Archipielago

CANÍBALES by Lucas Corso

El joven escritor que vive en Vilanova i La Geltrú ha aceptado la invitación de este editor para escribir cada 15 días un artículo que nos muestre “lo que muchos no quieren ver”

Bienvenido Estimado Corso. J re crivello

El otro día leía en la playa. Me gusta hacerlo después del baño, no antes porque hace calor ni durante por razones obvias. Leía un libro sobre una familia de caníbales neoyorquina. Su tradición consiste en comerse a los familiares que mueren para apropiarse de su espíritu y lograr así que sigan viviendo en ellos. Tienen incluso un libro de cocina en el que se explica, con todo lujo de detalles, la mejor manera de cocinar cada parte del cuerpo humano, explicando además qué tipo de personas suelen ser más sabrosas y qué tipo de vida deben haber llevado para que así sea. Las madres, de carne correosa y seca, son las que peor saben. Los padres tampoco están muy allá. Es un libro obsceno. Y es divertidísimo. Sin embargo, tuve que dejar de leer para observar algo todavía más obsceno, aunque bastante menos divertido. ¿Qué puede haber más escabroso que una historia sobre personas comiéndose a otras personas? Muy sencillo: la visión de unos padres comiéndose a su hija pequeña. Y ella, pobre, dejándose hacer.

Su llegada a la playa no hacía presagiar nada raro. Si acaso la hora a la que llegaron, bastante tardía como para disfrutar de una tarde de playa en familia. Pero no tardé en comprender que no era eso lo que querían. Una pareja relativamente joven con una niña que todavía no tendría los dos años. Caminaba con tanta torpeza como balbuceaba sus primeros palabros. Cuando se metieron en el agua seguí con mi lectura. No obstante, el baño fue singularmente breve, y los tres volvieron de nuevo a la toalla aun cuando parecía que la niña estaba pasando un buen rato chapoteando en la orilla. Enseguida la sentaron junto a algunos de sus juguetes y el padre se sentó con ella. Y entonces lo vi. Me horroricé, pero no podía dejar de mirar. La madre había sacado de su bolsa el arma con el que se disponía a despedazar en cachitos muy pequeños a su hija, allí, delante de mí y de todos los que estuviesen dispuestos a mirar hasta el final. Puse el punto en el libro, lo cerré y me incorporé. La madre se acercó hasta ellos y apuntó a la niña. El padre sonrió: era un buen móvil, aunque ignoro si era último modelo, no estoy al día de estos temas, pero hacía fotos a todo meter. Cincuenta fotografías por minuto, si no más. Y entre foto y foto, el padre llamando la atención de la niña para que mirase a un lado y a otro. Mira cómo pasa el tren, míralo, míralo, dile adiós, dile adiós. ¡Dile adiós! ¿Y la luna? ¿Has visto la luna? Mírala allí arriba, mírala, mírala. ¡Y mira a la mama! ¡Mírala! Y mira el sol cómo se va, míralo, míralo. Después se intercambiaron los papeles y fue la madre la que continuó señalando cosas a destajo. Quince instantáneas fingidas al milímetro para cada postura. Y la niña encocada de fotos, posturas y saludos. Fotos para el recuerdo de algo que no había sucedido en realidad, pero que a través de la pantalla y de los años lo parecerá. Así lo recordarán ellos al menos. Ella no, ella quizá acabará sufriendo de déficit de atención y los padres se preguntarán por qué, si de pequeña estaba siempre tan atenta a todo. ¿Es que no lo veis en las fotos? Miradlas, joder. Y dadle al like, que van sin filtro. Guiño.

El momento culmen llegó cuando querían una foto de la niña abrazando a la madre. La pequeña, sobreestimulada, no estaba por la labor de centrar su atención en quien no había parado de señalarle cosas. A ella la tenía ya muy vista, a las cosas no. Pero entonces se sacó un pecho y se lo metió en la boca. La niña, con hambre o sin ella, se abrazó a él y mamó. Con ganas, además. La madre miró a cámara y sonrió. La foto quedó perfecta. Acto seguido se volvió a guardar la teta, la niña comenzó a gimotear ante la repentina privación de alimento, recogieron sus cosas y se fueron. Veinticinco minutos escasos y grotescos de fotos perfectas.

Los recuerdos nos reafirman como seres con un recorrido a las espaldas. Son tan importantes como para que haya quien se los invente o los prepare, incluso los finja. Aunque sean inventados o estén tan preparados como estos. Las experiencias reales no interesan tanto porque son personales e intransferibles, son íntimas. Y eso no vende. ¿Para qué quiero sentir algo si los demás no lo ven?

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