Vinieron cuando aún estaba en pijama y zapatillas, con el café humeando en la garganta. Ellos enfundados en gabardinas oscuras, con sombrero a pesar de la buena temperatura que hacía, parecían salidos de una época que no les correspondía hasta que abrieron la boca y la realidad les devolvió el aspecto real que les pertenecían, con un labio partido uno, y el otro con el iris unos milímetros desviados de un centro llamado frialdad. Con un manotazo dejaron al lado de las tostadas un documento doblado directamente en la página que pedía ser firmado con el camino marcado de una línea intermitente.
– ¿Y esto?
-Para que lo firmes.
– ¿Ya mismo? ¿Qué pone?
Se estiró la manga del pijama para disimular su nerviosismo. Aquel modo de venir, sin un buenos días, y con la vena de la frente latiendo nerviosa en sus sienes le llevó de vuelta a los malos tiempos.
– ¿Acaso no escuchas las noticias? Es el momento de estar unidos. Tu país te lo pide.
-Primero tengo que leerlo.
– ¿Nos estás cuestionando?
-No tiene nada que ver con eso. ¿Acaso no te revisas el contrato de la compañía del gas?
El del labio partido torció el gesto, de tal modo que exageró la forma de su boca como si la hubieran añadido a posteriori en su cara. Eso le sirvió al del iris como señal para que le golpearán y tirarán al suelo.
-Habíamos olvidado que eres uno de esos hombres de palabras en vez de acción. Léelo las veces que quieras, pero mañana a esta misma hora vendremos a por tu firma así que más te vale que no le des muchas vueltas.
Cuando el portazo dejo de temblar en el marco de la puerta aún quedo flotando la fetidez de la amenaza e impaciencia.
Leónidas se pasó la mano por la cara por si el calor que sentía se había hinchado lo suficiente como para notarse. Después cogió el documento y contó el total de páginas y pasó la yema por la línea intermitente que esperaba su firma. « ¿Sus modales?… Tal vez un poquito más comedidos, pero ya no les enseñan como antes, no sabían ni quién soy. ¿Cómo me llamaron? Hombre de palabras… ¿Desde cuándo? Soy un hombre de números, siempre con números en la cabeza».
De todos modos, leyó el documento: El primer párrafo, después el segundo, el tercero y desde el borde las tostadas se encogieron, las migas se apelmazaron con una capa de mermelada que dejó de estar dulce. Parecía que los malos tiempos habían vuelto.
— ¿Qué vas a hacer?
¿Qué voy a hacer?
—No lo sé, no estoy de acuerdo, no quiero firmarlo, pero sé que si no lo hago a los pocos días tendré algún accidente.
– ¡Otra vez esta mierda! ¡Otra vez!
-Está es una nueva versión, más retorcida, más…Absurda, como si se estuvieran convenciendo de algo que saben que no está bien.
-Ya eres mayor, no es el momento para hacerse el héroe…Fírmalo y pasa de todo el mundo. Ya hemos dado más de la mitad de nuestras vidas por ellos, lo que hemos investigado, los reconocimientos que están en sus vitrinas llenas de medallas y certificados…Esté tiempo es nuestro, maldita sea, nos merecemos una vejez tranquila.
-Pero si lo firmo estaré apoyando la barbarie. Los números no tienen nada que ver con ellos. Los números no, pero el miedo sí. ¿Qué voy a hacer?
Cuando vuelven el documento ya está firmado. Lo ha hecho en un santiamén, pensó que sería más difícil, pero sin torturarse demasiado, con el primer bolígrafo que ha encontrado, el garabato se ha deslizado casi solo. Ha sentido como si se hubiera quitado de un tirón una tirita sobre una herida reseca. Escoció lo justo, encima de la sangre nueva.
Lo ha dejado encima del felpudo para evitar que invadan otra vez su universo y de paso para que se agachen, aunque sea por unos segundos, delante de él.
– ¿Ves que no ha sido tan complicado? Nos podías haber ahorrado el paseo y haberlo hecho ayer.
-Los listillos estos son unos blandengues, mucha palabrería, discursos y corbatas para que luego seamos nosotros los que movamos los hilos.
Medio en serio, medio en broma tratan de leer el nombre de su firma, y sin darse cuenta Leónidas imagina un eje de coordenadas donde su nombre flota por encima de los cuatro.
La línea intermitente le recuerda que es una línea continua salpicada por una goma de borrar cuyos espacios están llenos de vacío y de todo al mismo tiempo, su nombre no tiene cabida ni por encima ni por debajo de ella. Leónidas, en un arrebato, les arranca el documento y lo desgarra.
Cuando se le echan encima no se lo toma mal. Además, alguien le dijo que cuando una puerta se cierra una ventana se abre en su lugar. No pasa nada.
Escuece lo justo, encima de la sangre nueva.
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