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LA ULTIMA CONTIENDA by Javier Caballero Bello

Me lo contaba mi abuelo y a él, a su vez, se lo había contado el suyo. Nunca tuve la certeza si este relato era real, si se lo había ido inventando o solo lo había sazonado y añadido cosas que ya su memoria había borrado. Pero crecí con esa historia en la cabeza, que primero conté a mis hijos y luego a mis nietos.

Corría el año mil ochocientos setenta y tantos en aquella España atrasada, hambrienta y diezmada por los conflictos civiles; a mi antepasado, que se llamaba Francisco Arribas y todos le conocían por Patxi el zurdo, tanto por su tendencia a utilizar principalmente la parte izquierda de su cuerpo como por su significación liberal. Los turbulentos acontecimientos de su época le hicieron alistarse como voluntario en la campaña del Norte.

El motivo que dio lugar a este conflicto se produjo años atrás cuando el rey Fernando VII, padre de la futura Isabel II, murió sin descendencia masculina y, al haber promulgado la Pragmática Sanción que derogaba la ley sálica, una ley que prohibía la subida al trono de las mujeres, postergó a su hermano, el infante Carlos María Isidro, en su sucesión.

Las Guerras Carlistas, como se las denomina, duraron casi cincuenta años y complicaron la historia de la primera mitad del siglo XIX español; la segunda mitad se complicaría todavía más con las sucesivas crisis y cambios de los gobiernos incapaces de mantener un minino equilibrio. Y terminaron cuando Alfonso XII, sucesor de Amadeo I de Saboya, tomó el mando directo de las tropas y derrotó al infante don Carlos, que se sublevó por tercera y última vez cuando pensó que el cambio de la dinastía Saboya facilitaría su subida al trono.

Patxi era cocinero de profesión y por aquella época todavía no era más que un joven pinche de cocina. Los avatares de la vida le habían conducido al ejército liberal en contra de los carlistas. Se había alistado con su padre, que lo había perdido todo en la anterior campaña durante la ocupación del sur de Navarra; el odio y el deseo de venganza, tan arraigado en aquella época cainita española, le habían conducido a esta guerra.

Se ocupaban de la cantina, un carro tirado  por una recua de mulos donde llevaban varios toneles de vino y estaban integrados en el escuadrón de avituallamiento, formado por una caravana de carros y una compañía de infantería como escolta.

Las primeras semanas fueron un paseo militar, las tropas del General Domingo Moriones, militar de amplia experiencia  y muy condecorado, que había sido gobernador de Las Filipinas, entraban en las principales poblaciones navarras sin disparar un tiro, con una tropa escasa y mal pertrechada estaba haciendo una campaña militar ejemplar.

Con sus escasos mil hombres iba en busca de las tropas del general Ollo, que casi le triplicaban en número y se encontraban dispersas, haciendo correrías por la comarca del Valle de Basaburúa Mayor, una zona navarra entre Estella y Pamplona.

Tras unas maniobras y movimientos de las tropas carlistas que hicieron replegarse a las tropas amadeistas pensaron que lo tenían todo ganado y el mismo infante Don Carlos, que se encontraba en Francia, cruzó la frontera pensándose ya vencedor de esa contienda. Craso error; la artillería de Moriones no dio tregua y tras unas horas de bombardeo continuo entraron sus tropas a la carga en el pueblo de Oroquieta donde estaban atrincherados los carlistas.

Hubo una desbandada general y a punto estuvo el propio don Carlos de caer prisionero, y al grito de “Volveré” abandonó precipitadamente el escenario bélico y se volvió a Francia.

Este era el panorama de aquella época en que Patxi el zurdo se encontraba  con su carreta de vino por esos contornos.

Uno de los ejes del carro se había partido debido al exceso de peso de la carga y al mal estado del terreno. Esto le había dejado inmovilizado en mitad de la nada. El resto del convoy cargó con que pudo y allí le dejaron solo al cuidado de tres soldados enfermos de disentería que medio deshidratados solo tenían el vino para reponerse. Los mulos y resto de las provisiones se fueron con el grueso de la compañía.

Sentado en la linde del camino escuchaba a lo lejos el fragor de la batalla y el lejano retumbar de las piezas de artillería mientras se lamentaba de su mala fortuna al no poder entrar en combate y ganarse la merecida y esperada gloria.

Al poco tiempo de estar inmovilizado llegaron unos carros de la recién creada Cruz Roja, con los toldos blancos y la cruz identificativa que se dirigía a la primera línea de fuego para prestar sus servicios humanitarios, pero dado el mal estado del terreno decidieron acampar allí mismo.

Esta organización se gestó tras en la Batalla de Solferino, donde las tropas del francés Napoleón III se enfrentaron a las de Francisco José I de Austria durante la Unificación de Italia. El resultado fue tan espantoso que en pocas horas murieron más de 40 mil soldados de ambos bandos y los heridos se aglomeraban por todos los pueblos, aldeas y caminos. De forma espontánea los civiles de las zonas limítrofes se organizaron para prestar auxilio a esos pobres desgraciados, sin mirar procedencia ni uniforme, en un acto humanitario sin precedente en la historia.

Poco después, Patxi empezó a ver movimientos de carros que transportaban heridos e incluso, observó un reciente invento de un español, “el mandil Landa” creado por el mismo Nicasio Landa, médico y cirujano, impulsor de la creación de Cruz Roja española, y que consistía una especie de camilla formada por dos travesaños de madera que sujetaban una lona y unas correas que permitía trasladar a los heridos con más agilidad, lo que supuso un gran avance para la época.

Poco podía hacer Patxi, solo ayudar y escanciar vino para mitigarles los dolores y el sufrimiento en un claroscuro alcohólico.

A lo lejos divisaba unas casas y allí se dirigió para pedir ayuda, mientras caminaba por esos campos vio que unos soldados del ejército carlista se le acercaron con los brazos en alto en actitud de rendición.

—Amigo, nos rendimos. Esto es una carnicería. No nos dispares.

—Yo solo soy un soldado que voy a buscar ayuda para los heridos. Buscad a otro para rendiros y entregaros. A mí dejadme en paz que ya tengo suficiente con lo mío.

Soltaron los fusiles y se arrojaron a sus pies implorando que les diese protección. Al parecer los liberales no estaban dando cuartel y temían por sus vidas.

Así que Patxi , el zurdo, se llevó a esos desgraciados en fila hasta el caserío con el fin de que transportasen todo lo posible para el auxilio.

Iban con los fusiles al hombro, apuntando al suelo, descargados y uno de ellos portando todas las bandoleras con la munición; así se encaminó de nuevo a las edificaciones.

Era una extraña estampa. Un solo soldado vigilando a casi diez prisioneros. Pero lo más curioso es que cada poco tiempo se les unían más; unos iban solos por el campo, otros en grupos pequeños, incluso se le entregó toda una sección. A las pocas horas eran más de cincuenta. Incluso uno llevaba un trozo de tela blanca sujeta a un palo como si se tratarse de una bandera.

—Oye, le dijo uno de los prisioneros, tengo unos parientes que viven cerca de aquí. ¿Te importa si me marcho? No diré nada a nadie.

—Joder, macho. Que poca seriedad. Haz lo que quieras, respondió el zurdo. Pero Prométeme que  no me vas a disparar. Y si hay alguno más que quiera marcharse contigo, que lo haga, pero que se lleve el fusil descargado.

Al final de la mañana llegaron al caserío. Sus ocupantes habían huido al inicio de la batalla dejando la mayoría de sus pertenencias. Se organizaron para disponer de lo más imprescindible. Llenaron un carro con la comida que encontraron, ropa de cama, mantas y sábanas para hacer vendas y se dispusieron a arrastrarlo hasta el punto de origen.

El camino de vuelta fue igual de azaroso, iban recogiendo por doquier soldados carlistas que se iban agrupando y entre todos empujaban el carro; con esa escusa pensaban ganarse el perdón y una rendición honrosa. Hasta un joven teniente herido en la cabeza se sumó al cortejo. Le quiso entregar su sable como muestra de sumisión pero Patxi no supo qué hacer con él y se lo devolvió.

—Patxi, porque no descansamos un poco. Estamos hartos de tirar del carro. Además hemos combatido desde el amanecer. Claro, como tú no has hecho nada, no estás cansado.

—Mira que sois. Esta bien. Pararemos un rato y comeremos algo. Alguien que se encargue de organizar un rancho.

Habían cogido unos jamones que aún estaban crudos, un barril con cerdo en salazón, unos panes y unos cestos con fruta y verduras recién recolectadas. Enseguida hicieron un fuego para asar las magras y un olor delicioso se expandió por el ambiente.

—Amigos. Aparecieron otros soldados al mando de un sargento. Buen momento para hacer de comer, con todo el ejército liberal persiguiéndonos. Pero la verdad es que huele que alimenta. Somos cuatro, ¿nos podemos unir al festín?

—Anda tú. Pregunta a ese que es el que manda.

—Pero si va con uniforme enemigo. Os habéis vuelto locos.

—Qué va. Nos hemos rendido. Y poco a poco se ha ido juntando más gente. Aquí estamos de todas las compañías. Hasta hay un teniente.

—Ese al que llaman Patxi el zurdo, es buena gente. No pondrá problemas.

—A ver los nuevos. Dejad la munición aparte; y si tenéis tabaco repartidlo para bien de todos. Y sobre todo, no me toquéis los cojones.

Llegaron donde habían dejado el carro del vino y vieron que allí se habían reunido varias tiendas de la Cruz Roja y los heridos que aún no habían sido atendidos estaban recostados en el suelo.

El cuadro era raro e impropio de una guerra. El néctar alcohólico había dado sus frutos. Más que un hospital de sangre parecía una reunión campestre de amigos. Todos charlaban y se contaban las mayores barbaridades.

—Pues yo después de matar a doscientos me fumé un puro que le quite a un capitán. Decía uno.

—Eso no es nada. En mi batería el oficial tiene tan buena puntería que les voló la cabeza a los cincuenta que estaban en fila. Apuntó el cañón y PUM, todos descabezados. Y porque no había más. Decía otro.

—A mí a matar no me gana nadie; me metí yo solo por un extremo de la trinchera y ensarte con mi bayoneta a todos los que pillé, mientras otro de mi pueblo iba por el lado contrario hasta juntarnos en el centro. Si nos dejan, acabamos con toda la compañía. Contaba uno en otro círculo.

—Asturias patria queridaaaaa, Asturias de mis amoreeeees. Cantaba un coro a voz en grito y más que desafinado.

—Pues como pille al cabronazo del cocinero. Nos preparo para desayunar unas gachas en mal estado y toda la compañía con cagalera. Menuda mierda de guerra. Y nunca mejor dicho. Se lamentaba uno que, a cierta distancia, se encontraba en cuclillas con los pantalones bajados.

La entrada de Patxi fue triunfal. Habían dejado las armas en el fondo del carro y marchaban a buen paso, desarmados pero con gallardía. Un general romano a la vuelta de sus conquistas por la Vía Apia no habría tenido tanta expectación.

Casi cien soldados carlistas en perfecta formación, tirando de un carro lleno de armas y provisiones, y al final de todos, con su fusil en ristre iba Francisco Arribas, alias Patxi el zurdo, el cantinero más marcial del Ejército del Norte.

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