La vieja casa estaba situada en la calle Barón haciendo esquina con la avenida Continental. Era una edificación adosada de dos plantas con buhardilla. La fachada era de disposición asimétrica y el techo caía abruptamente inclinado hacia el suelo. El exterior estaba forrado de madera pintada de blanco y un porche sujeto por dos columnas haciendo juego. Una vieja puerta mosquitera a la que le faltaba de una de sus bisagras, se balanceaba chirriando por la brisa todas las mañanas, y un largo atrapasueños se golpeaba contra la astillada madera los días de viento. Todo el conjunto daba un aire acogedor y muy típico de la zona sureña de los Estados Unidos.
Ana adoraba aquel lugar desde que tenía uso de razón, le encantaba perderse en el ático de esa casa. Su madre le había permitido improvisar una tienda de campaña con unas viejas mantas y se pasaba horas con la luz de un viejo farol jugando a las muñecas, leyendo o pintando con unos viejos carboncillos que habían sido propiedad de su fallecida abuela. Así transcurrió su vida hasta cumplir los trece años, momento en que ellos quedaron huérfanos. Siempre pensó que eran una familia típica, normal, asentada en las mismas tierras que sus ancestros, hasta que todo cambió.
La muerte tan abrupta de sus padres le afectó profundamente, las pesadillas no le dejaban descansar y muchas veces vagaba sin sentido por la casa. No comprendía los hechos con exactitud, no daba crédito a lo que había sucedido, pero sí tenía algo claro, es que, desde ese preciso momento, ellos estaban solos.
Aquel día decidió volver a subir por las viejas escaleras después de tanto tiempo, buscando de alguna manera, reencontrarse con ellos y no sentirse tan sola. El olor a humedad típico le llenó la cabeza de recuerdos y al tirar de la vieja cadena de la lámpara que colgaba del techo, la transportó de inmediato a parte de su infancia. Estaba todo como lo recordaba, el escritorio de metal que tantas veces le sirvió de escondite seguía en la misma esquina. La mecedora apolillada aún se mantenía en pie y la colección de abrigos de piel que colgaba del techo, continuaban en la misma posición, solo que ahora, tenían un aspecto un poco más acartonados. Un par de alfombras enrolladas, una lámpara de los años 50, un maniquí de la época cuando su madre confeccionaba prendas y una maleta de herramientas oxidadas. Varias cajas apiladas en una esquina pedían a gritos explorarlas, pero el baúl de roble lleno de sellos postales se había llevado el primer puesto. La verdad era que Ana, se moría por saber que había dentro. Pensó un segundo, rebuscando en sus recuerdos, pero no tenía ninguna imagen de ese arcón en su infancia. Estaba claro, que su padre debió adquirirlo antes del trágico accidente.
Raúl se adelantó dando grandes zancadas, llegando casi al instante al rincón, levantó la tapa con energía y después lo arrastró varios centímetros hasta la luz para observar el interior. Su hermano mayor siempre fue más ansioso y esta vez no sería la excepción. Una colección de postales, varias revistas de National Geographic, un búmeran, una camisa vieja a cuadros, una bolsa llena de canicas y un joyero de porcelana con una pequeña bailarina de ballet. Todos objetos que Ana jamás vio en su casa. El joven agarró una especie de caja oscura que le llamó poderosamente la atención, sopló el polvo acumulado bajo la atenta mirada de su hermana y abrió el pequeño estuche, descubriendo un viejo reloj de bolsillo con una larga cadena. Aparentaba ser de plata y en la tapa grabado a mano el número 13 sobresaltaba en relieve con una serpiente enroscada. Lo observó con detenimiento, las agujas eran de marfil que brillaban con intensidad sobre un fondo negro y en el centro un pequeño diamante que remataba su hermosura, pero lo más extraño era su terminación, siendo el número 13 el que reinaba en lo alto del dial.
—¿De dónde lo habrá sacado? Es realmente extraño. ¾Raúl lo observaba con gran interés bajo una lupa¾. Es increíble, no existen los relojes así, es único.
—Lo habrá traído papá de algún viaje o lo compró en una de esas subastas raras a las que le gustaba ir. ¾Ana estiró la mano reclamando el objeto, pero su hermano la ignoró¾. Ya sabes como era de extraño para esas cosas.
—Miraré si funciona. Parece de cuerda, esto debe valer un buen dinero. Al menos servirá para pagar deudas.
—No creo que funcione. ¾Ana intentó quitarle el reloj a Raúl de las manos, pero este se dio la vuelta para evitarlo mientras giraba varias veces la corona¾. Igualmente, no me interesa, solo es una antigüedad de papá ¾dijo ofendida ante la indiferencia.
Cuando los diminutos engranajes se pusieron en marcha, sonaron impertinentes en los oídos de Ana. Tic tac, tic tac. No pudo evitar que la piel se le pusiera de gallina y un escalofrío recorriera su espina dorsal, había algo extraño en ese viejo artefacto que la ponía nerviosa. Alguna antigua magia, un secreto o peor aún, una maldición. Estaba claro que era la única que lo podía sentir, por eso su hermano se encaminó hacia las escaleras y las bajó ignorando su reacción.
Intentando despejar la mente, Ana se dio un relajante baño, se aplicó el tratamientos de cremas que había comprado recientemente, y secó su larga melena con cuidado antes de bajar a la cocina.
—¿De verdad? ¿Estás cenando y no fuiste capaz de esperarme? ¾Puso los ojos en blanco mientras observaba a su hermano cenar un plato lleno de espaguetis a la boloñesa¾. ¿Es que no piensas contestarme?
Se quedó boquiabierta mirando a Raúl recoger el plato mientras tarareaba la canción que escuchaba a través de los auriculares. Después de pasar algo de agua por arriba y salpicar las paredes del fregadero con salsa de tomate, lo dejó allí abandonado y antes de salir habló sin ni siquiera dedicarle una mirada.
—Mañana lo lavaré.
—¡Eso espero! ¾gritó Ana antes de que desapareciera camino de su habitación.
La situación era difícil, desde que sus padres murieron en aquel accidente, tuvo que hacerse responsable de la casa mientras su hermano, se encerraba en su mundo ignorando todo a su alrededor. Ya no era el mismo y suponía que jamás volvería a ser el joven con el que ella se crio. Su rostro se ensombreció y unas finas arrugas aparecieron en su frente, marcándose con profundidad según pasaba el tiempo.
Abrió la nevera aún sabiendo que no iba a extraer nada de ella porque el apetito la había abandonado con el comportamiento de Raúl, cerró la puerta y pensó que lo mejor era irse a dormir lo antes posible teniendo la esperanza de que todo se arreglara con el nuevo día. Miró el reloj de pared, marcaba las 13:13 horas y maldijo el dichoso aparato, otra vez se había detenido, pero daba igual, era el momento ideal para irse a la habitación, apagó las luces y se marchó.
No sabía con exactitud cuánto tiempo había pasado, pero el frío intenso la fue despertando. La habitación se encontraba helada y en penumbras. Intentó moverse, pero algo se lo impedía. Luchó con fuerzas por abrir los ojos, pero estaban rodeados de una fina telaraña, fuerte y consistente, que pegaba sus párpados con fuerza. Se removió en la cama con desesperación intentando levantarse, pero era imposible, estaba sujeta a una tela viscosa y maloliente que le rodeaba el cuerpo, atrapándola y presionándola contra un ser gelatinoso. Intentó gritar, pero el mismo material le llenaba la garganta, ahogándola por momentos. Su cuerpo sudaba desesperadamente, pero cualquier esfuerzo que realizaba estaba siendo inútil.
—Cuánto más luches, peor será. ¾La voz sonaba ronca y profunda muy cerca de sus labios, acariciándola con su aliento ácido¾. Si quieres que desaparezca solo tienes que conseguir una cosa. Algo tan sencillo y efímero que no te costará conseguir.
Ana intentó hablar, pero solo logró soltar un gruñido gutural aterrador.
—Silencio, no te esfuerces, solo escucha. ¾Presionó aún más las costillas de la joven y esta se quejó de dolor¾. Fui forjado del fuego sin humo, del calor del desierto, de las arenas del tiempo. Cuando el hombre no pisaba esta tierra y los rayos de Ra solo llegaban a las bestias y a las alimañas. Nací del pecado de los dioses y por ello fui condenado a conceder los sueños a los mortales. Del deseo y la muerte, llega la vida, solo así podré vivir. ¾Acarició el cuerpo rígido de Ana con sus manos sucias y repugnantes, sintiendo cómo deslizaba por ella unos dedos ásperos y escamosos¾. Tú debes elegir, si logras que tu hermano pida un deseo, mi vida no llegará de su muerte. El reloj fue puesto en marcha, ya no hay otra opción.
Ana se despertó esa mañana dolorida y aturdida. La pesadilla de la noche anterior le había pasado factura, y ahora, casi no podía moverse. Bajó con pereza las escaleras y miró por la ventana como el sol iluminaba todo, parecía un día tranquilo. Sacó una taza del armario y la sirvió casi hasta el borde de café mientras miraba la hora en el reloj de la cocina, marcaba las 13:13 horas, su hermano no fue capaz de arreglarlo. Bebió un largo sorbo del líquido negro, mientras veía como Tobi, el puñetero perro del vecino orinaba su portilla de la entrada, se limpiaba las asquerosas patas traseras en el césped y seguía su camino. Un golpe fuerte en la puerta casi provoca que derramara la bebida en su pijama, estaba segura de que se trataba James. El joven repartidor de periódicos que aventaba el titular matutino con todas sus fuerzas y que, más tarde, ella recogería medio destrozado. Estaba claro, que a ese chico le sentaban mal los anabolizantes. Y ahora que se daba cuenta… ¿Dónde estaba su hermano?
Tic tac, el ruido impertinente del reloj de bolsillo le llegaba a sus tímpanos. Debía encontrarlo y deshacerse de él, en ese momento, recordó el extraño sueño de la noche anterior y una voz profunda, resonó en su mente.
—Recuerda, debe pedir un deseo. Del deseo y la muerte, llega la vida. ¾Ana miró a su alrededor, pero no había nadie¾. Yo me encargué del tiempo, para que logres tu propósito tranquila, pero cuidado, que mi reloj sigue funcionando y la aguja avanza.
Tic tac, el ruido se acercaba descaradamente hacia ella, junto a su hermano que se levantaba con el cabello revuelto y el maldito artefacto en su mano.
—Raúl tenemos que hablar. Ahora mismo. ¾Se plantó frente al joven mientras este se sentaba junto a la mesa de la cocina¾. Ese maldito reloj está haciendo algo, están pasando cosas extrañas. No fue buena idea sacarlo del baúl de papá.
—¿Qué haré contigo? ¾preguntó su hermano hablando al objeto metálico¾. Si solo supiera para que sirves.
—¡Basta Raúl! Esto es importante, debes entregármelo. ¡Deja de ignorarme! ¾La ira comenzaba a encender el rostro de Ana lleno de impotencia¾. No sé de dónde habrá sacado papá ese reloj, pero debe estar endemoniado. Debemos destruirlo o deshacernos de él.
Raúl miraba inerte su taza de café, mientras jugaba con la otra mano con las perillas.
—¡Se terminó, niño estúpido y malcriado! ¾gritó Ana con todas sus fuerzas mientras golpeaba el reloj haciéndolo salir despedido hasta que topó contra la pared.
Su hermano miró sus manos, incrédulo y sin mediar palabra, recogió el artefacto intacto y se marchó a su habitación. ¿Qué demonios estaba sucediendo? ¿Qué locura era todo esto? Ana intentó calmarse, respiró profundo y apoyó su frente en el frío cristal del ventanal de la entrada, y ahí, lo vio. A pocos metros de ella, estaba el maldito Tobi orinando la portilla otra vez, y limpiando sus sucias patas en el césped. El golpe seguido en la puerta esa mañana no la sobresaltó y la abrió de inmediato para recoger el destruido periódico por el imbécil lleno de anabolizantes. Lo desenrolló y miró la fecha. Era el día 13 del 2013, maldito número. Todo le resultaba una locura, ella siempre había sido reacia a creer en nada de esto y no permitiría dejarse llevar. En ese momento, Raúl volvió a entrar como si nunca hubiese estado allí, con el pelo revuelto y el reloj en la mano. Tic tac.
Debía calmarse, por ello, salió corriendo y se encerró en el baño. Lavó su rostro con el agua fría del grifo y se observó en el descascarillado espejo que se encontraba amurado en la pared desde que ella tenía uso de razón. Sus ojos reflejaban miedo, desesperanza y hasta un poco de cobardía. Apoyó la frente en sus manos y sintió como la noche se cernía sobre ella, cerrándose como una zarpa, aprisionándola en ese pequeño espacio. Los blancos azulejos habían desaparecido y esa voz, siniestra, inicua ocupaba otra vez su mente.
—Solo un deseo Ana y habré desaparecido de vuestras vidas.
—¡Déjanos en paz! ¿Qué demonios sucede aquí? ¾Giraba sobre sí, pero solo veía oscuridad a su alrededor¾. ¿Qué eres? ¡Socorro!
—El tiempo se detuvo, el viento ya no mueve las arenas del desierto, hasta que yo lo diga.
Unas manos negras y escamosas le tocaron el rostro, le abrieron sus labios e introdujeron varios dedos saboreando su interior. Provocándola asquerosamente sensual. Sintió el sabor amargo de la suciedad de debajo de las largas uñas y un aroma a tierra putrefacta subió por sus fosas nasales. Era el olor a la muerte.
—Han despertado al Djinn, ahora ya no hay marcha atrás. Quedarán atrapados en este instante, ¡hasta que tu maldito hermano formule su deseo! ¿Acaso no lo entiendes niña tonta?
Una larga lengua bípeda se extendió a lo largo y rozó sus mejillas, sus labios, sus párpados, dejando una saliva viscosa y gris por todo su rostro. Amenazándole, quebrantando sus fuerzas, profanando su intimidad y mancillando la poca cordura que le quedaba. Momentos después se desmayó.
Al despertar se dio cuenta de que el golpe en la frente fue demasiado fuerte, por suerte, los azulejos blancos y desgastados del baño habían vuelto. La sangre manchó el viejo inodoro y su cabeza aún daba vueltas, pero agradecía que ya no estaba en la oscuridad, con ese ser grotesco y maligno. Las alucinaciones eran tan reales, que todavía sentía su tacto, su olor. Miró sus manos y le temblaban con fuerza.
—Tranquila, nadie puede contigo. Esto es solo una ilusión, una pesadilla, nada más y cuando salgas de este baño, todo será normal, como todos los días. Monótono y aburrido. Tú puedes Ana, solo limpia la herida y sal de aquí. ¾Se repetía las palabras en voz alta intentando convencerse.
Caminó despacio hasta la cocina, el olor a café le llegó de inmediato, que placer, simple normalidad. Llenó su taza saboreando el líquido con premura y abrazó con ambas manos la cerámica sintiendo el calor en sus dedos, la paz. Caminó unos metros hasta la vieja mesa de madera y lo vio. Sintió como las piernas se le aflojaron, como la vida se le estaba yendo en ese segundo. La taza cayó al suelo haciéndose añicos en el preciso momento que Tobi, el perro del vecino, como un disco rayado volvía a levantar la pata derecha para orinarle su portilla. Ana dio un salto largo hacia la puerta y la abrió con violencia, mientras entró volando el periódico y chocó contra una de las patas del aparador.
—Por Dios, esto tiene que terminar. ¡Raúl! ¾Ana corrió escaleras arriba y entró con fuerza en la habitación de su hermano, pero este como de costumbre la ignoró¾. Tienes que ayudarme, te necesito. Solo debes decir que es lo que deseas más en este mundo. Tenemos que darle lo que quiere o no nos dejará en paz. ¾En el ático se sintió unos pasos fuertes, el demonio volvía a por ella.
—Nunca voy a estar tranquilo. ¡Nunca se va a terminar! ¾Raúl golpeó el escritorio y salió rumbo al desván¾. ¡No sé que puedo hacer! ¾Se detuvo en la puerta en seco.
—Esto es por culpa del reloj, hay que detenerlo y solo pidiendo un deseo lo podemos hacer. ¾Acercándose al oído, le susurró con miedo¾. Ese artefacto diabólico trajo la muerte a esta casa.
—Ya no duermo, ya no vivo, ya casi ni respiro. No quise hacerlo, jamás pensé en hacerlo. ¾Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro inerte¾. Después de la muerte de mamá y papá. Solo sé que cambié y no pude evitarlo, ya estaba condenado.
—¿De qué estás hablando Raúl? ¿Puedes por favor mirarme? No entiendes lo que te estoy diciendo. Todo esto es por culpa del maldito reloj.
—Cuando encontré el reloj en ese viejo baúl, volvieron todos los recuerdos a mí, bueno, en realidad nunca se fueron. Nuestra infancia juntos, los juegos, las peleas. Las tartas de mamá con leche y canela mientras veíamos los dibujos en la televisión. ¾Sacó el artilugio del bolsillo y lo acarició, mientras Ana veía horrorizada cómo marcaba las 13:13¾. Papá, a decir verdad, poco permanecía en casa, no entendí el motivo hasta muchos años después, cuando descubrí su búsqueda incansable.
—¿Qué búsqueda? ¿A qué viene todo esto? ¾Ana intentaba entender las palabras de su hermano y esa indiferencia de no mirarla al rostro desde hacía tanto tiempo.
—Muy pocas personas lo sabían y yo, ya no soy capaz de mantener el silencio. Papá luchaba día tras día contra un demonio, una fuerza oscura que se escondía dentro de él y del cual, jamás pudo liberarse. ¾De uno de los cajones sacó una foto borrosa de la familia¾. Mamá lo sabía y nunca fue capaz de decir nada, era tan culpable como él… Yo no imaginé que esa tarde tendrían ese accidente de tráfico, era impensable… Si tan solo hubiese ocurrido un día antes.
—Nuestros padres murieron en aquel accidente de coche, nada podíamos hacer, Raúl.
—Lo hice para protegerte, para que sus sucias manos no llegaran también a ti. Para que ese ser repugnante que decía ser nuestro padre no te pudiera poner una mano encima. ¾Raúl rompió a llorar con fuerza mientras presionaba el reloj en el interior de su puño¾. Si tan solo pudiese volver atrás y saber que ese accidente iba a suceder. Jamás te hubiese puesto las manos encima, hermana.
—¿De qué estás hablando?
—Jamás hubiese esperado a que ellos se marcharan para venir a buscarte a dónde jugabas siempre en el ático, no me hubiese visto obligado a preparar la almohada con la que subí en mis manos, ni tendría que haber pasado por la necesidad de quitarte la vida para protegerte. ¾Raúl miró hacia la esquina donde tantas veces se montaban la improvisada tienda de campaña con las sábanas viejas¾. Solo desearía poder cambiar mi vida por la tuya, y que ahora, estuvieras tú con vida.
—Pero, ¿qué estás diciendo? ¡Estoy aquí Raúl! ¾Ana retrocedió varios pasos cuando una forma humanoide se acercó a las espaldas de su hermano¾. ¡No! ¡Raúl!
—Deseo concedido.
Raúl miró a su hermana por última vez y le sonrió.
—Ahora tendrás la vida que yo te arrebaté.
Muchas veces, estamos mirando, pero fingiendo no ver. Creamos nuestros fantasmas y los hacemos realidad. Es endemoniadamente horrible verse a uno mismo y no ver nada, por eso creamos nuestra existencia y la mayoría de las veces, comienza con un solo deseo.
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