudaba en sacar para invitarnos a todos. Lo acompañaba dos mujeres con vestidos de seda negro, ceñidos al cuerpo, cansadas, con la incomodidad de tener que transportar una pequeña arpa y un tambor. Rafael también estaba flaco como el palo de una escoba, con el pelo largo y los ojos maquillados. No entendí, pero no pregunté. A veces la respuesta era peor de lo que pensaba. Parado cerca del andén, tomando ron, tejiendo algo para no perder el tiempo y rodeados de algunos estudiantes universitarios estaba Milton.

Durante meses estuvimos encerrados en aquella isla, soportando la inclemencia del invierno que extremo sus bajas hasta veinte grados bajo cero. Fuera, kilos de hielo o de nieve se estrellaban haciendo un ruido apocalíptico, nos turnamos para ir por provisiones a Manhattan. Si no venía el autobús caminábamos a lo largo de la vía, luego bordeamos el Triborough Bridge, y lo atravesamos, comprar y regresar.

Nos parecía que el sol jamás iba a aparecer, que nunca los días acabarían de llegar a la normalidad.

De camino nos cruzamos con Rima, que llorando nos informó que tenía muchos días sin ver a Alexandre. 

Al estudiar la expresión de Rima, estaba seguro de que Alexandre había hecho otro grupo en alguna parte, seguro de que Rima ya andaba con alguien. En ellos no existían treguas sexuales.

Me dediqué a dar vueltas por la isla y me pulía en psicotrópicos y alcoholes de todo tipo.

Pensé, y no me pregunté por qué, en San Francisco… en Barcelona.  Era un sueño después de tocar el Pacífico, y más allá de América. Una última frontera antes del océano, y partir al sur de Europa.

Le dije a Rima, «ven nos vamos de viaje, de vacaciones, tú y yo, para pasar un poco de tiempo juntos antes de que te mates». Porque ella aunque no lo decía siempre había querido matarse. A Rima no le gustaba San Francisco, no la atraía especialmente, decía: «Harías bien en guardarte la pasta para ir a Europa. Ya verás, te gustará» —y continuaba —; gracias por la invitación, pero ya no me atrae viajar. Me ha trastornado hasta el punto de hallarme en un tren raro, que no para.

Supuse que el tren era su vida. Ella trataba de estar en Nueva York sin conseguirlo.

Finalmente me quedé solo. Entre muchos, pero solo. Era una constante el que se fueran y al cabo de un lapso regresarán, y cuando alguno volvía, era una celebración. Nos sentábamos a las orillas del Río Hudson y mirábamos las luces de los rascacielos de Manhattan, sin decir nada, sin ni siquiera tocarnos, y yo pensaba que estaba en la gloria, ante millones de historias de las que quería formar parte. Al otro lado estaba el epicentro del mundo. La América, de Ligotti, de Ambrose Bierce.

Cuántas veces lo repetimos, pero esta vez algo me decía que no sería igual. Los traslados volvieron a intensificarse, las muertes, las reclusiones, los estados alterados. Aquellos meses fueron los más largos, perdí el habla, experimenté una sensación de inexistencia hasta que la primavera llegó.

La actividad es diferente, tal vez, el aspecto «diabólico» cesa. No quería seguir dando la vuelta en la rueda. Si «salir» significa romper con todo seguiría insistiendo. El diablo es nuestra propia locura, profundos sollozos —o bien si nos domina una actitud nerviosa— no podremos dejar de percibir, vincularla al placer de la autodestrucción. La obsesión de la muerte (de la muerte en un sentido trágico y a la vez romántico, aunque a fin de cuentas, risible).

Estuve quejándome toda la noche y parte de la mañana. El sol matinal era una llamarada color naranja que brotaba de las pipas de los chicos de turno. La lluvia, los colores, los árboles empezaban a llenarse de hojas, las flores a abrir. Para disimular mi intención bromeaba más que antes, ya no difundía mis planes porque cada vez que lo hacía todos se encargaban de arruinarlos.  Experimente las convulsiones de la abstinencia, los más altos grados de paranoia para poder llevar a cabo algunas labores, normalmente hacía pausas para secarme el sudor beber agua o tomarme alguna cerveza. De Wards Island a aquellos trabajos ocasionales y a la biblioteca. Logré una rutina exacta, hasta que pude crear las condiciones necesarias para marcharme. Ya lo tenía claro, después de evaluarlo, San Francisco, era el destino.

Me embargo el miedo y la nostalgia.

La cara se me desdibujó en un tembloroso espasmo. Mis ojos trazaron breves caídas y círculos siguiendo la luz de un helicóptero que sobrevolaba la isla.

Con un movimiento lento y anhelante, entendí que era el momento.

Ahora si era yo: el que no temía a las marchas. Más fuerte que las negaciones y los obstáculos. Un despreocupado o un niño.

El primer metro pasó como una exhalación, el segundo se paró y me condujo hasta Porth authority. En el East Side de hacía cinco minutos, rayas y flechas de colores como bengalas lanzadas al cielo nocturno de Wards Island. Imaginaba otra vez la voz de Anastasia; la red de traiciones que tuve que penetrar y disolver, un mundo enloquecido del que acababa de salir, que no era más que un infierno público.

Así que, al cruzar la calle de camino a la terminal estaba enardecido y presto a realizar el cambio. La nueva historia comenzaba su curso.

De: Ward’s island y la conservación de los recuerdos.

© Juan Carlos Vásquez

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