Archipielago

UN DÍA CUALQUIERA EN UNA CIUDAD DE MAR by Paula C. Monreal

DÍA 4.    ELLA

Cuando le preguntaron a Laura qué iba a hacer en Marruecos, les contestó que cantar. Lo apuntaron en el formulario que tuvo que rellenar en la aduana, y lo incluyeron en su pasaporte. Se reían, ella y su novia, se reían mientras corrían por los pasillos del aeropuerto.

            Laura quería huir, olvidarse de su familia, de su trabajo y del sótano en el que había vivido los últimos años en Madrid. Cada vez que Jimena y ella se encontraban, programaban su huida. Les gustaba subir a la sierra y, en el hueco de la noche, gritar a las estrellas. Fantaseaban con la idea de que alguna nave espacial las reclutaría y se las llevaría lejos.  Corría por sus venas demasiada juventud y demasiada soledad.

            Su vida cambió cuando a Jimena la destinaron a Las Palmas. Laura se aisló en su sótano del que apenas salía para trabajar. Desde que se mudó, había dejado de tener relación con su familia y sus amigos que no entendían su homosexualidad. Un capricho nuevo, decían. A ver cuánto le dura.  

Laura era la mayor de cuatro hermanos, ella, la única mujer. Al padre le hubiese gustado un chico para llevárselo de caza y enseñarle el negocio “desde abajo”. Así lo había hecho su padre con él. La madre vivía demasiado ocupada con los gemelos dos años menores que ella, y después con Fernando, que se le escurrió de las manos y se golpeó la cabeza nada más nacer. Fue en ese momento cuando la madre desapareció para todos. El niño creció con una deficiencia mental, y ella se sumió en una depresión. Laura creció exuberante sin ser vista. Aunque para algunos su exuberancia no pasó desapercibida. La perseguían por la calle, la acosaban en el metro. Hombres mayores que ella revoloteando como moscas. Demasiado rubia, demasiado alta, demasiado guapa, Laura cambiaba de trabajo cada vez que intentaban manosearla. Aprendió a desaparecer sin decir nada a nadie. Hasta aquel día que apareció en casa de Jimena con una minúscula maleta como único equipaje. Tenía la sonrisa de alguien que tiende a la melancolía. Llegaba a quedarse, le dijo. Había conseguido un trabajo en una galería de arte. Mirando el Atlántico calmo de esos días, no invocaron a las naves ni gritaron a las estrellas: decidieron quedarse en la ciudad de mar, y comprar la casa rosa que se encontraba en el acantilado. De espaldas a la ciudad, se erguía sobre las rocas abierta al mar. El muelle, a lo lejos, por las tardes se erizaba de gente con cañas.

También buscaron fecha para la boda. Laura convenció a Jimena, y organizaron un viaje a Marruecos para celebrarlo. Un viaje de bodas antes de casarnos, le comentó Jimena. Es algo casi temerario, se le ocurrió decir. Pero Laura tenía demasiada urgencia por la vida, Y Jimena, todo el amor para dárselo. Quisieron ir solas, sin agencia. Jimena había vivido dos años en Marruecos y lo conocía bien. Dejaron los pocos muebles que tenían y las cajas de la mudanza apiladas en la casa, y salieron huyendo. Sin esperar al sosiego del encuentro, sin encontrar la calma en los abrazos, sin dejarse ir en el consuelo, Laura escapaba y Jimena se dejaba arrastrar por ella.

Recorrieron el país de norte a sur y volvieron a Marrakech por la costa. Alquilaron un coche y comían lo que encontraban en los puestos ambulantes que aparecían por la carretera. A veces solo eran naranjas, otras, brochetas de cordero. La policía las paraba a menudo para hacerles preguntas. No era frecuente ver a dos mujeres solas cruzando el país bereber. Bajaban la ventanilla del coche para empaparse del color del desierto. Comieron durante siete horas seguidas agasajadas por una familia del Rif, mientras les arreglaban dos ruedas reventadas en uno de los caminos. Las encontraron casi deshidratadas dentro del coche. Conocieron los valles secretos del Atlas y se vieron rodeadas de la calma y el silencio. Prefirieron saltar como cabras. Hasta aquella tarde que decidieron no quedarse a ver amanecer en un hostal del valle de Ourika.

Cuando llegaron al hotel, la recepción estaba llena de turistas que llegaban y partían. Camareros ataviados con El Tarbouche y Babouches, pasaban bandejas de champagne y bienvenida. Laura comenzó a impacientarse porque sentía la urgencia de estar con Jimena en la cama. Quitarse la ropa y el polvo que llevaban pegado a la piel, y amarse. Caminaba nerviosa, fumaba, salía a la puerta y volvía inquiriendo ser atendida. Una de las veces que se encontraba fumando fuera del hotel, vio como unos hombres encapuchados y con algo parecido a unas metralletas, se bajaban de un coche. Sin pensarlo, alarmada y con la angustia de encontrar a Jimena, se dio media vuelta y entró corriendo en el hall del hotel. ¡Jimena!, chillaba angustiada. ¡Tírense al suelo!,  les decía a los turistas que encontraba a su paso. Cayó desplomada delante de Jimena que no supo cómo sujetarla. Desde el suelo la miraba. Inmóvil veía las dos trenzas que le caían por encima de los hombros, y los brazos le colgaban vencidos. Jimena, quieta, le imploraba desde su mudez, pero Laura era incapaz de moverse. Con la cabeza ligeramente girada veía los pies rojos de Jimena. Se miraba los suyos. El cansancio la invadió. Lo último que vio fue cómo la taparon con una manta térmica y la metieron en una ambulancia. A Jimena también. Todavía vive, dijeron. Se ahogaba. Ya llegamos, mi vida, le decía Jimena mientras le limpiaba la saliva sanguinolenta que le escurría del labio. No tengas prisa. No te vayas.

En el periódico dijeron que en el atentado habían muerto dos turistas españoles; la chica, Laura Barrios era cantante.

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