miércoles, septiembre 2 2026

GABINETE DE VIDENCIA by Mayela Paramio

Zigzagueante, acudí a los astros en busca de respuestas. Sí, ya sé que era el peor sitio para enderezar la senda. Acudí como si mi destino no me perteneciera y estuviese ya escrito al margen de mis actos. Actuaba como el niño que suelta por error el hilo de su globo y se queda perplejo e impotente mirándolo marchar. Acudí en busca de ese impulso que me hiciera alcanzar el hilo de mi destino escrito en las estrellas.

Imaginé el Siglo de las Luces apagado de un soplo; todos los ilustrados luctuosos al verme bajo el yugo de la superstición. El pensamiento mágico y primitivo jugando con la inseguridad a naipes de tarot.

Pasa, pasa– repitió una señora entrada en carnes y años-. E imaginé de pronto a las brujas que someten su impulso al invitar a pasar al niño de su almuerzo.

Era un piso corriente, sin retratos colgados que se movieran solos y me condujo a una pequeña sala sin bolas de cristal pero con la mesa camilla que suele levitar en las películas. Allí había una baraja del tarot, pero ella quería primero leer las líneas de mi mano y yo esperaba en ellas llevar grabado un nombre. Al tenderle la izquierda, la sostuvo y me dijo: tú eres muy receptiva, te pareces a mí. Pensé que era un buen comienzo para ganarse al público y, quién sabe, entre mi sangre duerman una saga de meigas ancestrales y druidas celtas. Por si acaso, yo no quiero contactos con fantasmas ni espectros aunque provengan de estirpe familiar, me apresuré a aclarar zanjando un posible espectáculo.

Bajó sus negros ojos a mis palmas y con una voz solemne e impostada vaticinó una estrella en mi destino. Ese ambiguo mensaje quiromántico me envalentonó en mi ignorancia, pero ahora, con el paso de los años, ya interpreto que estrellaría mi rumbo, aunque pienso que siempre hay tiempo de virar el timón.

A continuación, pasó a las cartas y a hacer recuento de amoríos y hombres con más o menos peso por mi vida y hoy puedo constatar que no dio una, es la ventaja de que pasen los años. Al fin y al cabo, por qué iba a acertar como si el destino lo escribiesen los dioses caprichosos al intentar morder su aburrimiento jugando con nosotros a los dados.


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