narrativa

LA RAYA

By Erika Khun

by Mercedes Freedman

Una vez más le dije al padre de mi hija —Silvio, quiero reunirme con Rosa.

El dio la respuesta de siempre, afilada como un cristal roto —María, te reenvío la carta con la orden de la corte,  por si has perdido tu copia, pero te lo recuerdo: estás obligada a mantener una distancia con Rosa de 200 metros o más. 

Silvio no añadía que estaba en sus manos que yo pudiera acercarme a la niña brevemente si él estaba presente.

El mundo a mi alrededor era mi hija Rosa desde que me separaron de ella. Los niños en las calles tenían su cara, la silla al lado de la mía en el comedor sentaba su cuerpo, el oso peluche que dormía conmigo olía a su pelo, su voz diciendo “Mamá” me despertaba cuando lograba quedarme dormida y su risa rompía el silencio cuando abría la puerta de mi casa vacía. Mi pecho se rompería en pedazos si no veía a mi hija, así que preparé lo que necesitaba y me encaminé a la calle donde vivía con su padre. Saqué la cinta métrica.  Medí los 200 metros malditos.  Los marqué dibujando con tiza una raya en el suelo de la calle donde Rosa vivía con su padre. Saqué el parlante. Me planté detrás de la raya. Y comencé a repetir

—¡Quiero ver a mi hija, quiero ver a mi hija¡

Así por largo rato y por muchos días antes de aquel día.

Rosa tenía siete años y hacía varios meses desde que habíamos estado juntas.  Recordé mi imagen reflejada hacía un rato en el cristal de uno de los escaparates de las tiendas y sentí miedo de que mi hija caminara  a mi encuentro y no me reconociera. Mi pelo era casi blanco y hasta en aquel cristal vi nuevos pliegues en mi cara que ya no me molestaba en ocultar con maquillaje. La ropa era lo peor. Me había puesto, como era mi nueva costumbre, lo primero que encontrara entre mis cosas.

Mi voz volaba con el «quiero ver a mi hija” hasta perderse al final de la calle de edificios bajos con portones y jardines a la entrada. Silvio apareció por la puerta de su casa. La ajustada camisa sobre su cuerpo macizo le impedía mover los brazos libremente y le forzaban a respirar de prisa, pero sus pies caminaban con paso fuerte. Era un animal cruzando la sabana en mi dirección y el terror me paralizó. Perdí la voz, pero, aún así, todavía oía el eco de «quiero ver a mi hija». No me atrevía a dejar de seguir a Silvio con los ojos, pero quería saber si las voces que oía estaban en la calle o si era la locura que ya habitaba en mi cabeza. Entonces vi a las mujeres acercándose hacia mí.

—Quiero ver a mi hija— repetían.

Y sus caras fueron adquiriendo nombres que conocía hacía tiempo.

Silvio se detuvo, los ojos se le agrandaron como si un ladrón lo asaltara —casi puso los brazos en alto pero las mangas apretadas por los kilos de más se lo impidieron— y caminó hacia atrás. Yo permanecí detrás de la raya de 200 metros, pero las otras mujeres avanzaron hacia él hasta que entró en su casa. Reapareció con Rosa que mostraba unos ojos asustados. La trajo hasta el otro lado de la raya que yo no debía cruzar.

Silvio dijo —Estoy un poco mas allá, regreso a llevarme  a Rosa  en 15 minutos.

Hizo una pausa para añadir —Ni se te ocurra cruzar esa raya, y asegúrate de no dejar mi calle cubierta de tiza­— y dio la vuelta dejando a Rosa frente a mí con la raya de tiza entre las dos.

—Es igual a la que trazamos para jugar en el patio de la escuela —dijo Rosa al ver la raya blanca dibujada en el suelo de la calle.

—Con esta raya, Rosa, tú juegas desde ese lado y yo desde éste— le dije yo.

Ahora las mujeres saben que días dibujo la raya. Preparamos nuestras voces y repetimos el «quiero ver a mi hija». Por un rato, mientras Silvio mantiene sus ojos abiertos como dos lunas, Rosa y yo jugamos juegos con una raya de tiza trazada en la calle entre las dos.

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