martes, junio 16 2026

LOS HOMBRES MONO by David Santaolalla

Es mi relato número nueve en Masticadores, escrito al final de las navidades. El empacho de marisco y de turrón me llevó a escribir un cuento épico digno de la época de los conquistadores. Espero que os guste.

 

Los hombres mono

Los hombres mono vinieron por el aire, en sus barcos voladores. No tenían escamas sino el cuerpo cubierto de pelo. Pero tenían varias pieles que se quitaban y ponían a voluntad; no como nosotros que las cambiamos cada cuatro lunas, y no las volvemos a utilizar. Los hombres mono gritaban y hacían mucho ruido. Se movían por todas partes, como los monos, pero no se subían tanto a los árboles. Preferían permanecer en tierra.

Al principio no nos hicieron mucho caso. Como que nos ignoraban. Construyeron grandes nidos donde se ocultaban por la noche. Y seguían su frenética actividad hasta altas horas, gruñendo y gritando como mamíferos. Se despertaban antes que el sol y volvían a su actividad, aunque no les vimos cazar ni recolectar frutas o hierbas. Más bien comían y bebían de lo que traían en sus naves.

Nuestra reina nos dijo que les observáramos para averiguar sus intenciones. Pero los hombres mono no parecían tener reina que les guiase y con quien establecer relaciones. Parecían más bien desorganizados, cada uno iba por su cuenta, moviendo piedras y palos de un lado para otro. Y no olían como ningún otro animal de nuestra tierra. Y estaban siempre calientes como todos los mamíferos.

Pasado un tiempo prudencial, la reina decidió mandar embajadores. Seleccionó a dos de nuestros mejores guerreros para que se acercaran a su campamento. Siguiendo nuestro protocolo ancestral, los dos guerreros llegaron despacio, rugiendo para demostrar su valor y el poderío de nuestra raza y estirando los brazos en signo de grandeza y honor. Los hombres mono se retiraron rápidamente a sus nidos, admitiendo educadamente nuestra superioridad. Entonces nuestros guerreros procedieron a ejecutar nuestro baile festivo de bienvenida acabando con la tradicional lucha ritual a la que rápidamente se unieron los machos de nuestra tribu.

Y fue entonces cuando se desencadenó la tragedia. Los hasta entonces pacíficos hombres mono, se volvieron locos. No nos habían parecido cazadores ni carnívoros, pero de pronto, salieron de sus nidos y empezaron a cazar despiadadamente a los nuestros. Despedazaron a nuestros guerreros como nosotros despedazamos un pez o una serpiente. Pero no se los comieron de inmediato, dejaron los cadáveres en el campo de batalla. La reina dijo que era para amedrentarnos. Pero esos forasteros no conocen a los Dueños de la tierra. Tenemos la sangre fría y no conocemos el miedo.

Cayó la noche y volvimos a nuestras madrigueras. A la mañana siguiente comprendimos que había empezado la guerra.

El hombre mono es un animal ruin, como todos los mamíferos. Por eso vive por la noche y no espera al mandato ancestral del calor del sol. Pero el hombre mono carece de los sentidos superiores del Dueño de la tierra. El hombre mono no distingue a sus enemigos por el olor ni es capaz de ver la temperatura de las fieras a distancia. El hombre mono sólo sirve para subirse a los árboles, como sus hermanos los monos. Por eso supimos que tarde o temprano acabaríamos con el invasor.

La reina nos mandó llamar a nuestros hermanos: los Dueños del río, los Dueños de la montaña y los Dueños de la costa. Entre todos reunimos un ejército formidable. Por una vez olvidamos nuestras viejas rencillas y luchamos todos juntos, escama con escama, garra con garra, para defender nuestras posesiones. La guerra fue dura, intensa y despiadada. En las primeras jornadas nos comimos a la mitad de ellos y envenenamos a otros muchos. Luego vino una temporada de tormentas como nunca habíamos visto. Cayeron muchos rayos, que incendiaron los bosques, y tuvimos que refugiarnos en nuestras madrigueras o en el río. Perecieron muchos de los nuestros, pero la reina había puesto una buena cantidad de huevos en previsión. Los refuerzos llegaron pronto.

Los hombres mono se fueron tal como vinieron, en sus barcos voladores. Han pasado varias generaciones desde entonces, y todavía seguimos recordando las hazañas de nuestros héroes. Las contamos todas las noches de luna llena a nuestros hijos, orgullosos de ser los Dueños de la tierra, los que lucharon y vencieron a los hombres mono.


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