A mi madre
Era tu rostro ternura,
eran tus manos caricias
fueron grandes tus desvelos,
de mi infancia, las delicias.
De fantasmas me libré
con tus prácticas pericias,
en tus brazos misioneros
con celo me protegías.
Eras alma en la mañana
la esperanza de mí misma
mi diosa más admirada
mi diosa más requerida.
Tras los húmedos cristales
de aquella casa tan fría,
arrimadas a una estufa,
con tu don de bonhomía,
mi tarea programabas
mientras alegre reías,
tu grandeza me enseñaste,
teoría de la vida.
Se reflejaba en tus ojos
la luz con mi poesía,
como espejo de la tuya
tu éxito brilló en tus hijas.
Satisfecha de entusiasmo
tú me hiciste sentir viva.
©María Teresa Fandiño Pérez.
@Imagen Pinterest
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