Subir al inicio

Breve Historia de unas Vacaciones. by Ana Piera

Cuando llegamos a Isla Partida, a Esteban le dio por creerse que estaba hecho de sol. Sacó de la maleta toda la ropa que pudo y se cubrió con ella de pies a cabeza, pues no quería «quemarme».
—Bonito momento has escogido para volverte loco, Esteban, en las únicas vacaciones que hemos tomado en años.
—No me hagas hablar, de mi boca podrían salir rayos que te derretirían como si fueras un helado.
—De acompañarme a la playa ya ni hablamos, ¿verdad?
Dejé el «bulto de ropa» en la habitación. «¡Desgraciado!, siempre tiene que amargarme todo. No le voy a creer este numerito.» —pensé con rabia.
Instalada en una tumbona y escuchando las olas del mar, recordé todas las veces que le había rogado a mi marido que saliéramos. Nunca quiso, siempre había un impedimento: que si los niños estaban chicos, que si mejor gastábamos en algo para la casa; hasta ahora que vino a regañadientes. Mientras daba los últimos sorbos a mi piña colada, sentí remordimiento. ¿Y si no fingía? Me levanté y fui directo a la habitación.
Sentí un gran alivio al verle ya sin tanto trapo encima y sentado en el sillón, pero su postura me indicó que no se encontraba «normal», su cuerpo mostraba rigidez y no se movía.
—La playa está deliciosa, Esteban, es una pena que te la estés perdiendo.
—¡No te acerques, podrías romperme!
—¿Romperte?
—Estoy hecho de cristal, no quisiera romperme en mil pedazos.
Comencé a preocuparme en serio cuando no quiso ir a la cama y se pasó toda la noche en el sillón, tieso como una estatua.
Al otro día seguía con eso de que era de cristal y decidí que era hora de cortar las vacaciones y regresar. Lo llevé con mucho cuidado hasta el estacionamiento, cada paso era una agonía y mi marido me miraba con unos ojos de terror que daban pena. Meterlo al auto fue de lo más difícil, pero al fin lo logré y emprendimos el regreso.
—No te preocupes Esteban, al llegar te llevo a ver a nuestro doctor de cabecera y a ver qué nos recomienda.
Después de varias horas de viaje y a unos cuantos kilómetros de nuestra ciudad, noté que su cuerpo se fue relajando de a poco. Al llegar a casa estaba «normal». Logró bajarse del auto por sí mismo y subir a nuestro departamento, donde fue directo a la nevera y sacó una cerveza, luego se sentó en su sillón favorito a ver futbol.
—¡Estoy curado! —exclamó el muy desgraciado.
Autor: Ana Laura Piera.
https://bloguers.net/literatura/breve-historia-de-unas-vacaciones/

Categorias

1 Comments

  • Nada como la medicina de confianza.

Deja un comentario

Facebook
Twitter
LinkedIn
A %d blogueros les gusta esto: