EXPRESS, MAGAZÍN, JE T`AIME (IV parte) by Felicitas Rebaque

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Primera parte del relato ese publicó el 30 de enero 2024

Segunda parte del relato publicado el 8 de febrero 202

Tercera parte del relato publicado el 29 de febrero 2024

 Por la mañana desperté fresca y relajada. El sol responde a nuestras inquietudes nocturnas con explicaciones más lógicas, así que me propuse no pensar ni en insectos ni en insecticidas. Llamé a la consulta del psiquiatra que me cito en diez días, y mientras, hablaría con  mi ginecólogo por si fuera cosa hormonal.

Dejé todos estos pensamientos en la toalla de baño y los arrojé con ella al cesto de la ropa sucia. Me puse un vestido escotado y sin mangas que acentuaba mi cintura con un enorme cinturón. Me miré en el espejo antes de salir e hice un gesto de aprobación. Salí satisfecha, tranquila, al encuentro con Diego. Entraba en la cafetería al tiempo que yo llegaba y  me esperó en la puerta.

—¿Estás bien? —Me dijo por saludo —. No contestaste a mis llamadas ni a mi mensaje, pensé que te ocurría algo. Me has tenido preocupado.

Pasamos dentro y nos sentamos en una de las mesas.

—¿Cuánto de preocupado? —le pregunté con voz insinuante.

¿Pero qué haces? me dije horrorizada. ¡Estás coqueteando! Carraspeé dando  gravedad a mi voz—. No, no me pasa nada. Demasiado ordenador, demasiado trabajo. Llevo unas noches que no duermo bien

— ¿Por qué no descansas un día, por qué no reservas una mañana para hacer algo inusual, algo que de verdad te apetezca? Cuánto hace que no te concedes unas horas para ti sola. ¿Por qué no programamos hacer algo juntos aparte de tomar café?

Había dicho todo de corrido y en la última frase cogió mi mano. Me miraba esperando una respuesta. ¿Me estaba proponiendo una cita?

A mi lado izquierdo apareció un pequeño demonio rojo blandiendo su tridente y al derecho un angelito deslavazado de alas azules.

—Sí, no estaría mal, pero dispongo de poco tiempo — la explicación me salió como un disparo. El ángel sonreía.

—Pues eso es lo que tienes que hacer, darte tiempo—insistió— Mira, el próximo lunes tengo libre la mañana. Podíamos quedar en mi casa; compré el otro día en una “librería de viejo” un par de libros a los que me gustaría que echaras un vistazo

En mi cabeza se desplegó una pantalla en negro en la que la palabra ¡peligro! parpadeaba en rojo, mientras que en mi estómago alzaron el vuelo mil mariposas, insectos, ¡cómo no! Intenté rescatar  mi mano pero él la retuvo entre las suyas

¡Acepta!, ¡Dile que sí!— gritaba mi demonio mientras me azuzaba con su pincho.

—Mira Diego, —comencé a decir. Me electrizaba la caricia de sus dedos— Hace más de un mes que nos conocemos; compartimos café y conversaciones agradables, yo estoy muy a gusto en tu compañía pero me parece que últimamente estamos entrando en un terreno resbaladizo y peligroso. El ángel me susurraba: Bien, muy bien.

— ¿Por qué? —me interrumpió él— ¿porque te haya invitado a mi casa?

—No. Bueno, sí. Estoy casada, felizmente casada. Mi marido me llena y satisface plenamente.— ¡Mentirosa!, gritó el demonio— Tengo una hija y no sé cuan inocente es tu invitación —le dije abiertamente.

—Isabel… me has descubierto —hizo una pausa y me miró fijamente. Dos filamentos acerados salieron de sus pupilas y  me dejaron clavada. Ahora, el insecto era yo.  Sentí como si me hubiera traspasado el cuerpo con un alfiler y estuviera  suspendida en el aire mientras que él me observaba y yo me debatía indefensa. Me entró pánico, me metería en un frasco transparente de cristal, y ¡cielo santo!, estaba deseando que cerrara la tapa.

—Isabel, me gustas, me gustas muchísimo—continuó—. Eres una mujer muy atractiva con una conversación inteligente, llena de encanto. Y el mayor encanto es que no eres consciente de ello y te ruborizas como una colegiala —sonrió al advertir que la sangre de nuevo se había agolpado en mi cara— ¿Lo ves? Desde mi mesa te llevaba observando hacía tiempo. Me encantaba mirarte pero parecías tan inabordable, tan lejana, que nunca me atreví a dirigirme a ti hasta aquella mañana. Te he deseado en silencio, imaginando a qué sabrían tus besos, lo que sería amarte. He pasado días soñándote, perfilando tu cuerpo a través de tu ropa.

Mientras le escuchaba, el ángel  me increpaba: ¡Levántate, grita, sal corriendo, no le dejes seguir hablando! Pero yo, haciendo oídos sordos, le escuchaba embobada mientras las mariposas bajaban y subían de mi vientre a mi garganta.

—Sólo te pido unas horas, una mañana. Nada más —decía Diego—. Luego, si no quieres, no volveré a verte ni a molestarte. Pero  déjame amarte, al menos una sola vez.

Iba a contestar pero me lo impidió.

 — No, no digas nada ahora, por favor, piénsalo. Toma, ésta es mi dirección, —e introdujo una tarjeta dentro de mi bolso—. Te esperaré. Si después tú no quieres no habrá más que esa mañana, pero dame esa oportunidad.

¡El lunes! ¡Y estábamos a jueves!. Eso era una locura, no, no podía…

—Diego, no, de verdad, No puedo hacer eso. Me siento halagada y también me gustas, me pareces encantador, y… bueno, me atraes muchísimo,  pero estoy casada y no puedo olvidar ese hecho. Quizás en otras circunstancias.

¡Qué otras circunstancias! , me gritaba el demonio furioso. Eres una idiota, seguía chillándome envuelto en humo y azufre

Hice acopio de mi voluntad y separé mi mano de las suyas.

—Creo que deberíamos dejar de vernos, al menos por algún tiempo. Sería violento. Y ahora es mejor que me vaya.

Salí de la cafetería sin mirarle. Me parapeté en mis gafas de sol, inspiré, saqué pecho y me fui alejando como la heroína que ha salido airosa de un grave peligro. Oía música de arpa. Pero, entonces ¿por qué sentía esas inmensas ganas de llorar?

Me impuse no pensar en ello, no dejaría que se trastocara mi rutina diaria, mi vida. Muy bien, un hombre me había tirado los tejos y yo le había dicho que no. ¿Y…? Pues nada, que eso era lo que tenía que hacer. Al llegar a casa, borré su último mensaje: “Te espero el lunes, por favor, sí”.

El resto de la semana me mantuve siempre ocupada. Evité echarme la siesta y decidí hacer una limpieza general. Por la mañana cumplía mis compromisos profesionales y por la tarde ponía la casa patas arribas de tal manera que  llegaba a la noche agotada deseando meterme en  la cama. El insecto tampoco había vuelto aparecer y el recuerdo de Diego trataba de borrarlo a golpes de plumero. Todo iba bien. Mi casa relucía y yo parecía de nuevo equilibrada dentro la tranquilidad de mi rutina, hasta la noche del domingo.

               Raquel se había quedado a dormir en casa de una amiga para preparar juntas el examen del día siguiente. Después de cenar, Pedro cabeceaba en el sofá mientas que yo me aburría viendo la televisión. Pensé en leer un rato pero estaba demasiado cansada para concentrarme así que me acosté temprano

No sé el tiempo que llevaba durmiendo cuando sentí un hormiguillo familiar. No tenía que mirar para saber quién lo producía y qué significaba. Estoy soñando, pensé dentro de mi sueño. Hice un esfuerzo para despertar pero fue imposible. No había más realidad onírica o real que la que imponía el insecto en su lento caminar por mi vientre hacia mi cintura. Una oleada de deseo avanzaba con él al tiempo que se relajaba mi cuerpo dejándome llevar por mi propia excitación. Retiré la sábana que me cubría y el insecto y yo nos miramos. Desplegó las alas sobre mi y su suave roce aceleró mi respiración. Entonces ocurrió: el caparazón se quebró por la mitad dejando paso a una figura masculina que yacía doblada sobre sí misma en posición fetal. Aquel cuerpo comenzó a crecer extendiéndose sobre mí hasta que casi me cubrió. Los latidos de mi corazón se podían escuchar a través de mi piel  y mi pecho subía y bajaba al unísono. No me atrevía casi a respirar, ni siquiera a preguntarme qué era lo que estaba ocurriendo. Una mezcla de miedo, de excitación y estupor me mantuvo inmóvil,  inmersa en un inquietante hechizo, hasta que el hombre que yacía sobre mí levantó la cara.

— ¡Diego!— exclamé.

—Relájate— susurró mientras me volvía de costado y se acoplaba a mi espalda. Mordió levemente el lóbulo de mi oreja y algún veneno me inoculó porque anuló mi cordura.

Sentí contra mí su cuerpo fibroso, sus músculos firmes, en tensión.  Me despejó el pelo de la nuca y su aliento caliente, precursor de su boca, produjo que  una corriente de placer bajara por mi espina dorsal. Cuando su lengua lamió mi cuello, un alud imparable me arrastró y comencé  a gemir.

–  Déjate llevar, sólo siente- le oí susurrar

  Estiró mis brazos  para quitarme la camiseta y yo hice lo mismo con las bragas. Se aferró a mis caderas con ambas manos. Con una de ellas me sujetó y con la otra recorrió mi vientre. Lo hacía despacio, recreándose en la caricia. Cada poco se detenía, retrocedía y volvía a ascender buscando mis senos que habían recuperando de golpe la firmeza de los veinte años mientras los pezones inhiestos esperaban su caricia. Cuando sentí sus manos calientes rodeándolos, apretándolos, estrujándolos, me encogí de gozo y emití un nuevo gemido. Entonces dejó esos espacios para explorar dentro de mis muslos. Subía por la cadera y el pubis enredando los dedos en mi vello; jugaba a la entrada de la vagina que húmeda y lubricada se estaba preparado ansiosa. Mi cuerpo ardía, era  cera derretida consumida por el ardor de la llama

Diego puso de nuevo su mano en mi cintura y con un movimiento brusco me pegó más a él. Al percibir su propia excitación, dí un grito. Su pene duro y poderoso se deslizaba por mis nalgas y ellas buscaban una y otra vez su roce. Una necesidad imperiosa de besarle me dominó; quería saborear sus labios, su saliva en la mía, su lengua. Me volví y nos quedamos mirándonos, midiendo  el deseo que reflejaban nuestros ojos  antes de embestirnos de nuevo. Me lance a su boca como náufrago a un vaso de agua y en ese primer beso húmedo, largo y convulso descargué todos los años de pasión dormida. Le besé con furia, con avaricia, con lágrimas. Su lengua jugaba con la mía una y otra vez, mientras acomodaba su sexo entre mis piernas. Cuando nuestras salivas se fundieron y se confundieron se retiró. De rodillas sobre mí me miró desnuda y yo le contemplé a él.  Sus músculos se marcaban bajo la piel brillante por el sudor y su daga erecta y dura emergía ante mí, retadora, preparándose para la primera estocada. Deseé acariciarla pero me dio vergüenza. Diego, como si me hubiera leído el pensamiento, tomó mi mano y la puso sobre ella. —No muerde—, me dijo sonriendo.  Me recreé en su tacto, explorando, jugando, excitándome con su suavidad mientras que la sentía crecer y latir en mi mano.

Me dejó hacer hasta que retrocedió un poco. Me flexionó las piernas encarando mi vagina en un reto que sólo podía librarse de una manera. Mi sexo húmedo y desafiante se abría imperioso pero él no estaba dispuesto a dar tan pronto el “jaque mate”.Cogió su pene con la mano y comenzó a estimularme el clítoris. Intensos espasmos me sacudieron hasta que perdí totalmente el control, arqueé mi espalda y elevé las caderas mientras mis jadeos aumentaban y la respiración se hacía más rápida. Su miembro incansable seguía acariciándome pero yo ya no podía esperar más.  Y mi vagina tampoco, porque comenzó a hablar a través de mi boca: penétrame, penétrame, por favor, le susurré. Obedeció. Primero suave, abriéndome despacio, después fuerte, introduciéndose hasta lo más hondo, llenándome, partiéndome con embates secos, duros, imprimiendo ritmo, haciendo que el placer creciera y creciera… Un grito profundo e inmenso nació de mis entrañas, el grito de todos los gritos de mujer desde que el mundo es mundo. Cerré los ojos. Un goce infinito partió de ese grito; me ahogaba, llegaba a su punto culminante, y grité, grité de nuevo con un deseo desesperado: ¡fóllame, fóllame! y…

todo se quedó en blanco y luego todo se cerró en un punto negro. La petite mort.

No sé cuanto tiempo estuve en “off”. Una voz lejana me volvió a la consciencia, al tiempo que sentía que me zarandeaban.

—Isabel, cariño, Isabel.

Al abrir los ojos me encontré  la cara de Pedro a dos palmos de la mía. Dí un respingo.

— ¿Qué? Pero… ¿qué haces aquí? —le pregunté.

— ¿Dónde quieres que esté? Debías de estar soñando y hablabas en voz alta.

— ¿Qué? No,  no recuerdo nada. Siento haberte despertado.

—Estás sudando ¿Te encuentras bien? — preguntó

Era cierto, mi cuerpo transpiraba humedades y el olor dulzón de hembra manaba sin ningún pudor.

—Sí, muy bien—le tranquilicé.

—Estás desnuda— advirtió extrañado—Y se pegó a mí. La entrepierna de Pedro se hinchaba por momentos y su  pene amenazaba con abrirse paso a través de la abertura del pijama.

—Tenía  calor.  No te preocupes, no me pasa nada — le tranquilicé, y me apresuré a regresar a mi rincón.

Al poco le oí sugerir  que quizás deberíamos tener sexo una vez a la semana en lugar de cada dos. Yo emití un gruñido por respuesta.

                                            ************

Hoy me he levantado  como de costumbre. A simple vista  es un lunes como tantos otros de cualquier semana, pero no es así. Este  lunes está sin estrenar. He esperado a que Pedro y Raquel se marcharan, me he dado una ducha, me he depilado toda entera, y he rescatado del fondo del armario un conjunto de braga y sujetador muy sugerente que mi hermana me regaló hace años para estrenarlo en una ocasión especial. Hoy precisamente.

Me he maquillado con cuidado. Me he puesto unos pantalones pitillo de color azul y una camisa a juego que resalta el color de mis ojos. Un toque de perfume y… perfecto el cuadro.

Me doy el último vistazo mientras espero a que llegue un taxi que he pedido por teléfono Ahí está.

Salgo de casa,  me ciega el sol que refleja mi propio brillo. El taxista me mira con agrado. Voy a subir cuando…

— ¿Puede esperar un momento?

Regreso corriendo y  me dirijo a la cocina. Cojo las bolsas con los insecticidas y antes de entrar en el taxi, las arrojo al interior del contenedor de basura.

—Disculpe —me excuso con el taxista— Había olvidado tirar algo.

  • ¿Dónde la llevo?

Busco dentro de mi bolso la tarjeta de Diego, leo y…¡No, no me lo puedo creer! Mi sorpresa se expande en una carcajada. Observo al taxista que me mira perplejo e impaciente a través del espejo retrovisor.

—Señora, ¿a dónde vamos? — vuelve a preguntar.

Controlo mi risa y me excuso de nuevo antes de indicarle mi destino:

—A la Ronda del mosquito, 26,  por el camino más corto, por favor.

 


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