Archipielago

Navidad: OTRA HISTORIA DE NAVIDAD by Javier Caballero Bello

Me esta bien empleado. Eso me pasa por dejar las cosas para el último momento. Ahora no me va a dar tiempo para nada y todo serán prisas.

Mi madre siempre me decía: “Harry, hijo mío, hay que ser siempre previsor y no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

La verdad es que me había acostumbrado a no hacer nada. Desde que llegué aquí el tiempo se me había pasado volando. Al principio tardé un poco en acostumbrarme a la monotonía de los días. Pocas cosas que hacer; pero todo eso se acabó cuando comencé a crear. Sí, me convertí en un hombre nuevo que explotaba una imaginación desbordante y con un afán por dar rienda suelta a mi “yo interior” como la lava de un volcán, un torrente imparable de creación.

Todos me lo decían.

—Harry tienes un enorme potencial y una gran fuerza interior. Tus dibujos son asombrosos. Con cuatro trazos imprimes una fuerza y una expresión a tus retratos dignos de un  maestro.

Había comenzado tiempo atrás pintando paisajes pero enseguida me aficioné a pintar retratos. Rostros de antiguos compañeros, de mis padres, de parientes y amigos. Les imprimía una fuerza en la mirada, una expresión que parecía que iban a salirse del papel.

Primero con lápiz, o con rotulador o bolígrafo negro y finalmente con carboncillo. Una técnica muy sencilla y barata, que solo necesitaba de un papel corriente y un tizón o un simple lápiz blando de grafito.

Por aquel entonces mi vida había pasado a ser totalmente espartana, como un asceta. No necesitaba de nada ni de nadie. Había dejado los placeres de la vida, no fumaba ni bebía, apenas comía lo justo para sobrevivir. Los placeres de la carne hacía mucho que los había abandonado. Mi vida transcurría entre la meditación y mi puntura. Así llegué a encontrarme a mí mismo, desnudo frente al mundo, despojado de todo lo superficial y reencarnado en un ser mejor de lo que había sido.

Tenía que hacer una lista. Poner en orden mis pensamientos para no olvidarme de nadie. Y no sabía si me iba a dar tiempo. Además, tenía que ser un poco original. No valía con hacer un retrato y punto; realizaría unos dibujos capaces de reflejar vida, que solo les faltase hablar. Todos tenían ya retratos al uso, vulgares, que solo se pretendía llegar al parecido mejor posible; sobre todo mis compañeros más allegados.

Estaba este chico nuevo, Tom, mi único vecino. Un joven alto de pelo ralo, delgado y de rostro enjuto, con cara de pocos amigos pero que estaba deseando que le hablasen. A este si le haría un dibujo. Además no paraba de hablar de su perro, un labrador muy cariñoso y listo. Pues lo pintaría con él.

Especial cariño sentía por la esposa de Fred, el jefe, que me había preparado un pastel por mi cumpleaños. A ella le regalaría un ramo de flores que enmarcarían su amable rostro. Pintaría las flores más bonitas de mi jardín para esa señora tan cariñosa y especial.

Luego estaban Andy y Mike, que eran cuñados. Dos irlandeses broncos y malhumorados que siempre andaban hablando fuerte y dando órdenes; pero yo sabía muy bien que eso era pura fachada. Tras esos ademanes bruscos se escondían unos corazones entrañables. Hablaría con mi madre para que me comprase lana para hacerles unas bufandas y las envolvería en un papel pintado con sus caras, sería algo así como una broma.

Siempre me han gustado los regalos útiles o aquellos en los que uno pone algo de sí mismo. Me horroriza la idea de un centro comercial atestado de gente donde se compran artículos por el mero hecho de atender al consumo desenfrenado de las Fiestas Navideñas. ¡Les tejería las bufandas con mis manos, como lo hacían los antiguos indios americanos. Tuve la suerte de que un auténtico nativo descendiente de los comanches me enseñó el arte de trenzar con las manos.

Luego estaba Nancy la enfermera, ese ser angelical que me proporcionaba mi medicación ansiolítica cuando tanto la necesité, cuando era un pobre ser perdido, como un barco sin timón a merced de la tormenta. La que me acompañaba en mis días de desesperación.

Sí, yo estaba un poco de los nervios hasta que acepte mi destino y me liberé de todo el bagaje de mi vida, todo lo negativo, mis miedos y frustraciones, mis complejos, mi inconformismo y rebeldía; y sobre todo, mi ira y mi soberbia. Esa enfermera que me ayudó a ver en mi interior y a aceptarme tal y como soy; primero, un ser asustado y sin rumbo como un pajarillo; y luego, un hombre seguro de sí mismo y en paz con su conciencia. A ella le regalaría todos mis dibujos y mi diario, para que viese mi metamorfosis, y plasmaría sobre el papel el más lindo rostro jamás pintado, la expresión más bondadosa; una Virgen de Murillo no tendría esos rasgos tan bellos.

Me llamo Harry, y por fin había tenido tiempo de preparar todos los regalos. Había pasado unos días de actividad febril. Al final preparé el retrato de Tom con su perro, el cuadro de las flores, las bufandas étnicas y todos mis dibujos y notas debidamente ordenadas. Ya me encontraba tranquilo y degustando la comida especial de Navidad. Había dejado mi frugalidad habitual y me enfrentaba a un buen pavo asado con guarnición de castañas y puré de manzana que me recordaba a mi infancia en familia, y de postre mi tarta de queso preferida, la New York Cheesecake con su confitura de frambuesa por encima.

Había trabajado de forma febril en los últimos días, apurando al máximo las postreras horas, sin dormir ni comer, en una actividad frenética de quien sabe que no existe un mañana.

Alli estaban todos los retratos con su nombre y debajo mi firma y la fecha. Lo más importante era la fecha. Todo el equipo de vigilantes y sus cónyuges; bueno, los que conocía por fotos y algunos con sus hijos. También mis abogados defensores que tampoco hicieron gran cosa por mí, como monos juguetones y distraídos; los jueces con su altivez, como seres de otro mundo capaces de dirigir los destinos de los hombres y los fiscales con cara de perros rabiosos peleando por un hueso.

Estaban todos, no me deje a ninguno.

Muchos años antes Miguel Ángel al pintar El Juicio Final de la Capilla retrató los rostros de aquellas personas que en algún momento le menospreciaron o criticaron su obra. Fue una especie de venganza particular que perduraría por los siglos aunque sus nombres se hayan olvidado.

El preso Harold Smith fue ejecutado al día siguiente de Navidad en la enfermería de la Penitenciaría Estatal de Huntsville, en Texas, mediante una inyección letal. Durante su ajusticiamiento, además de su madre, se encontraban de testigos el Alcaide Alfred, los agentes de prisiones Andrew y Michael, y la enfermera Lucy y unas cuantas personas más entre periodistas, Servicios Sociales y personal de alguna ONG.

Harry esperó en vano el perdón del Gobernador de Texas pero nunca llegó; ya se sabe, en esas fechas todo el mundo anda muy ocupado.

2 respuestas »

  1. Harry fue un asesino; no recuerdo si se subió a la azotea de un hotel a disparar a los transeúntes o fue un asesino en serie. Lo que si recuerdo es que las leyes del estado de Texas son muy estrictas con los asesinos y por menos de nada te cae la pena capital.
    Otra cosa es que sea discutible esa condena.

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