INTRODUCCIÓN:
Este es mi homenaje a todo lo que Manuela y otras artistas tuvieron que sufrir frente al machismo. Una bofetada a aquellos que no respetaron su espectáculo por ser una mujer. Manuela seguramente tuvo que aguantar entonces -y por desgracia aún hoy lo hacemos las demás, aunque menos, gracias a ella y otras como ella- todo tipo de impertinencias patriarcales sin poder, como dice Elvira Martínez Ropero, “convertir en leña a los que se merecían fuego”, a pesar de su magia. Y sin embargo, peleó y talló el camino para el resto, con su fortaleza al seguir sus sueños. Esta es mi forma de devolverle el favor.
RELATO:
-Para mi próximo número necesito un voluntario de entre el público- pidió la maga.
El pequeño auditorio se removió en sus butacas, inquieto. Los hombres se cuestionaron su virilidad al poner su integridad en manos de una mujer, y además de una mujer maga. Había una desconfianza añeja, un regusto a hoguera justiciera tras el aquelarre descubierto, un sentimiento de indefensión ante aquella belleza de magnetismo inexplicable que entroncaba con la belle dame sans merçi, con todas las femme fatale de la historia que trataron de pisotear con sus tacones la opresión masculina. No podían dejar que lo notara, claro, ni ella ni sus compañeros, por eso se miraban nerviosos, con esa mueca de pretendida superioridad y miedo inconfesable. Los minutos pasaban, y el que sintió más vulnerable su hombría, se levantó de su asiento en un intento de reforzarla.
– Yo- dijo.
Los demás lo vitorearon como si todos se hubieran ofrecido, como si él se hubiera levantado por todos, cosa que en cierto modo, así era. Y lo observaron caminar hacia el escenario tensando una sonrisa de pretendida sorna.
– A ver lo que eres capaz de hacerme, muñeca- dijo al llegar a su lado.
El gentío se alborotó ante tal alarde de atrevimiento. Le estaba indicando a aquella bruja cuáles eran las diferencias entre ambos, estaba marcando el territorio: ella no podía someterlo, era al revés. Solo por precaución.
Ella lo hizo sentarse en una silla en el centro de la escena, y desde atrás, le quitó la americana de un solo movimiento. Se desataron los silbidos en la sala.
– ¡Sí, quítaselo todo! – vociferaron, exaltados.
Cualquier cosa que hiciera una mujer se podía llevar fácilmente a ese terreno.
La maga procedió a desabrocharle el pantalón. El público enloqueció. Después se arrodilló frente a él para quitarle los zapatos y dejarlo en ropa interior.
– ¡Roberto, enséñale qué tiene que hacer ahora!- gritó un compañero.
– ¡Márcale el camino! – aulló otro.
Él se tocó ofensivamente el paquete, a lo que la manada respondió con una febril ovación. Mientras tanto, la maga colocó el traje del «caballero» en una percha con suma meticulosidad, la colgó de un perchero de pie, y, sin alterarse lo más mínimo, arrastró un biombo del extremo derecho del escenario que extendió delante del voluntario y su vestimenta, apartándolos de la vista de todos.
– Scobe in capite, lignum eris[1]– dijo.
– ¡Habla en cristiano! – se escuchó en tono despectivo.
De pronto todo el auditorio notó un fuerte pitido ensordecedor. Las manos acudieron presurosas en protección de los oídos, y todo lo demás fue una película de cine mudo. Se señalaban las orejas unos a otros y veían cómo los labios de los demás se movían, desesperados al comprobar que la audición había desaparecido por completo en todos y cada uno de los asistentes. En todos, menos en la maga, que aplaudía, pausadísimamente y sin cambiar el gesto de la cara, desde el escenario.
Cuando hubo captado la atención de todos, retiró el biombo. La silla estaba vacía, y dentro del traje colgado había un muñeco de madera como el que usan los ventrílocuos. Nadie aplaudió, a pesar de que los brazos y la sonrisa de la ilusionista mantenían la pose de «fin de número». Haciendo una reverencia, la mujer tomó el muñeco, y se acercó al borde del escenario. De nuevo ese pitido molesto, que esta vez regresó la audición a sus dueños.
– Eso es todo, amigos- dijo el muñeco sin que la maga despegara los labios.
Hubo dudosos aplausos, y ambos salieron del escenario.
– ¿Dónde está Roberto? – preguntó un hombre cuando la música indicó que todo había terminado.
– ¡Sí, que salga ya!
– ¿Dónde está?
Tras esperarlo un rato y comprobar que se había esfumado, cuatro de ellos decidieron colarse en el camerino para comprobar que estaba bien.
– Estará enseñándole a hablar castellano- dijo uno de ellos haciendo como que cabalgaba.
– Seguro que esa yegua está relinchando ahora.
– ¡Lo estaba pidiendo desde que le quitó el traje!
– Sí, necesita una buena doma…
En el camerino solo estaba el muñeco de madera sentado en el tocador de bombillas. Había carteles de la artista, había viajado y tenía fama mundial.
– Se lo montó muy bien, la yegua- dijo uno observando los carteles.
– ¿Les puedo ayudar, caballeros? -apareció la mujer con un sacacorchos en la mano.
– ¿Vas a abrir con eso una botella de champán? -quiso saber otro.
– Vamos, sí, juguemos un rato-animó otro.
La maga, sonriente, se acercó al muñeco. Lo tumbó sobre el tocador y le quitó la chaqueta.
-Sí, nena, juega con el muñequito-dijo uno lascivamente.
La maga le quitó a la marioneta los pantalones.
– ¿Vas a enseñarnos a jugar a los médicos?
La maga lamió el sacacorchos, desatando el jolgorio más animal en los caballeros.
– ¿Queréis jugar conmigo? – preguntó.
– ¡Desde luego!
– ¡Claro que sí, muñeca!
– Por fin hablas claro, cariño.
Algunos cinturones fueron desabrochados, y algunas braguetas comenzaron a bajarse. La maga observó imperturbable. Luego deslizó el sacacorchos por el pecho de pino del muñeco, y antes de que ninguno pudiera siquiera pensar en tocarla, lo clavó en la entrepierna sin vida de la marioneta.
Los hombres comenzaron a retorcerse, a la vez, como si alguien les hubiera dado una patada en sus partes. Ella dio una vuelta al sacacorchos. Los alaridos fueron atronadores, alguno cayó de rodillas. Otra vuelta. Dos más cayeron al suelo.
– ¡Para! – suplicó uno alargando el brazo hacia ella.
– ¿No querías que jugara? – preguntó la maga.
– ¡No! – lloriqueó otro.
Nueva vuelta. Todos agonizaban de dolor en el suelo del camerino. Mientras tanto, la maga cogió al muñeco, y vacío en la palma de su mano el serrín que salía del agujero hecho por el sacacorchos.
–Nolite contristare mulieres[2]– dijo antes de soplarlo sobre los ojos de los caballeros, que quedaron cegados al instante.
Cuando abrieron los ojos, estaban solos. Ni rastro había de la ilusionista. Los hombres estaban intactos, nada les había hecho daño. Roberto nunca apareció. Pero sí que acudía a su mente aquel dolor tan intenso cada vez que pensaban siquiera en no respetar a una mujer, y sintieron, durante toda su vida, que las palabras obscenas ya no salían de sus sucias bocas, como si fueran manejados por otra persona, como si estuvieran controlados por alguien, cual marionetas de madera. Aunque jamás se atrevieron a volver a hablar de aquello ni a abrir ningún corcho.
SOBRE LA AUTORA:
Nohelia Alfonso (La Robla, León, 1986) es profesora de Lengua y literatura castellanas. Es miembro fundador del grupo de escritores jóvenes leoneses #Plataforma. En 2007 ganó el Premio Cersa Ateneo Universidad de León con El mercado de las almas. Y en 2018 el Premio Asturias Joven de Narrativa con Alas de musgo. Con Amar a la bestia se ha convertido en la persona más joven que ha obtenido el Premio Camilo José Cela.
[1] Serrín en la cabeza, serás madera.
[2] No maltratarás mujeres.
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