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LA VENGANZA DE LAS CARRACAS by Mercedes G. Rojo

            Imagen tomada de Google

Un año más las calles y las casas del pueblo se envuelven en un silencioso y obligado fervor de Semana Santa que pone en sordina los sonidos más alegres, y hasta los más cotidianos que parecen amortiguarse entre susurros de lutos. Las escasas radios, que solo los vecinos más pudientes disfrutan, han llenado de silencio sus ondas; han acallado sus voces los instrumentos pastoriles y los que llaman al baile alegrando las aún largas noches de primavera; las campanas solo tocan a duelo. Diríase que hasta los perros ladran con recelo y que mozos y mozas detienen su risa juvenil en las gargantas para no romper la atmósfera de duelo que ha de reinar en estos días por todos los rincones. Por decreto, por imperiosa orden llegada de las altura. Un año más invade el lugar la atmósfera de esos días “santos” en que toda alegría, pasado el domingo de Ramos y hasta la llegada del de Resurrección, está terminante prohibida, por orden dictatorial del Gobierno de Franco.

            Y en esos días que incitan al duelo y al recogimiento, con los santos de la iglesia e incluso el altar  cubiertos por negros paños, llega el Jueves Santo y su noche de tinieblas mientras todos los fieles se preparan para conmemorar la muerte del Mesías. En el templo, sumido ya en la nocturna oscuridad que va desplazando el día, entre las penumbras apenas rotas por las llamas temblorosas de los cirios encendidos sobre el altar, la vecindad se distribuye por los distintos espacios: los hombres en el coro, las mujeres en las naves, arrodilladas entre bancos y reclinatorios, las sayas derramándose descuidadas sobre el suelo. Y una vez más, como todos los años, se repite el rito: una monótona cantinela que rebota sobre los muros de la iglesia alternando durante cinco misterios sus diez dísticos[1] y sus correspondientes respuestas, que se repiten susurrantes:

Dadnos, Señor, buena muerte,

por tu santísima muerte.

Dadnos, Señor, buena muerte,

por tu santísima muerte.

Dadnos, Señor, buena muerte,

por tu santísima muerte.

            Al terminar este Rosario de la Buena Muerte, cae el templo en una total oscuridad y el silencio que sigue al rezo se ve interrumpido, apenas por unos minutos, por un estruendoso castañetear de matracas y carracas que lo inundan todo anunciando las tinieblas en que sumió al mundo la muerte de Cristo. La algarabía es tan ensordecedora que los mozos, tratando de zafarse por un momento de la impuesta y rígida seriedad de los días santos, rompen el recogimiento y, armados de martillos y clavos, aprovechan la doble alianza de ruido y oscuridad clavando a los bancos las sayas de las mozas descuidadas. Eligen a las más jóvenes o a las más ingenuas, conscientes de que las mayores parecen ver en la oscuridad y que es habitual que les reciban con un pescozón o un tirón de orejas, sin temor a errar el tiro.

            El golpeteo de los martillos pasa desapercibido entre el atronador ruido y, cuando el silencio vuelve a la noche y la trémula luz de las velas a iluminar la iglesia, algunas de esas mozas, levantadas repentinamente de sus sitios, caen al suelo arrastradas por las sayas atrapadas en los bancos. En el peor de los casos, a algunas de ellas se les rasgan. La mala suerte ha querido que, este año, entre estas últimas se encuentren Paca la del Macario, Marcela la de la Rosa y Raimunda, la del ti Ceferino. Todo el mundo en el pueblo sabe como se las gastan estas mozas, especialmente cuando algo o alguien las cabrean. Y eso a nivel individual que, aunando fuerzas, nadie es capaz de imaginar lo que pueda llegar a ocurrir. Ante el estropicio de sus sayas la vecindad toda espera expectante su respuesta mas, como si previamente se hubiesen puesto de acuerdo entre ellas, apenas sale de su boca algún que otro improperio mientras los mozos, inquietos al descubrir la identidad de quienes se han llevado la peor parte de su broma, respiran tranquilos observando que no parecen dispuestas a venganza alguna. Y así, tras transcurrir varios días sin que nada ocurra, todo el mundo olvida la broma acaecida, un año más, en esa noche de tinieblas.

            Mientras tanto, Paca, Marcela y Raimunda, van alternando tardes de costura en sus correspondientes casas, tardes que ocupan en zurcir las rasgadas sayas y en descubrir soluciones que hagan parecer las prendas como nuevas (porque nuevas eran) y todo sin mostrar ante nadie la menor cara de enfado. Tardes de costura y de conspiraciones porque, lejos de olvidar lo acaecido, las muchachas traman su venganza contra los mozos  que siempre están buscando la manera de alborotar a las jóvenes del pueblo;  venganza que se servirá en el próximo filandón que se prepara para dentro de unos días, coincidiendo ya con los “mayos”, pues este año vino tarde la Semana Santa. Asesoradas por la ti Manuela, la curandera del pueblo, se hacen con una abundante cantidad de aceite de ricino que mezclan con el aguardiente con el que han de regar varios bizcochos con los que obsequiar a los jóvenes el día del encuentro. Tienen que buscarse la alianza de otras mujeres del pueblo para no despertar la suspicacia de los mozos. Y se dirigen a Candela. Ella tiene fama de ser la mejor repostera de la contorna y en no pocos filandones regala a los vecinos con sus dulces. Así que nadie sospechará si es ella quien entrega el presente a los zagales. En la víspera, las tres mozas se afanan en los dulces. Han de ser generosas si quieren que el laxante haga su efecto.

Al llegar el día señalado, tras un animado filandón, Candela se dirige sigilosa al grupo de mozos que aún habrán de seguir por un buen rato la fiesta y, con un guiño cómplice a las tres jóvenes que observan calladas desde un rincón de la estancia, entrega a los zagales media docena de bizcochos.

Para que tengáis un buen mayo –les augura complaciente-. Tened cuidado en no compartirlo con las mozas ni con los pequeños porque va bien cargado de aguardiente. –y les guiña un ojo dedicándoles una espléndida sonrisa.

Salvo ellos, todo el mundo se retira poco a poco. También Raimunda, Paca y Marcela, conscientes de que el ricino irá haciendo efecto paulatinamente en cada uno de ellos, en función de lo que hayan comido previamente y de la fortaleza de los mismos. No es hasta el día siguiente que comienzan los dolores de vientre, los cólicos, los retorcijones, esa laxitud de colón que impide que algunos puedan retener los líquidos dentro de su cuerpo. Les pilla desprevenidos y en los más inesperados e inapropiados momentos y situaciones. Así durante varios días en que se les ve vagar por el pueblo o encerrarse en sus casas con los rostros desencajados y los cuerpos retorcidos. Y mientras, con las tres jóvenes paseando ufanas enlazadas por el brazo y una sonrisa permanentemente grabada en sus habitualmente inexpresivos rostros (algo antes poco visto en ellas), comienzan a correr los rumores por el pueblo. Como una letanía, de boca en boca, de oído en oído, de un extremo a otro y por todos los rincones. Un murmullo que se extiende imparable:

“la venganza es un plato que se sirve frío”

“la venganza es un plato que se sirve frío”

“la venganza es un plato que se sirve frío”


1] Dístico es, en la versificación en idioma español, un sinónimo de pareado. Además, según el filósofo Tomás Navarro Tomás es una forma métrica en español que imita una forma clásica compuesta por un hexámetro y un pentámetro. Esta forma clásica es el dístico elegiaco. El resultado de estas imitaciones de las formas clásicas dan un verso fluctuante que basa la armonía en su ritmo acentual.

Este relato forma parte de los materiales recogidos en el libro Artistas de León al rescate de Concha Espina, coordinado por la propia Mercedes G. Rojo en homenaje a la escritora cántabra. (Ediciones del Lobo Sapiens. León, octubre de 2020)

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