Aúlla el perro.
Cerró la puerta para no escucharlo. Cerró bien fuerte
Candelario hizo como que no la oía. Levantó el vaso de vino y se lo tomó de un trago.
-Aúlla el Chiquito -repitió ella-, mal agüero….
-Vaya con esas cosas, vieja, ¡déjese de joder!
-Aúlla nomás.
Teresa revolvía el guiso y rezaba a la virgencita. Por algo el perro estaba au- llando. En la cocina se escuchaba clarito y le ponía los pelos de punta.
-¡Vamos vieja, tráigame la comida y no murmure!
-¡Ya voy! ¡Ya voy! -contestó con fastidio. Aúlla el Chiquito, mal aguero… Lo miró fijamente y repitió:
-¡Mal agüero…!
Él golpeó el vaso sobre la mesa y gritó:
-¡Cállese! ¡A ese perro lo voy a matar de una buena vez! Candelario se le- vantó furioso y tomó la cuchilla. Entonces Teresa, con los ojos puestos en el hombre, con cierta lentitud, alzó la olla con el guiso hirviendo y se lo derramó sobre la cabeza.
Él trastabilló y cayó pesadamente, debatiéndose en el dolor.
Cuando Candelario dejó de gritar, Teresa sacó la cuchilla que lo atravesaba. La dejó sobre la mesada..
-Aúlla el perro… -murmuró con una sonrisa.
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