Archipielago

EL VALLE PERDIDO Por Brian Martin-Onraët

Te voy a contar de un lugar único, un lugar donde nació el Hombre, donde los ríos se esconden debajo de la tierra, delatándose por las hileras de acacias que corren en el suelo árido, un lugar perdido entre las nubes, blancas, tan blancas, con un cielo azul, tan azul que no quieres volver a ver ningún otro cielo.

     Es una cicatriz en el planeta, un inmenso valle hundido en el altiplano de África, cuando el continente se empezó a partir hace millones y millones de años. Se llama Rift Valley, algo como el Valle Partido. Algunos dicen que es el Paraíso Perdido, pero es fácil de encontrar, a dos horas de Nairobi. ¿Te conté como es Nairobi? La inventaron los ingleses para escaparse del calor de la costa. Inventaron una línea de tren para llegar al altiplano, fresco, húmedo, verde como las colinas de Escocia, o las montañas del Norte de la India. Para el tren, trajeron capataces del Penjab, del Rajastan, de Lahore. Edificaron una ciudad inglesa, con sus casas de ladrillo, de ventanas blancas. Plantaron buganvillas, rosas, muchas rosas. Los ingleses necesitan rosas y Whisky para sobrevivir. Los Hindúes ya les habían enseñado el Té. Shá, en Urdu, y Chai en Swahili. Para regresarles el favor, los ingleses enseñaron el cricket a los Pendjabis, los Sindhis y los otros pueblos de la India. Cuando éstos empezaron a ganarles en el Cricket, los Ingleses entendieron que era hora de partir. De la India y de África. Se fueron muchos, algunos se quedaron, Africanos blancos, los wazungu. Era su tierra.

     Hoy, paseando en Nairobi, los ves a todos: los wazungu, los Sikh, que llevan el cabello sin cortárselo nunca, en un moño debajo del turbante, con la pulsera de acero en la muñeca, símbolo de fuerza, las mujeres en sari rojo, verde, negro, bordado con hilos de oro, los Kikuyus, que vivían ahí, antes, mucho antes. Con suerte verás a los Maasai, que vienen a vender su lanza en las tiendas para turistas. No compres una lanza Maasai en estas tiendas, ni se las compre a ellos, si vas en safari. Yo compré unas hace siglos, y me arrepiento, era como comprar un pedazo de su alma. ¿Qué hace una lanza Maasai colgada en una pared? Nada. Ya no sirve, ya no va matar leones, y no protege a nadie.

     No compres nada. Salte de la ciudad de las jacarandas. Toma el camino hacía el Norte, entre los eucaliptos, y la tierra roja, donde las mujeres Kikuyu siembran el maíz. Hace frío, un poco, pero la carretera es buena. Y, de repente, es como si la tierra se abriera. Llegas al borde del altiplano, y te detienes. Quinientos, seiscientos metros abajo, lo ves: el Valle partido. Rift Valley. Es la separación de Africa. Cada siglo el Valle se abre, dos, tres centímetros. En pocos millones de años se acabará de separar de Africa, formando un nuevo continente.

     Del borde del altiplano, puedes ver el valle hasta el horizonte, hasta Tanzanía al Sur, quizá hasta el Kilimandjaro, el volcán apagado, la montaña más alta de África. Y empiezas a bajar. A media montaña, pasas al lado de la iglesia que construyeron los prisioneros italianos, en la segunda guerra mundial. Cuando llegas en el Valle, El calor te asalta, seco, rico. Y los ves: los Maasai. El valle es el País Maasai.

     Al sur, en Olduvai Lodge, una pareja de ingléses, Louis y Mary Leakey descubrieron los restos de los primeros hombres. Los primeros pasos marcados en la lava. ¿Adán y Eva? Eran bajitos, nuestros abuelos, un metro veinte, algunos muy peludos, seguramente todos negros. ¿Hablaban? ¿Contaban chistes? ¿Se reían? ¿Cantaban?

     Los Maasai llegaron con sus vacas mucho después. Creen que Dios (Enka) encargó a los Maasai todo el ganado del mundo. Entonces, logicamente, si alguna otra tribu tiene vacas, es que se las robaron hace tiempos y se vale robarselas otra vez. Visten grandes telas rojas. Las mujeres se afeitan la cabeza y llevan enormes collares de perlas de vidrio. Los hombres andan desnudos debajo de la tela roja. No salen sin su lanza. Antes tenían que demostrar su valor, matando a un león. Hoy los leones están protegidos. Los Maasai se convirtieron en ganaderos. Venden la carne al Gobierno, y compran telas de todos los colores para las mujeres. Empezó la moda, tal año, amarillo, otro, azul. Los jóvenes Maasai se hacen peinados elaborados, con trenzitas finas, amarradas en una cola redonda.

     Rift Valley. No es un paraíso perdido, sino uno de los últimos lugares donde sobreviven los animales. Gacelas, antílopes, jirafas, cebras, leones, hienas, elefantes, búfalos, gnus, leopardos, cheetas… en Abril, cuando empiezan las lluvias, nacen las crías. Como una inmensa guardería de animalitos de peluche.

     ¿Te conté del cielo? Tan, pero tan azul, con esas nubes que bailan, tan, pero tan blancas. Tienes que verlo también de noche, en un lugar escondido entre las acacias, cerca de un río. La hoguera prendida, en un círculo de pasto cortado con machete. Y te quedas ahí, con el calor del fuego, y los oyes, los gritos de los monos y los pájaros en la noche, la risa de la hyena, la tos ronca de un león que anda por ahí, los movimientos furtivos, bajas los ojos de las millones de luces en el cielo y ves los ojos brillantes que se te miran en la oscuridad.

     Es un lugar único, un viaje mágico que nunca acaba, donde por unos escasos minutos te llevé.

© B. Martin-Onraët & Equinoxio

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