martes, abril 7 2026

QUÉ IMPORTA EN QUÉ ORDEN by Juanmaría G. Campal

Vio venir la negra silueta dibujada sobre la reciente luz del día y, raro en él, no se recreó más que en el contraste lumínico jugando con él, ¿cómo será lo correcto: ausencia/presencia o presencia/ausencia de luz? Pronto transitó de la especulación lumínica a la estatuaria, fijó y demoró su mirada en la escultural silueta femenina y, cuando la cercanía se lo permitió, a la visión de su rostro. Presto mudó a la conjetura psicológica. Era un rostro atractivo, más, hermoso, más aún, hermosamente atrayente. Y ello, a pesar de o por la tristeza que traslucían, seguro incapaces de evitarlo, sus facciones y, en especial, aquella mirada lánguida, derrengada que con la de él se acababa de cruzar breve y determinante y aquellas bolsas malares que supuso llenas de miel para un mirar enamorado.

Se cruzaron a escasos metros. Escasos metros se alejaron. Él, sin saber aún cómo ni por qué, sin voluntad alguna, se sorprendió siguiéndola y aunque refrenó sus pasos, hasta detenerse, al verla pararse a mirar un escaparate sabido nada interesante y suponerse observado, aun fuera por el rabillo del ojo, por la mujer. Al sentir una infrecuente agitación latiente, se hizo la pregunta que tantas otras veces, en circunstancias distintas, se prohibía: ¿Y si…? Y, apenas al primero de los puntos suspensivos, se respondió un sí firme como el que tantas veces lo había sacado de la cama y llevado, primero a la cocina, después al cuarto de aseo, minutos más tarde al vestidor y al punto a la calle, a algún pub o garito -nunca había sido clasista- en que aplacar fantasmas y soledades.

Sin más, se acercó a ella, sorprendiéndola, y cuando sus miradas de nuevo se encontraron y, esta vez, se enfrentaron, le preguntó si estaba bien. Ella le respondió un sí que desmentían sus ojos, inflamados de lágrimas contenidas, y aquel rictus serio mas tembloroso. ¿Puedo ayudarte en algo?, le preguntó él. Eternos se hicieron los segundos que ella, cabizbaja, tardó en volver a mirarlo y, trémula y como vergonzosamente, responderle: Sí… abrázame.

Suavemente abrió él sus brazos hacia ella, suavemente se refugió ella contra su pecho, entre sus brazos.

Ninguno de los dos sabe cuánto duró aquel abrazo callejero. Él recuerda el fresco olor de su pelo, su suave tacto en su mentón, el fragante aroma que le llegaba, piensa, desde su cuello. Ella supo, sabe que, por primera vez en días, acaso en semanas, si no en meses, sintió, recordó, lo que era la paz, el sosiego. Serenidad que él rompió al, lento susurrarle, casi silabearle: ¿quieres más abrazos?, ¿en mi casa… en la tuya o en lugar neutral? Mejor en lugar neutral, le musitó ella mientras más se estrechaba contra él. Le dio él nombre de un conocido hotel, respondió ella sí apretando su cabeza aún más contra su pecho a la par que le musitaba un ¡gracias!

Nada hablaron hasta el hotel, al caminar, apenas si se rozaron sus brazos. De todo se ocupó él mientras ella miraba hacia la calle desde el amplio hall, de espaldas al mostrador de la recepción, hasta que escuchó, reconoció aquel cuando quieras.

Lo siguió apenas retrasada. No hubo palabras. No cayó ropa alguna al suelo, tan solo los zapatos de ambos fueron fieles a su más habitual destino, el suelo. Fue él el primero en tumbarse, manos en la nuca, en la amplia cama. Fue ella quien pasó un brazo por detrás de su cuello, el otro por encima de su cintura, fue ella quien puso su cabeza sobre el pecho de él y él fue quien pasó un brazo por los hombros de ella. Fue ella la primera en llorar, en sollozar después, fue él el primero en sonreír, el segundo en llorar. Fue la ternura común y simultánea, fue su mutuo silencio elocuente. Fue todo así durante horas. Fue todo así, hasta la anochecida. Fue todo así hasta el ya sereno ¿hasta mañana? Fue todo así hasta el sí mirada frente a mirada. Fue todo así hasta el ¿dónde hoy? y el consiguiente donde hoy. Fue todo así hasta la última mirada cruzada, hasta el cruzado hasta mañana. Bueno, en verdad, ambos miraron hacia atrás al poco de separarse, pero ya sus miradas más las supieron que las vieron.

Y así fueron días de hotel hasta el día en que cesaron las lágrimas, florecieron sonrisas y con ellas las caricias y con ellas las exploraciones de las anatomías, las nerviosas risas que enmascararon el miedo y, desenmascarándolo, trajeron el placer y los primeros te quiero que abrieron los caminos a los casi diarios ¿mañana en tu casa o en la mía?

Mas ahora, dejémoslos riendo, en una casa o en otra, en una calle o en otra, pues, por corto sea, tiempo habrá de pasar hasta que, si es caso, vuelva a haber motivos de soledad o de tristeza, o ganas de preguntar ¿estas bien? a una negra silueta que se haga mujer hermosamente atrayente o de aceptar ayuda de un extraño aun sea en forma de abrazo o llegue de nuevo la estación de los lloros en qué importa en qué orden.

Juanmaría G. Campal


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