Archipielago

ESCALADA DE BRUTALIDAD by Jesús Parra

Imagen tomada de Google

Artículo de Jesús Parra publicado el 4 de marzo en Nueva Tribuna: https://www.nuevatribuna.es

“A lo largo del tiempo 

algunos hombres han vivido en una constante lucha por la destrucción, 

mientras otros luchan por la creación y el progreso de la sociedad”.

Jean Baudrillard. La transparencia del mal 

Según Suetonio este era el lema de Calígula: “Oderint dum metuant” (“Con tal de que me teman, ya pueden odiarme”). Sin hacerlo de forma explícita, este es también el lema de Vladímir Putin desde su llegada al poder, tocado por una prisa hasta ahora contenida y un interés programado con un objetivo claro: retornar a una Rusia que había perdido las “fronteras” que él cree que le pertenecen y que la OTAN, EE.UU. y la Unión Europea le impedían ampliar. Escribir sobre este genocida es poner en orden los sentimientos y la memoria y contar las cosas tal como la memoria las va guardando antes de que las arrastren las mentiras de unos y el olvido de otros.

No existen límites para una imaginación perversa al servicio de un objetivo narcisista con ambición de poder, si además su poder personal es indiscutible y omnímodo. La megalomanía y el culto a la personalidad del líder es el cimiento de la propaganda que apuntala un régimen, construyendo barreras que impiden o imposibilitan a la oposición derrocar a ese líder y a su régimen. La barbarie jamás ha dejado de tener amplia clientela en la historia de la humanidad; cuando creíamos que la brutalidad la habíamos arrinconado, con Putin ha encontrado una acogida irracional. El conjunto de oligarcas de los que se ha rodeado, todos ellos sospechosamente millonarios, han llevado a cabo ese deleznable salto cualitativo de fomentar un abierto culto a su personalidad; y él se lo ha creído. Quien naciera en Leningrado (hoy San Petersburgo) en 1952, -su padre fue oficial de la marina rusa y su madre obrera en una fábrica-, en una dura atmósfera de posguerra, en medio de una miseria total, en uno de los barrios más desfavorecidos y en un humilde hogar, un modesto departamento comunal de apenas 20 metros cuadrados, hoy se considera un “zar”, imbuido e iluminado por una misión histórica que se ha arrogado a sí mismo, intentando perpetuarse en el poder, en el que lleva ya 22 años, como un autócrata narcisista y psicópata de corbata, sin piedad ni compasión, nutriendo su mente de las razones del mal y un ánimo brutal de agresión y violencia sádicas, quebrantando toda ética personal y política hasta acabar convirtiendo su autócrata poder y su permanente objetivo en un impulso destructivo y descontrolado; como la “mítica medusa” pretende convertir en destrucción a todo aquel que le mira y le reta.

Antes de convertirse Putin en el político autócrata que hoy es, entre las muchas relaciones que ha cultivado y reuniones y encuentros que ha tenido, son innumerables las altas personalidades que él y a él le han recibido, recuerdo un encuentro en el que el invitado en el Kremlin, muy conocido en España, hizo un declarado alarde de juicios muy halagüeños sobre el autócrata Putin. El invitado se llama José María Aznar; él mismo reconoce que el 22 de junio del 2016 mantuvo un encuentro privado con el presidente ruso en el Kremlin. Así lo describió en sus redes sociales: “Ayer mantuve un encuentro muy cordial con Vladímir Putin en el Kremlin. Tenía y tiene grandes proyectos para Rusia”, afirmando seguidamente que han sido varias las ocasiones en las que se ha reunido con Putin desde que dejó la presidencia del Gobierno. Cierra así su declaración: “Conservamos una vieja y buena amistad. Siempre me he entendido bien con él”. Estas palabras de Aznar me traen a la memoria el dicho latino: “Similes cum similibus facillime congregantur”. Que traducido al castellano popular quiere decir: ¡Qué bien se entienden los que son semejantes! Tal vez porque en él veía el espejo en el cual podía o quería reflejarse en lo político y en lo ideológico. 

La brutalidad del pasado y del presente no puede ya borrarse, pero el devenir de mañana nos invita a un esfuerzo mundial para conseguir con todas nuestras fuerzas, como “fuenteovejuna”, a que la escalada de brutalidad del líder ruso se detenga; su ímpetu aniquilador representa el lado más oscuro de un tiempo que creíamos superado; quienes creemos en los valores de la diplomacia, el diálogo y la paz debemos encender pequeños atisbos de luz reflexiva que eviten que la oscuridad destructiva de la guerra sea absoluta, defendiendo esos valores humanos, y por tanto, sagrados, que nos permitan retornar a esa confianza ética en la que se han ido construyendo la Unión Europea y sus políticas democráticas. 

¿Hasta dónde está dispuesto Putin a llegar? Hoy por hoy, nadie tiene la respuesta. Para el tirano autócrata, el culto a su persona y su grupo de fanáticos creyentes son el instrumento más útil pata llevar a cabo lo que le venga en gana. El hecho innegable es que Rusia ha entrado en la guerra que, por ahora, sólo acabará si Putin decide abandonar Ucrania, dado que nadie, ni la OTAN, ni EE.UU., ni la Unión Europea quieren atacar a Rusia. Lo que es evidente es que quien ordena una guerra, en la que muren inocentes, sobre todo niños indefensos, que están iniciando una vida a la que tienen derecho, para eso están en el mundo, o es un demente o es un malvado, o tiene ambas patologías; y un demente malvado como “el endiosado zar Putin”, habiendo atravesado el Rubicón diciendo como César: “álea jacta est”, (la suerte está echada), jamás abandonaría su objetivo con las manos vacías del “perdedor humillado”. La historia, la razón y la ética, es decir, el progreso moral que desde siglos lleva iluminando la reflexión filosófica hasta llegar a la democracia y el diálogo, son los únicos instrumentos válidos para resolver los problemas que la convivencia nacional o internacional necesita; la fuerza destructiva, sufriendo las aristas de un tiempo abominable y la violencia armada que conlleva, no pueden ser razones asumidas sin más por políticos y ciudadanos demócratas y sensatos y, más, cuando este indeseable personaje, como ya ha amenazado, apretando un botón puede quitar la vida a millones de personas o cambiárnosla para siempre. Ante cualquier conflicto, siempre habrá motivos para dar tiempo a la reflexión, a la diplomacia y al diálogo y encontrar, al fin, una solución, como el aislamiento diplomático y el económico, que no destruya ni vidas ni Estados ni ciudades. Ningún gobierno tiene derecho a mantener a toda una nación, a todo un pueblo en el terror, el miedo y la incertidumbre de experimentar en sus vidas y en la vida de los suyos la devastación, la destrucción y la muerte que ocasiona cualquier conflicto bélico. Es verificable que a lo largo de los siglos se han manejado todo tipo de pretextos para desatar conflictos, pero que, una vez iniciados, sus consecuencias son difíciles de imaginar y más de controlar. Las imágenes que estamos viendo de continuo en estos días lo evidencian.

Más allá del deber moral de parar a este malvado contra la destrucción de un país, Ucrania, que está atravesando un verdadero viacrucis de crueldad, reconociendo que estos graves crímenes que está cometiendo contra el pueblo ucraniano constituyen una amenaza para la paz, la seguridad y el bienestar no sólo de Ucrania sino de toda la humanidad, comprometidos solidariamente por salvaguardar la libertad del pueblo ucraniano y garantizar sus vidas, es nuestro deber luchar por conseguir llevar a Putin a la Corte Penal Internacional para que sea juzgado por estos crímenes contra la Humanidad; no pueden quedar sin castigo ni él ni quien con él están llevando a cabo este horror; los líderes honestos y demócratas internacionales deben garantizar que esta brutal escalada de barbarie de Vladimir Putin será efectivamente sometida a la acción de la justicia penal internacional. Como afirma el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, con sede en La Haya y en vigor desde el 1º de julio de 2002, debemos estar decididos a garantizar que la justicia internacional sea respetada y puesta en práctica en forma justa y duradera, de acuerdo a los crímenes que le compete y que define su Artículo 5: a) El crimen de genocidio; b) Los crímenes de lesa humanidad; c) Los crímenes de guerra y d) El crimen de agresión.

Con el fin de justificar su ataque a Ucrania, Putin no ha dudado en recurrir a las mentiras con negociaciones de nulo o incierto recorrido. Poco le ha importado distorsionar la realidad. Él y su segundo, elministro de Exteriores, Serguei Lavrov, han ido engañando a todas las Instituciones y organismos internacionales asegurado que no invadirían Ucrania; inexplicablemente, muchos les creyeron. Hoy la realidad contradice tal ingenuidad. Ha lanzado una ofensiva militar con bombardeos aéreos y cientos de tanques y vehículos militares que siguen avanzando con la intención de apoderarse de las grandes ciudades, muchas destrozadas, entre ellas, Kiev, la capital y un éxodo sin precedentes de cientos de miles de personas, mujeres y niños, huyendo del horror de la guerra. Pero Putin, desde su soberbia, se considera seguro de que podrá cumplir con su objetivo de “derrocar” al gobierno de Zelenski en unos cuantos días, al punto de amenazar, por boca de Lavrov, que, de intentar ir contra Rusia, la alternativa sería una tercera guerra mundial “nuclear devastadora”. 

La banalidad del mal es un concepto acuñado por la filósofa alemana Hannah Arendt para describir cómo un sistema de poder político puede trivializar el exterminio de seres humanos cuando se realiza como un procedimiento burocrático ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas y morales de sus propios actos. Hannah pensaba en el nazismo, pero en estas brutales circunstancias de Ucrania y los ucranianos, no pocos podemos pensar en Putin, pues como dijo Max Weber, el narcisismo de la política, y Putin es narcisista en grado extremo, termina abriendo el camino a todos los males. Hoy es complicado no pensar que la locura y la política son dos caras de una moneda, donde pasar un psicotécnico sería impensable en un consejo de gobierno y, sin embargo, quien se presenta para dirigir y gestionar la política, debería pasar un test psicotécnico. Analizando el perfil psicológico de Vladimir Putin, su diagnóstico sería: trastorno narcisista con rasgos psicopáticos con un punto de locura; es un pragmático en el que no caben consideraciones emocionales. A Putin le importa menos el dinero que el poder. ¿Qué le importa tener dinero si él está por encima de todos los que lo tienen y se lucran con él? Su objetivo, su misión de grandeza patológica en esta guerra desatada, en la que al enemigo hay que eliminarle o con las armas o el veneno, es devolver el esplendor a Rusia, como una nueva Unión Soviética.

En la antigua Grecia los clásicos, entre ellos, Eurípides, analizaron los conceptos de Hybris y NémesisHybrisse asociaba a la irreflexión de los individuos, provocándoles un orgullo desmesurado, la ira y el desprecio por los otros, unido a la falta de control sobre los propios impulsos. Némesis, por su parte, era la diosa de la venganza y de la justicia retributiva; la retribución venía dada por el nivel de daño causado, la cantidad de ventaja injustamente adquirida o por el desequilibrio moral provocado por un individuo o una colectividad. Era la deidad que castigaba la desmesura. Nadie debía vanagloriarse de sus riquezas o de su poder, pues esto podía provocar que Némesis interviniera ocasionando crueles pérdidas para hacer volver al individuo a los límites que el equilibrio de la vida le había asignado. De ahí que Eurípides sintetizara ambos conceptos en esta sentencia: “Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”. No es descartable que a Putin los dioses, por Hybris y Némesis, le estén deparando tal destino.

“Locura y poder: los enfermos que gobernaron el siglo XX”, es un ensayo cuya autora es Tania Crasnianski;nacida en Francia, su interés por las personas marginadas por la sociedad la llevó a convertirse en abogada penalista, formando parte del Colegio de Abogados de París. Su profesión le dio el rigor necesario para estudiar y transmitir los hechos históricos del país que el mundo identifica con el nazismo. Su obra recorre las graves enfermedades que padecieron varios de los dirigentes más famosos del siglo XX mientras ejercieron el poder, con una descripción de cómo éstas condicionaron sus decisiones, y la gran influencia de los médicos que tuvieron acceso a su intimidad en los momentos de mayor esplendor y a la vez más oscuros de su mando, en su cruda realidad como seres humanos enfermos. Es impresionante la larga lista que ofrece Crasnianski de poderosos dirigentes políticos que padecieron graves enfermedades en su momento de mayor gloria pública y en la decadencia hasta su final, y especialmente sobre las potentes y, en algunos casos, devastadoras drogas que les permitían disimular sus problemas en ese teatro permanente que es el ejercicio del poder. Una de las grandes virtudes de este ensayo es plantear la influencia que la enfermedad tuvo en determinadas decisiones que influyeron en el mundo entero, incluso qué órdenes o mensajes estuvieron condicionados por el efecto de potentes drogas que inevitablemente influyeron en el estado mental de estos personajes. Un enfoque a menudo obviado en muchos libros de historia, que aquí se corrige gracias a  una eficaz descripción de esa realidad que permite una imagen más cabal de estos protagonistas del siglo XX. Los miedos, las dolencias, los vicios, las limitaciones físicas, las somatizaciones, las ausencias o las soledades, forman parte de unas historias médicas y químicas que aportan más luz sobre determinados momentos de la historia del siglo pasado. Una obra que nos arroja una luz necesaria sobre la dimensión más humana de líderes idolatrados por masas de fervientes seguidores, que sin embargo eran rehenes de padecimientos en algunos casos vulgares y en otros amplificados o contaminados por una forma de entender y ejercer el poder, con el correlato de la impactante e indirecta trascendencia de esas dolencias, en muchas ocasiones, trágica e incluso pavorosa, sobre millones de personas.

No quiero acabar etas duras reflexiones sobre Putin y su “locura”, sin sumar otras reflexiones y otras palabras más sensatas y mejor hilvanadas que las mías. Son las palabras del uruguayo Eduardo Galeano reflexionando sobre las guerras.

“Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: “yo mato para robar”

Las guerras siempre invocan nobles motivos, matan en nombre de la paz, en nombre de dios, en nombre de la civilización, en nombre del progreso, en nombre de la democracia y si por las dudas, si tanta mentira no alcanzara, ahí están los grandes medios de comunicación dispuestos a inventar enemigos imaginarios para justificar la conversión del mundo en un gran manicomio y en un inmenso matadero.

En Rey Lear, Shakespear había escrito que en este mundo los locos conducen a los ciegos. Y cuatro siglos después los amos del mundo son locos enamorados de la muerte que han convertido al mundo en un lugar donde cada minuto mueren de hambre o de enfermedad curable diez niños. Y cada minuto se gastan tres millones de dólares en la industria militar que es una fábrica de muerte.

Las armas exigen guerras y las guerras exigen armas. Y los cinco países que manejan las Naciones Unidas, los que tienen derecho a veto resultan ser también los cinco principales productores de armas. 

Uno se pregunta, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la paz del mundo estará en manos de quienes hacen el negocio de la guerra? ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que hemos nacido para el exterminio mutuo? Y que el exterminio mutuo en nuestro destino, ¿hasta cuándo?”

¡Ojalá aprendamos la lección de la historia para que lo que está sucediendo en Ucrania ¡jamás! pueda volver a suceder!

Jesús Parra es catedrático de Filosofía

2 respuestas »

  1. Una entrada impresionante y unas reflexiones profundas que ponen de manifiesto el buen conocimiento de la naturaleza humana por parte del autor. Lo que quizás discrepo es en la idea de que la historia enseña algo, lecciones para no repetir los errores y la barbarie. Debería, pero nadie la escucha, ni tampoco interesa, entonces se convierte en un recordatorio, una agenda de las fechas en las que se cometió tal o cual acto. Entonces la palabra «jamás» se convierte en sinónimo de «hasta la próxima». Y la próxima cada vez está más cerca de la anterior. Y no es pesimismo ni falta de esperanza, es memoria y constatación de la realidad.

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