Septiembre fue siempre un gato ajeno, de siete y cuarto a seis. La hora y cuarenta y cinco en la que se me entregaba, con intachable puntualidad, la dedicaba a una devota siesta en mi balcón, bajo una tomatera que sacaba frutos por concepción divina, que vino con el piso y a la que, por ser yo mezquina y sedienta, mezquiné agua y atención. Admito que idéntico trato recibió el felino (aunque musculoso y robusto, y menos necesitado) pues me negué a rebajar nuestra amistad con sobornos de atún o leche.
Todavía atesoro nuestros silencios junto al olor a cloro de algún verano y las charlas con mi difunta madre. De lunes a lunes, y tras un bostezo digno de tragarse una cebra, la bola naranja se estiraba hasta quedar plana, como un sol de atardecer. Luego se marchaba a su otra vida, y yo me deleitaba en el azul gélido de la melancolía; en el consuelo de un cristal tibio latiendo en las yemas de los dedos.
Para las ocho lo había olvidado, pero de siete y catorce a siete y quince lo adoraba, como adoro todo aquello que es fugaz. Quizás por eso fue «Septiembre» y no «Marzo», mes en que solía regresar. Cuando los primeros frescos del otoño picaneaban las alas de las aves migratorias y cada «Ñac ñac» de sus uñitas amenazaba con ser el último, mis ojos acopiaban la luz de entre sus pelitos de diente de león. Así sobreviví unos cuantos inviernos sin él.
«Ñac ñac» crujían los huesos de las hojas bajo mis botas, un miércoles de octubre. Pensé en Septiembre y, sin querer, lo materialicé sobre el capó de un Fiat. Una voz femenina, a mi izquierda, dio por tierra el milagro y transformó el vino en agua de zanja.
—¡Pantufla! ¿Quién es un gatito comelón?
Sus coloridos ruleros se camuflaban con los malvones de la ventana.
—¡Pantuflaaaaaa! —escuché otra vez, y ya no pude levantar la cabeza.
De sopetón lo vi dudar: no sabía si hacerse cargo del llamado o atrasar su momento del almuerzo. El veredicto me dio igual. Hui, con el cuello encogido y los puños apretados en los bolsillos. A lo lejos se carcajeó una urraca.
Al alcanzar la esquina, choqué contra una pared de viento seco. Con la nariz helada lloré por aquel sol que (¡lo sabía!) ya no volvería a posarse en mi balcón.
NATALIA DOÑATE
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