Archipielago

Difusa —01 Autorretrato by Paula Castillo Monreal

Desde dentro del armario las voces se alargaban, y los gritos se convertían en bramidos de mar, como el que guardan en su fondo las caracolas. Había descubierto que si me tapaba los oídos con el cuenco de mis manos, las olas mitigaban cualquier otro sonido distinto al de ellas.

            Comencé a esconderme en el cuarto ropero para dejar de escuchar los gritos de mis padres y poder oler de cerca la ropa de mi madre. No tenía muy buen olfato, y pensaba que, si me acercaba a la nariz cualquiera de sus prendas y aspiraba fuerte, algo de ella se me quedaría pegado por dentro para siempre. Era mínimo el instante en que podía retener el olor, enseguida se disipaba. Volvía entonces a meter la cabeza entre su enredado mundo, y me sumergía en ese mar de perfumes que, a veces, ella cerraba con llave para alejarme de mi obsesión. «Es olor a magnolia», me decía, y me ponía una gotita de su perfume en la muñeca, aunque así, en mi piel, la flor se convertía en tallo. Ella, que siempre tenía prisa por responderme y marcharse a otra cosa, trabajaba demasiado. Yo recuerdo a mi madre saliendo muy temprano de casa, jamás tomaba el café sentada. Mi padre nos hacía sentir su exasperación a base de suspiros. Cuando volvíamos de clase nos esperaba con la comida puesta en los platos. Todo organizado para que él no notara su ausencia. Eso nos decía cuando nos sentaba a las tres frente a ella y nos contaba su agenda y los silencios que deberíamos guardar. Apenas la escuchaba. Yo, la mayor de las tres solo deseaba volver a la soledad de su armario. Abría los cajones de caoba con tiradores de cuero, y me tiraba boca arriba sobre el kilim que tapaba las baldosas de figuras geométricas. A pesar de mi falta de olfato, había aprendido los olores de las cosas, y con mirarlas podía imaginarlo. Sabía si una blusa estaba puesta del día anterior, o si los zapatos llevaban meses sin usarse, distinguía el detergente especial para la ropa interior, y el olor a prado que despedían los trajes de chaqueta. Los tintes naturales de los pañuelos de seda, que olían a viejo, y los collares en los que quedaba prendido el olor a magnolia. Me los sabía todos y todos me poseían, aunque no pudiese olerlos.

            Pero todo esto acabó cuando me vino la regla. Esa es la explicación que me dieron. Porque antes, a las mujeres, se nos pasaban todos los males cuando nos llegaba la regla. Ahora, sin embargo, cuando los años ya no pueden contarse, todo nos vuelve. Aquel día, un nuevo mundo se despertó en mí: el de la náusea. Porque los olores a veces son vomitivos. El armario de mi padre, por ejemplo, olía a animal podrido. Nunca comprendí por qué la ropa de campo la colgaba junto a la que usaba en la ciudad. Mezclaba los trajes con las chaquetas de caza o con los anoraks que usaba para visitar las obras, porque mi padre era constructor de lunes a sábado y los domingos salía al campo a cazar. El yeso y la sangre eran una mezcla muy difícil de asimilar.  Podía oler dónde habían estado cada uno de ellos; los bares que frecuentaban, el olor a frito y a guiso pegado a la piel de mi padre, y el whisky en las palabras de mi madre. Todo me daba náuseas. Comencé a aislarme. Dejé de visitar el cuarto ropero; la magnolia convertida en flor seca y rancia. Absorbía cada olor, y con el reconocimiento venía el vómito. «Qué sensible ha salido la niña», comentaba divertido mi padre. Con el primer beso de mi novio me tragué un cartón entero de ducados. La náusea iba y venía con el oleaje de su lengua en mi boca. El cerebro inundado de tabaco, babas y palabras atragantadas. Durante varios años dejé de besar.

            Con el tiempo, me fui acostumbrando. Imagino que mis neuronas sensoriales también. Hice míos los olores y aprendí a convivir con ellos, también con mis parejas a las que exigía una estricta limpieza. Las dos primeras que resultaron ser un poco espesas, no me duraron demasiado. La actual, con la que pienso pasar el resto de mis días, sufre verdadera obsesión por la desinfección y el lavado.

            Tengo que decir, muy a mi pesar, que hace años volví a perder el sentido del olfato. Creo recordar que coincidió con la llegada de la menopausia.

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5 respuestas »

    • ¿Bueno? Sí. No mato y no robo.
      Un beso grande.

      PD Sigo pensando que el seudónimo (ahora que está tan de moda) de Pipa von Castle, te va como anillo al dedo. Es nombre de finalista de Planeta, como mínimo.

      Le gusta a 1 persona

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