Una lluvia ligera y pertinaz mojaba las calles de la ciudad. El silencio casi era total, tan sólo se percibían algunos chasquidos de las luces amarillentas y tambaleantes de las farolas que dejaban sus inquietos reflejos en las húmedas losas de las estrechas callejuelas del casco viejo.
A lo lejos, el deslizarse de un calzado blando sobre los charcos infinitos que dejaba la lluvia en las losas desiguales. En el silencio de la noche, el imperceptible golpeteo de las gotas sobre el paraguas a tres colores rojo blanco y azul. Se acercan las pisadas de unas zapatillas deportivas de colores vivos que destacan luminosas en la noche.
En la noche de fina lluvia, tres golpes acompasados a veces suenan sobre las desiguales y húmedas piedras. Las farolas continúan parpadeando su luz amarilla y sus brillos en los charcos. Tres golpes que se acercan más y más, tres toques a veces desacompasados que apuran el paso. La mujer del paraguas tricolor siente tras de sí los tres golpes en el suelo y percibe como se acercan más y más. Ella apura el paso, su seguidor también. Ahora se detiene. El silencio se hizo total bajo la lluvia, solo el chasquido de las farolas, solo el leve tocar de las gotas sobre el paraguas. De pronto, la luz cegadora de un relámpago cruzó las calles y un ensordecedor trueno envolvió toda la ciudad. Pero los pasos que la seguían se habían detenido también, ya no le cabía duda alguna, aquellos sonidos que escuchara tenían una inquietante fijación. Era como si alguien con un bastón la siguiera a donde quiera que fuera así que continuó su camino a su casa al otro lado de la ciudad. Tomaría un último vino en una taberna a punto de cerrar en el » barrio húmedo» y después regresaría a su vieja casa cubierta de hiedras trepadoras y una parra llena de dulces uvas negras.
Al iniciar de nuevo el camino bajo la lluvia ,aquel misterioso personaje, de nuevo caminó detrás de ella. A cada paso acelerado de Martina el perseguidor aumentaba más y más su ritmo y más y más se acercaba. Por momentos notaba su aliento en la nuca, un aliento con repugnante olor a mezcla infinita de vinos y tabaco de la peor calidad.
CLAP, CLAP…TOC. Dos pasos y bastón sonaban en el suelo.
TOC…CLAP, CLAP. El bastón y dos pasos en el suelo empapado acercándose peligrosamente a Martina.
MIAU…MIAUU….MIAUUUGG…GRRRR…GUAAUURRG…….Un gato callejero retaba a un oscuro perro sin dueño conocido y empapado por aquel sirimiri incesante. De pronto, en el silencio, un grito y…
AAAHHHGG …
Luego la ausencia de sonidos más sobrecogedora.
A la luz cimbreante y amarillenta, un reguero sangriento discurre brillante atravesando la plaza hacia la catedral.
MIAUUUGG…
Dos cuerpos ensangrentados en medio de los charcos. Sus chubasqueros llenos de agua coloreada en rojo. El paraguas tricolor clavado en la espalda y sangrado hasta la empuñadura en uno de los cuerpos. Un bastón de caoba acabado en un afiliado punzón clavado en el estómago de otro sujeto, ambos iluminados por otro relámpago. Ahora el trueno atronó el espacio de tal modo que hizo temblar incluso a los dos cadáveres tendidos sobre las losas.
Martina abrió la puerta de su vieja casa de las hiedras. Bajo la ducha y a sus pies un hilo de sangre se perdía por el desagüe tras recorrer toda su piel desde su cabeza.
Un ruido ensordecedor atronó la plaza y la catedral, un ruido seco que no provenía de la tormenta y tras éste otro y otro más.
Tres disparos….
Una decena de cristales hechos añicos caídos junto a la entrada de la vieja casa de las hiedras.
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