lunes, abril 6 2026

AGATÓNICA by Antonio Toribios

12 de abril

 AGATÓNICA

Si Agatónica hubiera nacido fea, simplona o contrahecha, todo el mundo se hubiera burlado de ella. Pero no fue así, sino al contrario. Aga descolló desde bien chica por una belleza angelical, entreverada con unas ligeras hebras de malicia, que la hacía irresistible. Con los años se convirtió en una joven bella y distinguida que brillaba como una perla en un ambiente dominado por la vulgaridad.

Cuando Aga se acodaba en la barra los domingos y pedía una tónica, el bueno de Zenón sacaba de la cámara una botella trasparente, con su etiqueta amarilla decorada con una grácil fontana y el rótulo onomatopéyico que ejercía de marca comercial, y la colocaba delante de ella, tras cortar una rodajita de limón, con la delicadeza de quien oficia con los vasos sagrados. Ada le miraba displicente y guasona y se ponía a observar el ambiente como el capitán que inspecciona la cubierta desde la barandilla del alcázar de popa.

Al baile vermouth de los domingos asistía lo más granado de la localidad. Allí estaba Víctor, un chico guapo como de fotonovela, pero pansinsal; o Florentino, un joven prometedor que estudiaba para perito mercantil y apuntaba ya maneras de empresario corrupto. El más exótico era Basilio, un moreno que tocaba el bongo en un conjunto musical que aspiraba a grabar pronto un single. A todos contemplaba nuestra Aga desde su templete de diosa de arrabal, y a su vez se dejaba acariciar por los brazos sinuosos y mórbidos de las miradas masculinas.

Pero pasaban las semanas y no cambiaba nada. Aga aspiraba a más que lo que aquel baile de barrio le ofrecía. Soñaba con galanes de cine cabalgando por praderas infinitas, con contrabandistas arriesgados, con doctores eminentes que salvaran a la humanidad de un gran peligro. Algo excepcional, o al menos excitante, que proporcionara un poco de pimienta a su vida previsible de estudiante de taquigrafía. Mientras eso llegaba, Zenón seguía llenando su vaso de burbujas con toda la dedicación de un acólito entregado a los martirios del amor.

Un día apareció un hombre no tan joven en el otro extremo de la barra. Era delgado y pálido, con la mirada profunda de quien ha sufrido y los ademanes solemnes del que ha vivido varias vidas. Vestía chaqueta cruzada azul marino y su cara era un mapa surcado por mil rutas. Supo luego que se llamaba Lázaro y venía de muy lejos. Fue después de que él pidiera una ginebra y ella se plantara a su lado y le dijera: “Hola, yo soy Tónica”. Ya nunca volvieron a beber por separado.


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