Y fue justo entonces…
cuando las arrugas poblaron su frente
y la sombra del tiempo venció la tersura de sus párpados,
cuando su armazón crujía desnudo
bajo el paso anodino de las horas vacías,
justo entonces se disipó la bruma
que envolvía el rencor y el encono,
las horas se redujeron a minutos,
y en ese preciso instante,
sin tiempo para desandar el camino,
sin planes, sin futuro,
atrapado en la angostura del embudo
que constriñe los ojos del moribundo,
encontró la luz…
Iluminando la oquedad de un reloj sin arena.
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