10 | La piel de zapa, de Honoré de Balzac
Y aún dicen que la piel es cara…
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento
de su propio deseo, Raphaël recuerda la hojarasca
de su ser sufriente y a la vez dichoso:
el deleite y la mugre de la buhardilla con Pauline,
discípula y maestra,
las cortinas de seda y el alabastro de Fedora,
momia del amor y los placeres,
Rastignac y su chepa libidinosa, rastrera,
su propia adolescencia de jugador incipiente y desastrado.
Escondido de todos, hasta de Jonathan,
el criado más temeroso que fiel,
se calza unas zapatillas que un amigo
gracioso le ha estampado con el color
de la zapa famosa. Pasea sobre el terrazo frío,
más frío incluso que el paisaje nocturno
de un París que bosteza tras la Revolución
y el Imperio. Entre las sombras de los tejados
adivina la suya, hiriente, melancólica, veloz.
Y entonces se agazapa sobre la piel,
reducida casi al esquema de un llavero,
y como para maldecirla
por tanto tráfago y tanto trasiego,
le da la vuelta, la examina
solo para descubrir, amargo,
que aquella piel es falsa,
que es tan solo un anuncio
de una marca de quesos.

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