LOSAS POR AQUÍ Y POR ALLÁ by Silvia Fernández

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El día que yo nací, una losa imaginaria de mil kilogramos de puro granito rosa le cayó a mi hermano en plena cabeza. Mi nacimiento le volvió tonto durante mis primeros dieciocho años de vida; a los hechos me remito.

Ojalá los hechos fueran también imaginarios como la losa, pero no, señores del jurado, son tan reales como mi propia existencia.

Tengo la teoría de que, cuando estamos en gestación, nos ponemos en colas para ir consiguiendo esos genes que crean nuestra futura existencia. No fui muy lista en la mayoría de los que elegí, aunque convivo con ellos como lo hice con mi hermano.

Tengo curiosidad de si llevo gafas por colocarme en una cola con muchos o pocos cigotos. Si me remito a la teoría que he creado, puede ser que la mesa de los genes miopes estuviera llena de libros y, previo a caer allí, pasara antes por la de los gustos y aficiones. Aunque, claro, eso resolvería la duda de por qué a mi hermano no le gusta leer, pero no explicaría por qué hay gente miope que odia los libros.

De todas formas, creo que me he desviado de la pregunta; también me puse en la cola de «vivir en las nubes la mayor parte del tiempo», por si no se había notado.

La losa, es verdad. Que a él le cayera una losa imaginaria en la cabeza no le da derecho a tirarme a mí una losa de verdad. Y que no me vengan con cuentos de que estaba cubriendo la fachada de la casa, con la zona acordonada para evitar que nadie se colara.

Quiero que quede claro que mi madre me mandó llamarlo para que fuera a comer y tuve que pasar el perímetro de seguridad. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver a casa sin mi hermano? De eso nada, prefiero la losa a la ira de mi madre.


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