jueves, septiembre 3 2026

BAJO LA TORMENTA by Carlos Cubeiro

Escucha con atención en la oscuridad y Captarás en su respiración el estado de

ansiedad de tu oponente, te resultará más fácil neutralizar sus movimientos.

   Aquella noche, tanto Mónica como Sonia atendieron sin problemas a la clientela. Lo cierto es que en toda la tarde solo habían entrado dos clientes en la jamonería donde ellas trabajaban. La climatología tampoco ayudaba a que las cosas mejoraran. Por el contrario, parecía disuadir a muchos de salir de sus moradas.

   El viento huracanado se adueñaba  de todas las calles desplazando de  su   sitio cualquier objeto que no estuviese fuertemente encadenado….Bolsas de  plástico, cajetillas de tabaco, todo tipo de cosas de la más variada procedencia hacían verdaderas acrobacias en el aire

cambiando de lugar a cada instante.

   Poco más de una hora restaba para la hora de cerrar. El temporal parecía haber amainado, semejaba que todo volvería a la normalidad. Para no perder tiempo a la hora de marchar y ante la ausencia de clientes las dos muchachas comenzaron las tareas de limpieza.

   Un sin fin  de gruesas  gotas  de lluvia, ayudadas por el viento que aumentaba de nuevo su fuerza, comenzaron a llenar de manera desordenada la gran cristalera de la fachada. Aquellas se convirtieron en un fuerte aguacero ante la mirada sorprendida de las jóvenes.

   Parecía que estaban tras una inmensa catarata. Por el momento allí metidas estaban a salvo aunque se debían resignar a permanecer en la jamonería más  tiempo del previsto. Si continuaba azotando  el temporal, ni Javier su jefe podría llegar hasta allí. Los aliviaderos de las alcantarillas se veían impotentes para absorber tal cantidad de agua mezclada a su vez con

Infinidad de materias sólidas huidas de los destartalados contenedores. En éstas circunstancias el nivel del agua que discurría por la calle aumentaba progresivamente.

Quizás la calle Río de Monelos estaba regresando a sus orígenes. Tanto Sonia como Mónica miraban sin parpadear el estremecedor espectáculo que tenían ante ellas tras la cristalera.

   Las farolas creaban con su amarillenta luz inusitados reflejos sobre aquel caudal; de no ser por éstos las muchachas no hubieran visto nada a través de  la  gruesa cortina de agua que descendía del cielo ante sus ojos.

   El silencio era casi total en el interior, tan sólo las notas de canciones casi olvidadas que lanzaba al aire una emisora local   a muy bajo volumen. Se mezclaban mágicamente con los aromas especiales de los exquisitos embutidos allí expuestos, de los jamones colgando del techo.

   Inesperadamente y por efecto del temporal se abrió la puerta de entrada de par en par. En ese instante una inmensa cantidad de agua invadió la superficie enlosada del establecimiento; la racha de  viento que la acompañaba logró tirar al suelo casi todos los servilleteros de las mesas y todos los de la barra.  El intenso remolino que se formó arrasó dos  docenas de copas haciéndolas añicos y un ruido ensordecedor ahogaba las notas que salían de la radio.

   Uniendo sus fuerzas Sonia y Mónica consiguieron cerrar de nuevo la puerta y atrancarla con un par de mesas. Casi una hora de intenso esfuerzo  les   ocupó  en achicar el agua que había entrado.  Cubiertas de sudor hasta el rincón más intimo concluyeron la tarea y se hacia preciso una reconfortante ducha.

   Mientras Mónica se duchaba, Sonia hacía guardia tras el mostrador reorganizan-do aquel desastre. Cuando Mónica salió de la ducha entró Sonia para deshacerse del sudor. Sus ojos claros se le abrieron como platos al ver que la jamonería quedara como una patena. Ahora le tocaba a ella vigilar. Se acercó a la puerta con la intención de observar si había amainado

el temporal. En ese instante alguien llamó su atención tocando el cristal desde el otro lado. Le hizo señas para que abriera, que sólo sería un momento, mientras ella trataba de indicarle el cartel en el que se podía leer CERRADO. Sin embargo, ante la insistencia de aquel hombre y sabiendo lo que llovía, ésta decidió dejarle pasar.

   De repente y sin motivo aparente toda la estancia se vio sumida en la más absoluta oscuridad. Tan rápidamente como desapareció el fluido eléctrico, así Mónica se vio maniatada y amordazada sin poder decir ni palabra entre los poderosos brazos de aquel sujeto malicioso. Ni siquiera las luces de emergencia quisieron prestar su servicio, era muy extraño.

   Sonia se encontraba con todo el cuerpo

enjabonado cuando todo se volvió negro. Sin llamar la atención, Mónica trató   de

arreglárselas sola. Por su parte, con un poco de intuición y otro poco de suerte, So-

nia alcanzó su albornoz azul celeste. En el preciso momento de ceñirse la prenda a la

cintura percibió un leve y casi mudo quejido, como si alguien hubiera intentado gritar,

y alguien se lo hubiese impedido tapando su boca. Si Mónica estaba sola como era

posible lo que había escuchado?

Tras cruzar la puerta del vestuario se detuvo repentinamente. Sintió la agitada respiración de su amiga y la de alguien que le hacía compañía en silencio. Su sexto sentido le decía que

aquella situación era de todo menos normal. Decidió por esto no delatar su posición y regresar al vestuario para vestirse ropa cómoda.

   El intruso que retenía a Mónica se mantenía en silencio sin delatar tampoco su posición exacta. Deseaba tener a las dos mujeres a su merced, sabía que Mónica no era la única empleada. Mantenía el ladrón a la joven rubia inmovilizada junto a la máquina expendedora de tabaco lejos de instrumentos cortantes que ella pudiera usar en su beneficio.

La atara a una de las sillas y a su lado él amenazándola con aquel estilete largo y afilado. Atada de manos y amordazada no se atrevía a mover ni un músculo más de lo necesario. Cada

vez que tragaba saliva sentía que la punta del estilete apretaba más y más su garganta, impidiendo a veces que  pudiera respirar con normalidad. Sonia, en contra de lo que Mónica pensaba, no estaba al margen de lo que estaba ocurriendo junto a las mesas de la jamonería. Por el contrario, quería idear un plan efectivo para neutralizar al atacante y ponerlo fuera de

juego.

   El atracador no había pronunciado una sola palabra desde su incursión en el establecimiento. Con rápidos movimientos lo había resuelto todo. Probablemente era hombre de pocas palabras. Sonia   pensaba que quizás él aguardaba que ella misma diera el primer paso. Seguramente el yaconocía su existencia aunque no su ubicación exacta. Si se mantenía mucho tiempo es situación se pondría nervioso, nervios que lo llevarían a cometer errores que Sonia estaba dispuesta a aprovechar. Encontrar su punto débil era su plan   para neutralizar al maleante.

   Mónica percibía como la respiración  de aquel hombre se agitaba más y más a la

vez que las pulsaciones aumentaban su intensidad. Era más que evidente que la

tranquilidad con la que actuara hasta ahora se iba desvaneciendo por momentos. Se iba transformando en inquietud y desesperación.:

   «¡SE DONDE ESTÁS, TE PUEDO SENTIR!,» fueron las primeras y únicas  palabras que pronunció en toda la noche. En su mente tomaba cada vez más consistencia la idea de abusar sexualmente de las dos amigas, pero para ello debía de tenerlas a las dos a su merced: ata-

das y bien atadas, de otro modo no le sería posible. De la caja registradora extrajera ya la recaudación del día y ahora esperaba completar a su modo aquella noche de tormenta.

Sonia esperaba que el intruso se pusiera nervioso y comenzara a moverse sin pensar demasiado sus movimientos. Cada vez con más frecuencia la punta del estilete rozada el cuello de Mónica, a la vez que el pulso del  atacante sufría cada vez más alteraciones.

   La lluvia continuaba cayendo sin descanso, aunque ahora el viento cesara por completo. El nivel de las aguas crecía  y crecía inundando por completo el local…fluía como un río.

Cuando el intruso se dio cuenta de la entrada masiva de agua cambió a Mónica de lugar. Él mismo se  situó de espaldas a la puerta de entrada, muy cerca de la otra salida del mostrador. El agua alcanzaba los tobillos de los tres. En el exterior la cortina de agua impedía ver más allá de los propios pies. Aún no era posible que alguien pudiera llegar hasta ellas para prestarles ayuda.

Mónica recibía en su rostro el desagradable  hedor que despedía el  aliento del asaltante con

sabor a tabaco y vino de la peor calidad. Amparada en la negrura, Sonia se acercó lo más posible a su amiga evitando ser descubierta, pero a espaldas de su agresor. Un error de cálculo debido a la ausencia de luz hizo que Sonia rozara una de las sillas de madera. Un giro total permitió al intruso encontrarse con la mirada sorprendida de la muchacha…Levantó la ma-

no que empuñaba el estilete para clavárselo en el corazón. A esa distancia acertaría seguro. La rápida actuación de Mónica salvaría a su amiga de una muerte segura.

Con gran esfuerzo Mónica logró mover la silla donde se hallaba maniatada y en el preciso instante en que éste se abalanzaba sobre Sonia  a la que consiguió agarrar

con una mano. Su amiga estiró sus piernas poniéndole la zancadilla y haciendo desviar la trayectoria del asaltante que cayó al suelo perdiendo el arma que fue a parar al otro extremo. Sonia sintió sobre su cuerpo el de aquel malhechor. El hombre quedaba ahora inmóvil en

aquella posición tan incómoda para Sonia.

Un reguero sangriento comenzó a deslizarse sobre el cuerpo de la muchacha. Surcaba el filo del cuchillo que ella empuñaba acariciando su mano hasta llegar a su pecho. Tres cuartas partes de aquel  penetrara en el corazón del ladrón.

   Con cierta dificultad Sonia   consiguió apartar el cuerpo inerte de su adversario dejándolo tendido sobre la gran cantidad de agua que inundaba el suelo. La sangre que manaba de la mortal herida comenzaba a teñir de rojo el agua de manera que parecía hubiera ocurrido una matanza. Todas las prendas del sujeto se impregnaron de sangre aguada y de la propia que seguía brotando de su cuerpo. Sus ojos quedaron abiertos, mirando al infinito…Sobrecogedor, espeluznante a la leve luz amarillenta encendida por ellas para tratar de

ponerse en situación. Les temblaba todo el cuerpo hasta sus dientes castañeteaban de manera continuada, cuando… El fluido eléctrico reapareció como por arte de magia igual que desapareciera, encontrando a las dos amigas abrazadas celebrando aquella victoria sobre el mal…

Pero a la vez estupefactas ante el macabro aspecto que presentaba la jamonería.

   Los largos cabellos de Sonia  estaban completamente empapados escurriendo

agua como si de un grifo se tratara, también su blusa azul y sus tejanos. Mónica

tuviera más suerte y solo tenía empapados los pies.

   De la cazadora gris y raída del asaltante comenzaron a salir por si solos algunos billetes verdes que decidieron navegar hacia

la puerta sobre el rojo líquido, deteniendo su viaje allí mismo y sin atreverse a esca-

par.

   A eso de la seis de la mañana la lluvia cesó por completo y el río en que se convirtiera la calle comenzó muy despacio a disminuir su caudal. Todo semejaba volver a la normalidad. Cuando Javier, el dueño vio aquella espeluznante escena fue directo hacia sus empleadas y las abrazó.

   Supieron por la policía que aquel hombre que yacía inerte sobre el suelo empapado de agua y sangre era uno de los delincuentes más peligrosos y desalmados de los últimos tiempos.

   Ni una escueta nota apareció en la prensa sobre el suceso. Tan sólo los protagonistas directos y algunos indirectos conocieron el hecho. Las dos muchachas jamás

lo olvidarán. Este macabro recuerdo ocupará sus memorias largo tiempo.

   Este suceso se desarrolla en una tarde de otoño de 1997, en la imaginación del

propio autor.

Autor: Carlos Cubeiro

Noviembre 2022( 1997 )

Fotos: Google

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